2.136 – El mar espera

 Gabriel Bevilaqua2  Pese a que el trasatlántico se halla a más de tres mil metros de profundidad, ni una sola gota de agua moja el interior del camarote 115. Y no se trata de que esté herméticamente cerrado, ya que sir Malcolm Whitaker, como todas las mañanas desde que zarparon de Southampton, lo abandona para tomar, por así decirlo, un poco de agua fresca sobre cubierta. El caso es que al abrir la puerta del camarote, el mar, tímido y respetuoso, permanece afuera.
Cuando el hombre regresa, la señora Whitaker le pregunta si ha vuelto a charlar con el capitán, si ha visto delfines escoltando a la embarcación, o si se ha dignado a pedirles a los pequeños que corretean por los pasillos que la visiten. Sir Malcom Whitaker la besa tiernamente y satisface todas sus inquietudes, salvo la última. Pero esta mañana algo ha cambiado. El hombre, aún junto a la puerta, insta a los chiquillos a que entren; años se ha demorado en persuadirlos de que aquella mujer inmaculada es buena. Entonces la señora Whitaker adivina con sus manos las caritas de los niños muertos, y moja con sus lágrimas el piso del camarote.
El mar lentamente la acompaña.

Gabriel Bevilaqua
El elefante funambulista, 2014
http://elefantefunambulista.blogspot.com.es/

2.135 – Crac

ricardoAlamo  Alguien me grita que me ponga en la cola como todo el mundo. Sin rechistar, doy vuelta y me coloco el último. Hay hombres y mujeres, casi todos ejecutivos de mi misma edad. Por mi reloj faltan tres minutos para las ocho y las puertas del edificio aún permanecen cerradas, aunque dentro ya se ve luz. Llevo puesto mi mejor traje. Cuando por fin se abren, la cola se pone en marcha y un bedel nos conduce hasta el ascensor. Subimos en silencio. En el ático, el primero en saltar es el tipo que me gritó. Cae a plomo, sin hacer un solo tirabuzón en el aire.

Ricardo Álamo
Desahuciados. Crónicas de la crisis, Ed. Vagamundos, libros ilustrados, 2013.

2.134 – Sobre vuelos

miguel angel flores  El día que el vendaval se llevó a Germán, la vida empezó a ser otra. Mamá se varó en el lamento de haberlo subido con ella a tender a la azotea. Y allí se quedó. Papá, que había salido a buscarlo, volvió con una grulla, dos palomas, una cometa y un racimo de globos descoloridos. Pero no era lo mismo. Germán había dejado un vacío muy grande difícil de llenar. A veces, asomados a la ventana, lo veíamos pasar volando. Lo llamábamos a gritos y él saludaba como si fuera en autocar.
Una tarde otoñal el viento lo dejó en la puerta. Lo abrazamos todos. Menos papá, que se había ido de nuevo a buscar cosas que volaran. Germán había crecido un palmo y estaba despeinado. Nos contó cómo era el mundo, pero desde arriba. Altanero. Mamá seguía lamentándose de lo de la azotea. De nada servía que Germán diera saltos ante ella diciéndole que había aterrizado. No volvió a ser la misma. Él tampoco, se creía muy volátil. Y alardeaba de ello. Pero el que más cambió fue nuestro padre, que nunca regresó y nos conformamos con un señor que vivía enfrente. Y no se parecía en nada.

Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer. Ed. Talentura, 2014

2.131 – LII

miguel a zapata  Mido un metro y ochenta y cinco centímetros. Un chicarrón alto, fuerte, saludable, norteño. Pero en este planeta al que he sido destinado, vaya usted a saber por qué inescrutable y tocapelotas designio más o menos cósmico, todo aquello que añada orgullosos centímetros por encima del metro cincuenta queda suprimido, borrado, desaparecido, invisible, sometido a la nada.
Ante la perspectiva terrible de no volver a verme y andar por la vida como un errante decapitado procurador de sustos y pavores, ando encogido yo, encorvado y deforme como un anciano, casi vencido ya por la artritis y una escoliosis galopante, recibiendo de estos soberbios pigmeos miradas conmiserativas, limosnas al tullido que vino del espacio exterior.

