3.033 – El niño que gritaba: ¡Ahí viene el lobo!

Guillermo_Cabrera_Infante  Un niño gritaba siempre “¡Ahí viene el lobo! ¡Ahí viene el lobo!” a su familia. Como vivían en la ciudad no debían temer al lobo, que no habita en climas tropicales. Asombrado por el a todas luces infundado temor al lobo, pregunté a un fugitivo retardado que apenas podía correr con sus muletas tullidas por el reuma. Sin dejar de mirar atrás y correr adelante, el inválido me explicó que el niño no gritaba ahí viene el lobo sino ahí viene Lobo, que era el dueño de casa de inquilinato, quintopatio o conventillo donde vivían todos sin (poder o sin querer) pagar la renta. Los que huían no huían del lobo, sino del cobro –o más bien, huían del pago.

Moraleja: El niño, de haber estado mejor educado, bien podría haber gritado ¡“Ahí viene el Sr. Lobo”! y se habría ahorrado uno todas esas preguntas y respuestas y la fábula de paso.

Guillermo Cabrera Infante
Ejercicios de esti(l)o, (Barcelona: Seix Barral, 1976). En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).

3.026 – La carta

jose luis glez  8 de marzo de 1947

Querida vieja:
Como yo le desia antes de venirme, aquí las cosas me van vién. Desde que llegué enseguida incontré trabajo. Me pagan 8 pesos la semana y con eso vivo como don Pepe el administradol de la central allá.
La ropa aqella que quedé de mandale, no la he podido compral pues quiero buscarla en una de las tiendas mejores. Dígale a Petra que cuando valla por casa le boy a llevar un regalito al nene de ella.
Boy a ver si me saco un retrato un día de estos para mandálselo a uste.
El otro día vi a Felo el hijo de la comai María. El esta trabajando pero gana menos que yo.
Bueno recueldese de escrivirme y contarme todo lo que pasa por alla.
Su ijo que la quiere y le pide la bendisión.
Juan

Después de firmar, dobló cuidadosamente el papel ajado y lleno de borrones y se lo guardó en el bolsillo de la camisa. Caminó hasta la estación de correos más próxima, y al llegar se echó la gorra raída sobre la frente y se acuclilló en el umbral de una de las puertas. Dobló la mano izquierda, fingiéndose manco, y extendió la derecha con la palma hacia arriba.
Cuando reunió los cuatro centavos necesarios, compró el sobre y los sellos y despachó la carta.

José Luis González
La galería (México: Biblioteca Era, 1982. En: Brevísima Relación. Antología del
microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).

3.019 – La caseta del huerto

victor_garcia_anton  Dos compañeras se han encerrado en las cocinas del Local para amarse. Como necesitamos las cocinas, la asamblea ha propuesto habilitar la caseta del huerto como recinto alternativo para las amantes. El espacio de la caseta del huerto no es, ni mucho menos, tan amplio como el de las cocinas. Pero acondicionada y bien limpia, la caseta puede resultar un lugar agradable para cuatro o cinco personas.
Serán necesarios unos colchones, una despensa, mantas y almohadas, una estufa que funcione.
Habremos de convencer a las dos compañeras de que la caseta del huerto es tan buen lugar para amarse como las cocinas del Local y que, aunque es más pequeño, podrán establecerse en la caseta todo el tiempo que deseen. Quizás así, abran la puerta de las cocinas y se trasladen a la nueva ubicación.
Pero tardaremos todavía unos días en acondicionar la caseta. De manera que durante ese tiempo, salvo que las compañeras decidan darse un respiro, las meriendas vecinales se repartirán en la sala de baile.

