Cuando la marquesa empezaba a dar alpiste al canario número trece, sonó la campanilla. “Voy inmediatamente”, pensó en correcto alemán, y descendió las escaleras. Cuando abrió la puerta, vio a un caballero desconocido, serio, que se limpiaba las uñas con una navaja. “¿Qué viene usted a hacer a esta hora?”, preguntó la marquesa en alemán. “Vengo a asesinarla”, respondió el caballero, en perfecto ruso. “Debí imaginarlo”, dijo la marquesa. “Siempre que le doy alpiste al canario número trece, viene alguien a asesinarme”. Todo lo anterior lo dijo en inglés, porque la marquesa no sólo era políglota, sino que sabía que lo eran también todos los hombres que iban a asesinarla cada vez que le daba de comer al canario número trece. Como es natural, el caballero entendió. “Entonces, ¿está usted lista?”, preguntó el caballero, sin moverse de la puerta, sin dejar de limpiarse las uñas con la navaja. “Todavía no –respondió la marquesa–. Permítame que me lave las manos, que todavía las tengo llenas de alpiste”. Hizo pasar al caballero, lo sentó en el diván con toda la refinada cortesía de una marquesa políglota, y se dirigió al baño mientras decía: “La última vez que me asesinaron, olvidé lavarme las manos, y eso es una indecencia”. Ya desde el baño, gritó en griego: “Imagínese usted, ¿qué dirían mis parientes si me encontrasen con las manos así?”. Pero el caballero no oyó, extasiado como estaba en el canto de los treinta y dos canarios de la marquesa.
La dama regresó, secándose las manos en la falda. “¿Quién me manda a asesinar?”, preguntó con curiosidad, interrumpiendo al caballero, que se había puesto a silbar. “La manda a asesinar su esposo, señora”. La marquesa no pudo contener su emoción: “¡Ya me lo imaginaba. Boris es tan gentil!”. Se sentó en el diván donde estaba el caballero y agregó: “Para las bodas de plata, me hizo asesinar, nada menos que por un príncipe árabe, quien habiendo asesinado a sus ochocientas esposas, había batido el récord mundial”.
El caballero dejó de arreglarse las uñas y dijo dignamente: “Los tiempos cambian, señora. Antes podía darse uno el lujo de que lo asesinara un príncipe árabe. ¡Pero ahora la vida está tan cara…!”.
La marquesa empezó, entonces, a hablar de otras cosas. El caballero la interrumpió: “Perdone, señora. Estamos perdiendo tiempo y esta mañana tengo mucho qué hacer. En este solo sector tengo que asesinar como a siete condesas, ocho duquesas y una cenicienta”.
“¡Ay, qué romántico!”, exclamó la marquesa, visiblemente emocionada. “No le haré perder tiempo”. Y luego, apretando las manos contra el pecho, preguntó: “¿Trajo usted la penicilina?”. El caballero pareció ahora indignado: “Penicilina, ¿para qué”. La marquesa se puso de pie., golpeó el piso con el tacón y exclamó: “Sin penicilina, ¡no me dejo asesinar!”. El hombre estaba intrigado: “Pero, ¿qué va a hacer usted con penicilina?”. La marquesa respondió: “No voy a correr el riesgo de una infección por negligencia suya”.
El caballero, que era un hombre inteligente, logró convencer a la marquesa de que un asesinato de celebración no tenía peligro alguno de complicación. “Está bien –dijo la marquesa–. Y, ¿qué va a dejar usted como huella para la policía?”. Y el caballero respondió: “Las huellas digitales. ¿No es suficiente?”.
“Tiene usted razón”, dijo la marquesa. Y exclamó emocionada: “¡Cómo progresa la ciencia!”. Acto seguido, se tumbó sobre el diván, como correspondía a una dama.
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2.015 – Verano 6
Estaba dando una cabezada después de comer, cuando se acabó el mundo, aunque sobrevivimos a la catástrofe mi pierna derecha y yo. El paisaje era desolador, pero la pierna parecía feliz recorriendo a la pata coja los escombros de la cultura. Toda su vida, aseguraba, no había deseado otra cosa que sentirse libre del resto del organismo para dar saltos a su antojo. Yo admiraba su capacidad de adaptación, pues personalmente sentía que me faltaba algo sin el cuerpo. Ahora era indoloro, incoloro e insípido, y no es que echase en falta las migrañas anteriores al desastre, pero sí la capacidad de tocar, de oler, y las sensaciones de frío y de calor. Un día le pedí que me dejara instalarme dentro de ella, y no dijo que no. Enseguida recuperé el sabor del tacto y de la violencia. Dejaba que el viento peinara mis pelillos y daba patadas existenciales a las piedras. Una vez que uno se habitúa al cuerpo, es muy difícil vivir sin él. No debe de pasar lo mismo con el alma, porque a los pocos días la pierna empezó a quejarse de mi presencia. Por lo visto, le había ido imponiendo unas pautas de conducta con las que no estaba de acuerdo. «Antes -dijo-, dormía cuando quería, como todas las piernas, pero desde que te llevo dentro has impuesto unos horarios muy rígidos, la verdad, no te aguanto.» No era sólo eso, sino que conmigo se había introducido en la carne la moral, y el pie, de súbito, se había vuelto puntilloso. No le parecían bien algunas cosas. En cuanto a los dedos, se habían hecho ateos o creyentes, incluso agnósticos, y discutían todo el rato. Hacíamos mala combinación, en fin, mi pierna y yo, de modo que me salí de ella con lástima, y en ese momento desperté de una siesta pegajosa, pero tardé aún dos o tres horas en entrar en el cuerpo. Cuando lo conseguí, me sentí rechazado por él. Y con razón.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.014 – El bar azul
2.013 – No sé qué pensar
2.012 – Razones
Cuando los asesinatos de mujeres se llegaron a hacer habituales en la prensa diaria, dijeron haber descubierto la hormona homicida responsable de la violencia de género. Después, dijeron que un laboratorio había sintetizado hacía tiempo la sustancia, y que era posible que algunas personas de oscuras intenciones la hubieran estado suministrando diluida en la bebida, en el café.
