3.601 – El regalo

    Mi hijo quiere una peonza por su cumpleaños. —»¿Nada más?» pregunto yo, conmovido ante una petición tan modesta. —»Nada» —responde él sin la menor vacilación. A pesar de ello decido comprarle el castillo normando, provisto de almenas y puente levadizo; el tren eléctrico de vagones articulados, con su túnel y su estación de pasajeros; el disfraz, el sombrero y la espada del hombre enmascarado, y un balón de reglamento. El crío lo acoge todo con entusiasmo y pasa la tarde entera jugando en casa como un poseso. Ya en la cama, al darle el beso de buenas noches, quiero saber si le han gustado sus regalos. —»Mucho» —me dice, iluminando su rostro con una sonrisa llena de ternura. Luego añade: —»¿Y la peonza?».

Pedro Herrero
Los días hábiles. Serial Ediciones. 2016

3.600 – Leyóse en Cuenca…

  Leyóse en Cuenca el edicto de la Inquisición, y entre otras cosas dícese en él que quien supiere de hechicerías y supersticiones las declarase.
Una mujer casada fuese otro día a ver a un inquisidor, y díjole muy afligida que se acusaba de haber aconsejado a una vecina suya que si quería que sus lluecas le sacasen pollos muy crecidos y que se le lograsen todos, que los echase encima algunas veces una capa de un cornudo. Díjole el inquisidor:
—Pues, hermana, ¿cómo sabéis vos que es provechoso ese remedio?
—Señor —respondió ella—, helo probado muchas veces con la capa de mi marido y hame salido muy bien.

Juan de Arguijo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011

3.599 – Rapto

  Lo raptaron cuando salía, por la mañana temprano, de su casa camino del trabajo. Lo metieron en un coche a la fuerza y no tuvo oportunidad alguna de reaccionar. Quiso protestar, al tiempo que le colocaban la venda en los ojos, la mordaza en la boca y las ligaduras en las muñecas, pero un fuerte codazo en el vientre le hizo desistir. Les advirtió que no tenía dinero en cantidad apreciable en su cuenta corriente, pero los secuestradores no dieron importancia alguna al hecho. Ellos pretendían una buena suma de la empresa donde trabajaba y ocupaba un alto cargo… Y lo consiguieron. Cuando lo liberaron, corrió a abrazar a su mujer, a sus hijos, a los amigos y compañeros de trabajo. El abrazo más emocionado lo dedicó al Presidente del Consejo de Administración de la empresa, que días más tarde, cuando la emoción de los momentos vividos se hubo disipado, le comunicó que el importe de su secuestro corría en su mitad a cargo de la empresa, pero que de la otra mitad se haría cargo él, por supuesto en cómodas mensualidades a descontar de sus emolumentos. En diez años dejaría saldada la deuda. También le aconsejó que fuera armado en lo sucesivo.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.596 – No soy bueno

  A veces fantaseo con la idea de que soy una persona sociable, de que tengo muchos amigos, en todas las partes del mundo, con los que intercambio una correspondencia intensa. Imagino que no me da pereza telefonear a Fulano e invitarle a comer, para estrechar lazos. Invento que la comida resulta apasionante, que no me vengo abajo en el segundo plato, que no estoy deseando volver a casa, con mis libros, mi ordenador, mis cuadernos, mi soledad, mi rabia, mi odio, mi frustración, mi desasosiego, mi gin-tonic de media tarde, mi aturdimiento nocturno… Imagino también que soy feliz con lo que la vida me ha dado, que no envidio a nadie, imagino que me gusta la música y que puedo pasar la tarde entera tumbado en el sofá, escuchando una ópera (o dos, ignoro cuánto duran). Imagino que ordeno mis libros por orden alfabético (o por cualquier otro, qué más da) y que encuentro siempre el que busco (por lo general, doy con el que no busco).
Pero no nos desviemos de la sociabilidad. No aburrirse en la compañía de los otros, no preguntarse qué hago yo aquí, Dios mío, no renegar de tus congéneres y por lo tanto ser bueno, ser una buena persona, no en el sentido idiota de la palabra, sino en un sentido que quizá no se haya descubierto todavía. Quizá para ser bueno haya que ser un poco malo. Lo ignoro porque no soy bueno, quizá tampoco malo, pues los malos son también, en el fondo, un poco buenos. Y decir la verdad siempre, siempre, siempre, y no sólo los domingos y fiestas de guardar. Decir la verdad, ahora, sería inviable porque tengo pensamientos horribles acerca de los demás (aunque también acerca de mí mismo).
Por lo general, estas fantasías bondadosas me atacan en el metro, rodeado de gente que, como yo, cree saber adónde va por esos túneles de Dios. El otro día, un hombre sentado junto a mí (un ecuatoriano, creo) me preguntó si aquella línea era la de Callao. Iba justo en la dirección contraria y se lo dije. El hombre dudó unos segundos y al final exclamó: «¡Y qué más da!» Me sobrecogió aquella indiferencia que tomé por un rasgo de sabiduría, incluso de heroísmo. Al día siguiente, bajé de nuevo al metro e intenté viajar sin saber adónde, pero no me salió. Y es que no soy bueno, coño, no soy bueno.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.595 – Mujer devorando una pantera