Miguel Ángel Zapata
Revelaciones y magias. Ediciones Traspiés. 2009

2.130 – El libro prohibido

iwasaki  En una librería electrónica encontré una sección esotérica que llamó mi atención, pues no sólo tenían la primera edición del Diccionario infernal del padre Collin de Plancy o el Malleus Maleficarum con prólogo de Lord Byron, sino el apócrifo y terrible Necronomicón del árabe loco Abdul Al-Hazred. Pensando que sería una antología de historias góticas lo encargué más por romanticismo que por interés. A los tres días me lo llevó a casa un hombre alto y borroso que parecía vendedor de Biblias. Se trataba de un volumen en octavo y encuadernado en una tela que recordaba a las arañas. Lo encontré algo ajado, descolorido en las cubiertas y torturado por los nervios, pero era la edición valenciana de 1610. Un sello de agua indicaba que el ejemplar había pertenecido a la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. «La crisis» -pensé- y me dispuse a disfrutar de mi tesoro.
El libro era una maldición y una blasfemia, pues contenía todas las aberraciones posibles de nuestro tiempo y el anterior. Leí las revelaciones de la Clavícula de Salomón, los hechizos del Kitab-al-Uhud y las profecías del papiro de Leyden. Conocí la genealogía atroz de los primigenios: Azathot, Cthulhu, Nyarlathotep y Yog-Sothoth. Descubrí razas malditas que habitan en las profundidades marinas, que supuran en las esquinas sucias de nuestras casas y que aguardan una señal de guerra en el abismo de los espejos. Pero lo peor era el libro en sí: no tenía fin, no tenía comienzo, la numeración era delirante y las páginas que pasaba no volvían a aparecer.
Después de varios días de insomnio encontré unos folios garrapateados con letra menuda y temblorosa. Era un índice alfabético de las miles de ilustraciones de aquel libro infinito, acaso abandonado por algún lector enloquecido y aterrorizado. Hice una hoguera en el jardín y arrojé esa monstruosidad a las llamas. Lleva meses ardiendo. Quizás sea la señal que espera Yog-Sothoth.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario. Ed. Páginas de espuma. 2009

2.129 – Problemas con la correspondencia

federico fuertes guzman4  -¡Papá! ¡Mamá! ¡Me han traído la pistola!
Por probarla en algún sitio, el niño dispara sobre las cabezas de sus progenitores. Cada uno a su estilo, caen muertos sobre la desordenada colcha.
Y es que nadie avisó a los Reyes Magos de que la pistola tenía que ser de juguete.

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes.E.D.A.libros.2008

2.128 – Los tres mercaderes

DAVID LAGMANOVICH  Venían de tierras lejanas y se sentían extraviados en Judea, no por desconocer el camino, sino por la extrañeza que les producían las gentes y el paisaje. El ambiente natural, tan inhóspito; los hombres de la región, tan primitivos y supersticiosos. Los tres mercaderes se habían desviado de la ruta habitual porque en ese pueblo insignificante trabajaba un carpintero que labraba muy buenos muebles y podría interesarse en las riquísimas maderas que iban a ofrecerle. A la entrada del pueblo, bajo un techado semejante al de un establo, advirtieron el alboroto que causaba un grupo de pastores. Curiosos, detuvieron sus camellos y se aproximaron. Por cortesía, cuando vieron los aspavientos de los pastores, se inclinaron reverentes ante la parturienta y su hijito recién nacido, suponiendo que ésos eran los modales de los lugareños en casos semejantes. Así nació la leyenda que los transformó en reyes orientales, venidos expresamente a rendir homenaje a aquel niño cuyo nombre no alcanzaron a conocer.

David Lagmanovich
Los cuatro elementos. Ed Menoscuarto. 2007

2.127 – Pavada de suicidio

luisavalenzuela  Ismael agarró el revólver y se lo pasó por la cara despacito. Después oprimió el gatillo y se oyó el disparo. Pam. Un muerto más en la ciudad, la cosa ya es un vicio. Primero agarró el revólver que estaba en un cajón del escritorio, después se lo pasó suavemente por la cara, después se lo plantó sobre la sien y disparó. Sin decir palabra. Pam. Muerto.
Recapitulemos: el escritorio es bien solemne, de veras ministerial (nos referimos a la estancia-escritorio). El mueble escritorio también, muy ministerial y cubierto con un vidrio que debe de haber reflejado la escena y el asombro. Ismael sabía dónde se encontraba el revólver, él mismo lo había escondido allí. Así que no perdió tiempo en eso, le bastó con abrir el cajón correspondiente y meter la mano hasta el fondo. Después lo sujetó bien, se lo pasó por la cara con una cierta voluptuosidad antes de apoyárselo contra la sien y oprimir el gatillo. Fue algo casi sensual y bastante inesperado. Hasta para él mismo pero ni tuvo tiempo de pensarlo. Un gesto sin importancia y la bala ya había sido disparada.
Falta algo: Ismael en el bar con un vaso en la mano reflexionando sobre su futura acción y las posibles consecuencias.
Hay que retroceder más aún si se quiere llegar a la verdad: Ismael en la cuna llorando porque está sucio y no lo cambian.
No tanto.
Ismael en la primaria peleándose con un compañerito que mucho más tarde llegaría a ser ministro, sería su amigo, sería traidor.
No. Ismael en el ministerio sin poder denunciar lo que sabía, amordazado. Ismael en el bar con el vaso en la mano (el tercer vaso) y la decisión irrevocable: mejor la muerte.
Ismael empujando la puerta giratoria de entrada al edificio, empujando la puerta vaivén de entrada al cuerpo de oficinas, saludando a la guardia, empujando la puerta de entrada a su despacho. Una vez en su despacho, siete pasos hasta su escritorio. Asombro, la acción de abrir el cajón, retirar el revólver y pasárselo por la cara, casi única y muy rápida. La acción de apoyárselo contra la sien y oprimir el gatillo, otra acción pero inmediata a la anterior. Pam. Muerto. E Ismael saliendo casi aliviado de su despacho (el despacho del otro, del ministro) aun previendo lo que le esperaría fuera.

Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008