2.958 – Lágrimas

cesar-gavela  Le pregunté a mi madre por qué ya no hablaba del tío Marcos, del que mataron en el norte, y ella me contó que era porque se le habían terminado las lágrimas. Que cada persona tiene un cupo para cada muerto, como si ellos se las dieran, y cuanto más triste la muerte, más lágrimas. Pero que también se acaban terminando, y un día no salen más. Eso fue lo que le pasó a mi madre, que cuando aparecía mi tío Marcos en la conversación, ya no lloraba aunque quisiera, y de ahí pasó a pedirme que nunca le hablara de él, que era muy triste no poder llorarle. Y así mi tío empezó a desaparecer, y poco a poco se volvió penumbra; y ya ni siquiera eso.

César Gavela
Velas al viento. Los microrelatos de la Nave de los Locos. Ed cuadernos del vigía. 2010

2.951 – Un viaje imprevisto

javiertomeo  Las siete de la mañana. Subo al autobús urbano que debe llevarme al Parque Acuático, al otro lado de la ciudad. Me siento cerca del conductor y advierto que soy el único viajero.
«Aquí pasa algo raro», pienso.
Al principio todo parece normal. El conductor respeta las paradas. Se detiene ante las marquesinas y durante un momento mantiene las puertas abiertas, pero no sube nadie.
Humillado por la indiferencia de la gente, el conductor decide pasar de largo. No hay mucho tráfico y poco a poco aumenta la velocidad. Da la vuelta alrededor de la plaza de M. y en lugar de seguir por la calle de M., elige la calle de Z., que conduce al otro lado de la ciudad.
-¿Adónde me lleva usted? -le pregunto.
-Puede que ni siquiera yo mismo lo sepa -me contesta.
Le recrimino que no respete los semáforos y el hombre me recuerda que está prohibido hablar con el conductor. A partir de este instante, por lo tanto, me resigno a mi suerte y decido mantener la boca cerrada.
Que en este autobús haya, por lo menos, alguien que cumple las ordenanzas municipales.

Javier Tomeo
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.944 – Hermano

susana camps  Corríamos por todo el jardín, ¿recuerdas? Estaba lleno de escondites, unos mejores que otros, y lanzábamos bolas de ciprés que eran bombas. Tú siempre ganabas porque tenías mucha puntería, pero si me dabas en la cara mi drama de dimensiones interplanetarias atraía a los adultos. Las bicicletas eran caballos que nos llevaban de un lado para otro. Las aparcábamos junto a la comisaría o el saloon y yo podía ver realmente a mi caballo blanco esperándome, nervioso y fiel. Aunque a veces no, a veces era una bicicleta que cargaba una caja atada al portapaquetes con merienda dentro, y nos íbamos al bosque a compartir unas galletas María con chocolate. La misma caja volvía llena de piñas, piñones, y bayas que no nos dejaban comer.
El verano era largo y matabas algunas tardes leyendo. Entonces empecé a leer yo también. Leíamos tebeos viejos de papá, moteados de óxido, y algún libro de Enid Blyton que a ti no acababa de gustarte. Luego descubriste a Woodhouse. No teníamos horarios y sin embargo cabía casi todo.
Hasta un poco de tiro al blanco con la escopeta de balines que alguien robó saltando la verja. Un robo instantáneo, no podíamos ni creerlo. No volvimos a dejar nada en la mesa blanca del jardín. El mundo exterior podía entrar a quitarnos de pronto lo que era nuestro. De hecho, creo que fue por entonces cuando desapareciste.

Susana Camps
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012

2.937 – La nueva hermenéutica puede dar al traste con todo

alberto_escudero  ABRAHAM: Heme aquí, Señor, en la tierra de Moriah, exactamente en el monte que indicaste. Está afilado el cuchillo escrupulosamente; apenas va el niño a enterarse.
ÁNGEL DE YAHVÉ (para sí): Cada día estoy más convencido: tiempos son éstos de fantasmagoría y superstición.
VOZ: Soy el Ángel de Yahvé. Detén tu mano, Abraham. Porque ahora he visto que en verdad temes a Dios, pues por mí no has perdonado a tu hijo, a tu unigénito.
ÁNGEL DE YAHVÉ (con los ojos como platos): ¿De quién es esa voz…? Oh, Señor; nadie me va a creer cuando cuente esto.
ABRAHAM: Así se hará, si ése es tu deseo; pero no sé si tiene mucho sentido habernos dado semejante caminata para esto.
VOZ: Mira a tu espalda.
ABRAHAM: Sólo veo montes por todos lados, y un carnero, con los cuernos enredados en la jara.
VOZ: Ofrécelo en sacrificio, aunque sólo sea para aprovechar el porte.
ABRAHAM: Ya puestos…
EL CARNERO (aparte): Dirán que es una pregunta improcedente, pero es muy normal cuestionarse los hechos que le van a costar a uno el pescuezo: ¿Es la ventriloquia una gracia divina o un arte demoníaco?
ÁNGEL DE YAHVÉ: Yo me voy de aquí; si le da a Dios por bajar se me va a caer la cara de vergüenza ajena.