Víctor García Antón
Volanderas. Ed Tres Rosas Amarillas.2014

3.012 – Continuará

j j millas  ¿Recuerdan a aquel individuo al que trasplantaron hace dos años la mano de un cadáver? Seguro que sí. No nos desayunamos con noticias tan biodegradables cada mañana. Durante todo este tiempo, los periódicos han venido informándonos de los progresos de esa mano. Un día, sus dedos golpeaban las teclas de un piano. Al poco, podían atar los cordones de un zapato. También habían aprendido a entrecruzarse con los de la mano contraria, en un gesto parecido al de la oración… Se trataba de una mano inteligente, en fin, que incluso escribía, aunque no nos dijeron si prosa o verso, novela o ensayo, biografía o humor. ¿Qué puede escribir la mano de un cadáver?
Nadie ha vuelto del mundo de los muertos para decirnos si hay vida al otro lado, y de qué tipo. Nadie ha vuelto, excepto esa mano que llegó a estar enterrada, que acarició la seda del ataúd, el tejido de la mortaja, la oscuridad reinante debajo de la lápida. Quizá cuando esa mano fue arrebatada a un muerto para colocársela a un vivo, había conocido ya los placeres de la caricia de ultratumba. Es posible que se hubiera enamorado de un esqueleto, de un alma, de una momia. Tal vez, cuando le pusieron un bolígrafo entre los dedos, esa mano empezó a escribir un diario terrible sobre los sufrimientos que comporta regresar a la vida. O tal vez sólo escribía recetas de cocina para difuntos. No sabemos lo que comen los muertos. Ninguno ha regresado para decírnoslo. Pero quizá esa mano tuviera un instinto periodístico y después de atar los zapatos para satisfacer al respetable, se pusiera a describir los ingredientes de una paella para cuatro cadáveres.
No sabemos qué escribió, la verdad, cuando le pusieron una cuartilla delante. El caso es que el receptor, que vive en Australia, ha viajado hasta Lyon, donde se produjo el trasplante, para pedir de rodillas a los médicos que se la quiten. «No puedo ni verla», ha dicho. Pero los médicos han respondido que santa Rita Rita, lo que se da no se quita, y que el trasplante ha sido un éxito. Más que un éxito, yo diría que ha sido un best seller, pero un best seller de literatura de terror. Continuará.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.005 – El cigarro de Samuel

Nellie-Campobello   Samuel Tamayo le tenía vergüenza a la gente. No lo hacían comer delante de nadie. Cuando hablaba, se ponía encendido, bajaba los ojos y se miraba los pies y las manos. No hablaba. Cuenta Betita que siempre se iba a comer a la cocina. El general Villa no lograba hacer que se le quitara la timidez.
“Entre hombres no es así ?le decía el general a Betita?; si lo vieras, hijita, pelea como un verdadero soldado. Yo quiero tanto a Samuel; cuando andábamos en la sierra, cuando cruzamos Mapimí, muertos de hambre y de sed, este muchacho, hijita, tan vergonzoso como tú lo miras, venía y me daba pedacitos de tortilla dura que me guardaba en los tientos de su silla. Me cuidaba como si fuera yo su padre. Mucho quiero a Samuel. Por eso te lo encargo.”
Un día Samuel, aquel muchacho tímido, se quedó dormido dentro de un automóvil; Villa y Trillo también se quedaron allí, dormidos para siempre. Cosidos a balazos. Samuel iba en el asiento de atrás, ni siquiera cambió de postura. El rifle entre las piernas, el cigarro en la mano, sólo ladeó la cabeza.
Yo creo que a él le dio mucho gusto morir, ya no volvería a tener vergüenza. No sufriría más frente a la gente. Abrazó las balas y las retuvo. Así lo hubiera hecho con una novia. El cigarro siguió encendido entre sus dedos vacíos de vida.

Nellie Campobello

2.998 – Vivienda inhabitable

jose-maria-merino2  El tirano Gerión, para mostrar a sus miserables súbditos su desprecio por ellos y la grandeza de su poder, ordenó construir la mayor vivienda inhabitable del mundo, un edificio gigantesco, de ciento trece pisos contrahechos, centenares de escaleras que no conducían sino al vacío, miles de habitaciones desprovistas de suelo y de pasillos que enlazaban paredes sin salida, innumerables ventanas ciegas. Cuando Hércules derrotó a Gerión, en vez de matarlo lo condenó a vivir en aquel lugar inhabitable hasta el final de sus días. Se dice que el tirano enloqueció muy pronto y que acabó suicidándose. Pero también se dice que verse recluido en aquel lugar le hizo considerar lo descomunal de su caprichosa soberbia, y que murió arrepentido. El caso es que, desaparecido el tirano, con el paso de los años las gentes sin hogar fueron desmantelando el edificio para aprovechar sus elementos arquitectónicos, las piedras de los muros, las columnas de los pórticos, los peldaños de las escaleras, los dinteles de las puertas y las ventanas. Así, la vivienda inhabitable suministró material para la construcción de infinidad de modestos cobijos, y cuando la memoria de Gerión y de su tiranía se habían perdido, las mujeres parían al resguardo de las habitaciones levantadas con los restos de aquel edificio infame cuya existencia ya nadie conocía.