Más tarde, por fin, se hicieron públicos los documentos que revelaban los detalles de la primera fase experimental de un plan de invasión alienígena.
Pero no.
No era nada de eso.
Juan Jacinto Muñoz Rengel
El libro de los pequeños milagros. Ed.Páginas de Espuma, 2013
2.011 – Rueda de prensa en la Bienal
En una de las salas de la Bienal de Venecia abarrotadas de público y medios de comunicación, la artista explicaba su proyecto de performance múltiple.
Mientras la escuchábamos, en el interior de nuestro oídos, sus palabras se hundían más y más en lo oscuro. Su expresión densa y pegajosa se adhería con fuerza a nuestros sentidos dejándonos marchitos, como bajo el influjo de una poderosa succión que nos vaciaba de toda energía, de toda posibilidad de comprensión. Despojados de toda estructura, nuestros cuerpos quedaban reducidos a nimia materia ausente deshaciéndose en el fondo de un armario.
Frecuentemente en este tipo de actos ocurría que la artista transportada hacia las alturas por lo sublime de sus pensamientos, traspasaba el techo para perderse grácil entre las nubes, mientras nuestros ojos vacunos seguían su ascenso hasta notar sobre nuestras cabezas el excremento de ilegibles aves, entonces, el acto tocaba a su fín y la mayor parte de nosotros regresábamos a nuestros hogares manchados por el peso de nuestra ignorancia.
Julia Otxoa
Retrato de familia con fantasma. Ed. Menoscuarto,2013
2.010 – Las moscas
Estos primeros días de septiembre, en el campo, son duros para los insectos: entran las moscas por la ventana, atolondradas, en busca de un poco de calor, y te das cuenta de que ya están tocadas por la muerte. Una de ellas se coloca sobre la pantalla del ordenador, fascinada por sus reflejos verdosos, y sigue dócilmente la trayectoria del cursor. Las letras van apareciendo a medida que recorre la pantalla, como si fueran producciones de su abdomen. Me hago, pues, la ilusión de que el texto es de ella; quizá sabe que tiene que morir con el frío de una de estas madrugadas de septiembre y quiere contar al universo cómo se soporta una existencia de mierda que por fortuna, sólo dura un verano.
Mala época esta para los insectos: ahora entra por la ventana de mi cuarto una avispa con el abdomen desgarrado por su propio aguijón; seguramente lo ha metido donde no debía. El aguijón de las avispas está preparado para atacar a animales de cuerpo quebradizo, de donde entra y sale con facilidad, pero si pican a un mamífero el arpón queda atrapado entre sus carnes y al intentar sacarlo se abre a sí misma en canal. Tiene los segundos contados esta avispa que vuela atropelladamente antes de caer, arrugada, sobre los periódicos del día.
También ahora, los zánganos de las abejas son expulsados a empujones de la colmena. Quizá recuerden, mientras la intemperie los mata, los mediodías dorados por el sol en que fueron el juguete, sexual de una reina. Septiembre, a menos que seas una reina altiva o una obrera sumisa, te va a poner un nudo en la garganta, ya verás. La mosca responsable de esta columna lo sabía bien: acaba de morir sobre una tecla, de manera que cierro sobre ella, respetuosamente, la tapa de mi ordenador, como si fuera el ataúd que la naturaleza no le da. Buenos días, tristeza.
Juan José Millás
Cuerpo y prótesis. Ed El País. 2001
2.009 – Ayyy
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era su marido. .
-¡Ayyyy! -gritó ella- ¡pero si vos estás muerto!
Él sonrió, entró y cerró la puerta. Se la llevó al dormitorio mientras ella seguía gritando, la puso en la cama, le sacó la ropa e hicieron el amor. Una vez. Dos veces. Tres. Una semana entera, mañana, tarde y noche haciendo el amor divina, maravillosa, estupendamente.
Sonó el timbre y ella fue a abrir la puerta. Era la vecina.
-¡Ayyyyy! -gritó la vecina-, ¡pero si vos estás muerta! -y se desmayó.
Ella se dio cuenta de que hacía una semana que no se levantaba de la cama para nada, ni para comer ni para ir al baño. Se dio vuelta y ahí estaba su marido, en la puerta del dormitorio:
-¿Vamos yendo, querida? -dijo y sonreía.
Angélica Gorodischer
Por favor, sea breve. Ed. Páginas de espuma. 2001
2.008 – El arañazo
Tenía un carácter irascible. Amaba a su mujer, a sus hijos y a su coche, especialmente a este último. Un día, fueron todos en el coche a visitar un gran zoo, donde los animales vivían en plena libertad. Tomaron las precauciones indicadas al entrar en la zona de los leones, cerrando herméticamente todas las ventanillas. Los leones dormían apaciblemente y un guardia, solícito y con el ánimo, sin duda, de ganarse una propina, empujó con su «jeep» a uno de ellos, de porte majestuoso, para que pudiera obtener una buena fotografía. El león mostró desgana y disgusto y de un zarpazo arañó la carrocería del coche. Su propietario, indignado, salió del interior y con una llave inglesa propinó un tremendo golpe en todo el morro al león que, asombrado, huyó despavorido. El guardia protestó, pero el conductor, ciego de furor, se abalanzó contra su garganta y no lo mató porque intervinieron a tiempo su mujer, hijos y compañeros del guardia, que tras ímprobos esfuerzos, lograron dominarlo finalmente.