Alberto Escudero
https://albertescudero.wordpress.com/

2.930 – El falo mágico

marco_denevi  Psique, una púdica joven de dieciséis años, fue obligada por sus progenitores a casarse con Heros, un viejo impotente aunque muy rico. Para disimular su desfallecimiento de verga, Heros usaba un falo artificial que le había construido la maga Calipigia a cambio de una gruesa suma de dinero. Como la alcoba matrimonial, por orden del anciano, permanecía siempre a oscuras, Psique jamás se enteró del ardid. Parecía satisfecha y redoblaba con su esposo los transportes de la pasión. Cuando quedó embarazada, Heros debió tragarse la ira, pero no podía ocultar un semblante sombrío cada vez que lo felicitaban por su tardía paternidad. La maga Calipigia lo llevó a un aparte y le dijo: «¿Por qué pone esa cara?
¿Quiere que la gente murmure? Vamos, quítese de la cabeza la idea de que Psique lo ha engañado con otro hombre. Lo que ocurre es que el falo que le vendí posee, entre otras virtudes, la facultad de la procreación. No se lo dije antes de estar segura de que Psique era fértil. Ahora que lo sé se lo digo. Entre nosotros ¿no merezco alguna recompensa adicional?». Y lo miró con expresión severa. Heros recobró o hizo como que recobraba el buen ánimo y volvió a entregarle a Calipigia una considerable suma de dinero. Tan mágico era aquel falo que Psique tuvo siete hijos: dos morenos, dos rubios y tres pelirrojos.

Marco Denevi
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015

2.923 – Invención del Carnaval

ramon g de la serna  En aquel primer Carnaval del mundo, cuando aún no existían más seres humanos que los que componían la primera pareja, Adán sintió ganas de disfrazarse para dar broma a Eva, y tomando un pámpano, le abrió los dos agujeros de los ojos y lo convirtió en careta. Después envolvió su cuerpo en grandes hojas de tabaco y de esa guisa se dirigió a Eva.
Eva, un poco sorprendida ante aquella voz de falsete que le preguntaba con insistencia: «¿Quién soy?, ¿quién soy?», respondió:
—¡Pedro!

Ramón Gómez de la Serna
Disparates y otros caprichos

2.916 – Mala suerte

Queta Navagomez  Resuelto a poner en marcha su plan, el gato dijo parando las orejas:
—Amo, procúrate un par de botas, un saco y un sombrero con plumas. Haré a tu nombre regalos al rey. Luego, veré que el ogro se convierta en ratón y me lo comeré para que su palacio sea tuyo. Te haré pasar por el Marqués de Carabás y de esa forma te casarás con la princesa. ¡Alégrate, vamos a ser ricos!
El hijo del molinero, acostumbrado a las malas rachas, apenas pudo sorprenderse de que su mascota hablara.
—Dame pronto lo que te pido —insistió el gato.
Pero el hijo del molinero en lugar de botas usaba huaraches, y el gato consideró ridículo pasar a la historia como El gato con huaraches y se quedó junto a su amo, lamentándose de tan mala suerte.

Queta Navagómez
Huarache = deportiva

2.909 – Del trópico

Queta Navagomez  Era un sapo de tonalidades castañas, blando cuerpo y sangre fresca, acostumbrado a las alfombras de helecho y musgo. Incansable buscador de sombra, al que le daba lo mismo dormitar entre la humedad de las cortezas o enterrado en el lodo del pantano. Amante de las zambullidas en arroyos y charcos. Barro saltarín que jugaba a quedarse quieto entre las cañas, cuando el aire de la tarde hacía silbar los carrizales. Anfibio satisfecho de croar mientras las estrellas se desleían sobre el espejo del remanso. Batracio despreocupado y feliz… hasta que una bruja lo convirtió en príncipe.

Queta Navagómez

2.902 – Cabalgar no cuesta nada

Carolina Castro Padilla  Tu caballo blanco te espera como siempre, todo nervio y brío, en el mismo sitio. Llegas a él, lo acaricias. Su piel lustrosa te devuelve calideces que tus palmas retoman para tejer sueños. Lo montas a pelo, y abrazada a su cuello te dejas llevar a galope tendido por los campos verdiazules que desaparecen de tu vista claveteados a la tierra por cuatro golpes secos repetidos hasta el infinito, ése que frente a ti no alcanzas.
“¡Facunda!” Un grito que te llama, que te atrapa a mitad de tu carrera. Regresas con un “¡Ya voy!”, que se ahoga en tu esperanza.
Miras tu corcel blanco que reposa en la palma de tu mano, terminas de sacudirlo, y con cuidado lo colocas en su sitio: sobre el juguetero que sólo sabe de porcelanas.

Carolina Castro Padilla

2.895 – El grafógrafo*

salvador elizondo Escribo. Escribo que escribo. Mentalmente me veo escribir que escribo y también puedo verme ver que escribo. Me recuerdo escribiendo ya y también viéndome que escribía. Y me veo recordando que me veo escribir y me recuerdo viéndome recordar que escribía y escribo viéndome escribir que recuerdo haberme visto escribir que me veía escribir que recordaba haberme visto escribir que escribía y que escribía y que escribía que escribo que escribía. También puedo imaginarme escribiendo que había escrito que me imaginaba escribiendo que me veo escribir que escribo.

Salvador Elizondo

*Para Octavio Paz