José María Merino
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015

2.991 – Carpe diem

Diego Marin Galisteo  En mi primer viaje en avión intercambié sin querer mi maleta con la de otro pasajero, y no me di cuenta hasta que llegué al hotel. Como soy pragmático, amoldé mis vacaciones al tipo de equipaje que me tocó.
En otra ocasión, estando en un parque, me llevé por error un cochecito con un niño dentro que no era el mío. Como soy hombre de costumbres fijas, cuando volví a casa lo bañé, le di de comer y lo dejé en la cuna.
De igual modo, le he dicho te quiero muchas veces a la mujer equivocada, pero esa es otra historia…
Tengo que añadir que, después de todo, también soy una persona optimista, y ahora que estoy cayendo por este precipicio en un coche que no es el mío, no me preocupo. Seguro que esta confusión será la última.

Diego Marín Galisteo
El vigía, ed.La isla de Siltolá – 2015.

2.984 – Ni colorín ni colorado

jose maria merino  Cenicienta, que no era rencorosa, perdonó a la madrastra y a sus dos hijas y comenzó a recibirlas en Palacio. Las jóvenes no eran demasiado agraciadas, pero empezaron a tener mucha familiaridad con el príncipe, y pronto los tres se hacían bromas, jugueteaban. A partir de unos días de verano especialmente favorables al marasmo, ambas hermanas tenían con el príncipe una intimidad que despertaba murmuraciones entre la servidumbre. El otoño siguiente, la madrastra y sus hijas ya se habían instalado en Palacio. La madrastra acabó ejerciendo una dirección despótica de los asuntos domésticos. Tres años más tarde, la princesa Cenicienta hizo público su malestar y su propósito de divorciarse, lo que acarreó graves consecuencias políticas. Cuando le cortaron la cabeza al príncipe, Cenicienta hacía ya tiempo que vivía con su madrina, retirada en el País de las Maravillas.

José María Merino
Ciempiés. Los microrelatos de quimera. Ed. Montesinos

2.977 – Encuentros, desencuentros

Rogelio Guedea  Me sucedió mientras leía un libro de Walter Benjamin en el aeropuerto de Berlín. Al levantar la mirada de aquellas páginas tan hondas, me di cuenta de que había olvidado si acababa de llegar o estaba a punto de partir. Quise reflexionar por un instante, pero fue inútil. Las personas entraban y salían, llegaban y se retiraban. Una mujer me sonrió justo en el momento de mi desacierto. Esa mujer se parecía a mi país pero tal vez no era mi país. Estaba solo, con el equipaje recargado en mis piernas. Me abandoné a la desmemoria, me inmiscuí en sus pasillos de sombra. ¿Alguien podría darle ahora un calendario y una habitación propia a aquella sensación única? Encuentros, desencuentros, eso fue todo lo que empezó a significar la vida para mí.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto,2010

2.970 – Siempre

ana vidal  ¿Qué significa siempre, cuánto dura? Siempre fue el instante en que dijiste que me querías; hasta siempre, el momento en que te marchaste, porque aquello no podía ser, porque no te venía bien. Y yo que te querría siempre, pero tú nunca volvías, ni siquiera cuando aquel chico del barrio me sonrió, habló conmigo, me pidió el teléfono y lo apuntó en su agenda –y no en un papel, como hiciste tú-. Entonces pensé que siempre significaba otra cosa, que a veces no entendemos las palabras cuando las decimos.
Allá voy, a mi primera cita con otro, con el vestido que siempre me decías que te gustaba tanto, que me quedaba tan bien, y veo a dos enamorados en un café, las manos entrelazadas, y un anillo de para siempre. Y otra vez, como siempre, pienso en ti.

Ana Vidal
Érase de una vez, editorial Enkuadres