  Y se levanta, y el corazón del animal aún palpita entre los despojos, y ella hace ademán de limpiarse —la boca, el rostro, los brazos, el pecho—, pero decide quedarse quieta y contemplar la escena un rato más.
Un minuto, quizá dos, y luego volverá a sus quehaceres diarios —la comida, la ropa, la compra, los niños—. Nada de eso importa ahora que sabe de lo que es capaz.

María José Barrios

3.594 – De las buenas costumbres

  Los números cuadrados del taxímetro se iluminan, veo los ojos horrendos del taxista en el espejo y la coronilla de su cabeza con un par de orejas renegridas. Pienso en mi falda, jalo el borde para cubrirme las rodillas, imagino la impresión que debo darle tomando un taxi a esta hora, con la oscuridad apenas espantada por el alumbrado público, nebuloso e intranquilo. Lo que debe pensar de una mujer que anda en esta ciudad sin compañía. Debe oler el semen tibio aún entre mis piernas, debe oler la saliva que hiela los recovecos de mi oreja; seguro sabe que me robé un cenicero del hotel y que lo traigo en la bolsa. Nos vemos a través del espejo retrovisor, intento y no puedo identificar las calles, sólo la oscuridad ignota.
—No se preocupe señorita, a las niñas buenas, no les pasa nada.

Claudia Morales

3.593 – Fin de emisión

  Cuando Manolo Escobar cantaba en la tele, mi madre no nos dejaba comer hasta que acabara, porque hacíamos mucho ruido con las cucharas. Para ella era el hombre más guapo del universo, decía siempre. Repitiéndolo hasta veinte veces, por lo menos, mientras duraba. Mi padre hacía como si no la oyera, pero tampoco tocaba los cubiertos. Y, mirándola, se le ponían los ojos como si sonrieran.
Si daban una película de la Loren, la Bardot, o alguna así, a mi madre automáticamente le daba un dolor de cabeza tremendo. Y se tenía que acostar antes de que acabara. Entonces, mi padre no sonreía con nada, sino todo lo contrario.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014

3.592 – Por mentiroso

  A veces, cuando cierro los ojos, veo caras. Me ocurre en los aviones, y en el tren. Recuesto un poco la cabeza, bajo los párpados para descansar, y empiezan a desfilar por el interior rostros de personas que han pasado por mi vida: mis abuelos, mis compañeros de colegio, de universidad, mis profesores, mis novias, mis médicos, mis peluqueros, mis panaderos, mis jefes, pero también mis hijos, cuando eran pequeños… Algunos me hacen muecas de significado dudoso, otros abren la boca de un modo exagerado y pronuncian palabras sin sonido, algunos me guiñan el ojo o me observan con ironía o con piedad. No hay pautas, pues los que en la primera vuelta me miran con piedad en la segunda lo hacen con ironía. No sé qué rayos quieren. Cuando abro los ojos, cesa el desfile, pero es muy difícil permanecer doce horas en un avión con los ojos cerrados. Entonces me resigno a verlos pasar. Lo increíble es el detalle con el que aprecio todos y cada uno de los rasgos de su rostro. Es tal el realismo con el que se manifiestan que tengo la impresión de que podría tocar sus mejillas si alargara el brazo.
Se lo conté a mi psicoanalista después de un viaje a México y me dijo que qué pensaba yo que significaba aquello. Siempre comenzamos así las sesiones. Yo le pregunto algo y ella me dice que qué me parece a mí, es como un rito.
—A mí —le dije— no me parecía nada hasta que comenzó a aparecérseme también su rostro.
—¿El mío?
—El suyo, sí.
Era mentira, es una de las pocas personas que no se me aparece, no sé por qué dije aquello. El caso es que comenzamos a darle vueltas al asunto y llegamos a la conclusión de que quizá tenga yo una deuda moral con toda esa gente que pasa por el interior de mi cabeza. Tal vez me dieron algo que no les devolví, por lo que la culpa me atormenta. Sentí que era una buena explicación y pensé en la forma de saldar mis deudas. Cuando terminó la consulta, la psicoanalista me recordó que le debía un mes. A veces, las deudas económicas son morales también. Eso me pasa por mentir.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011