Tras un tiempo en el paro fue lo único que encontró: aplaudidor. Jornada completa, disponibilidad absoluta. El salario era bueno y la Empresa se encargaba del transporte. El trabajo era sencillo: aplaudir, reír, levantarse, sentarse, gritar. Actos simples a indicaciones del regidor.
Entre platós pasó los años y las décadas y se convirtió en un verdadero profesional: un aplaudidor frío, aséptico, entregado a la causa. Ocultaba su pasado anterior a la Empresa. Si algún nostálgico le preguntaba, mentía. Aquel ser que entretejía utopías colectivas le parecía tan ajeno como un mal sueño, un pasado del que arrepentirse. La Empresa le había dado un motivo para vivir, un papel que cumplir en su tiempo y su espacio. Por eso cuando lo ascendieron a regidor se sintió orgulloso: después de tantos aplausos al final era él quien daba las órdenes.
El día del incidente, por fin, devolvió a la Empresa la confianza mostrada. Durante la entrevista semanal al presidente, tras él indicar aplausos, un joven aplaudidor había permanecido impasible. Un primer plano de público febril ante la locuacidad del mandatario y él sentado sin mover un músculo. Pero anduvo rápido: llamó a seguridad, que inmediatamente comenzó a golpear al joven con sus porras. Acabó cayendo al suelo, pero él ordenó con un ademán que los guardias siguieran con su labor. Mientras, el resto de aplaudidores permanecían impasibles, quietos. Los telespectadores miraban desde casa, inquietos. Y aún con miles, millones de ojos sobre sí, miró a su alrededor y ordenó, decidido, “¡qué continúe el espectáculo!”. Y todos, aplaudidores, espectadores y hasta el propio presidente, cumplieron con lo que les pedía. El júbilo desbordó el plató, las casas, las calles y las ciudades. Él, por su parte, sonrió como los héroes orgullosos por el deber cumplido.
3.634 – La urna
Al llegar a casa, ella se sienta en su vieja mecedora, y se balancea suavemente. Los cuadros están todos descolgados, las paredes extrañamente desnudas, todos los cajones abiertos, como si alguien los hubiera estado registrando. A la cocina no quiere ni asomarse, pero puede ver, por la puerta abierta, los cubiertos esparcidos, los cajones desordenados, y el viejo mantel rojo abierto sobre el suelo.
Acaba de incinerar a su esposo. Veinte años bajo el mismo techo. Sólo un hijo. Y muchos recuerdos que ahora parecen querer salir todos a la vez. La ceremonia ha sido breve, concisa. Poemas de Keats y música de The Doors de fondo. Mientras recuerda la cronología de lo acaecido, piensa en cada palabra, cada abrazo, la emoción flotando como un viejo duende que atenaza la voz. Trata de relajarse, pese al desorden reinante, pese a lo acontecido en su ausencia. El balanceo es rítmico, suave, mientras los ojos parecen querer cerrarse. Al final de la ceremonia algunos quieren acompañarla a casa, pero ella no deja que eso ocurra. Prefiere estar sola, con sus pensamientos, sus temores, sus ilusiones. Y con la urna de cenizas. Solos de nuevo.
Ella, por primera vez, esboza una ligera sonrisa. En el contestador hay un par de mensajes, el piloto rojo parpadea. Decide pulsar el botón. Escucha indiferente el primero de ellos. El segundo es de una voz que amplía su sonrisa: ¿Nos vemos esta noche, donde siempre, a las nueve? Igual estás demasiado cansada, lo entendería perfectamente.
Ha dejado de mecerse. Se levanta y sube a su habitación. Abre el armario y saca vestidos que apenas se ha puesto. Prendas alegres, de colores vivos, llamativos. Elige uno. Se quita las prendas negras que cubren su cuerpo, y en su desnudez, frente al espejo, comprueba que aún se siente viva, joven. Elige un vestido de color fucsia y blanco y selo pone, hasta que queda ceñido, ajustado a cada curva. Se calza unos zapatos de tacón no muy alto. Mientras termina de acicalarse le entra una duda: la urna con las cenizas. No quiere dejarla sola, aunque tampoco puede llevársela. Sin pensarlo dos veces, en un acto repentino, coge la urna, se la lleva hasta el cuarto de baño y, tras darle un último beso, la vacía en la bañera. Echa un poco de agua hasta que toda la ceniza desaparece, desagüe abajo.
Últimos retoques, y se lanza a la calle. En el primer local que entra, pide una copa. Y entonces no puede dejar de oír un extraño ruido que crece pero que solo ella parece escuchar. Un sonido por las tuberías y bajantes del local, un movimiento inusual, como si alguien tratara de liberarse de los tubos de pvc, como si quisiera, de nuevo, revolverlo todo, hacer daño.
Antonio Luis Ginés
3.633 – 225
Lo siento moverse en su elemento líquido, chocando contra las paredes que le cierran el paso y tengo la confirmación de que se trata de un pez, un gran pez escamoso con doble hilera de dientes que crece inmoderadamente en mi vientre, un pez que pariré cerca del mar porque su felicidad (la de mi hijo) es más importante que la mía, la que su proximidad (un gran acuario de cristal) podría darme.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.632 – 223
Para dormir cómoda, me despojo de todo lo superfluo. Sentada en el borde de la cama me quito lentamente la ropa. Dejo caer los brazos, que se estiran sobre la alfombra como gruesas serpientes. Con un movimiento brusco me desprendo de las piernas y sacudiendo la cabeza hago volar mis facciones (ojos, boca, nariz) por todos los rincones de la habitación. Y continúo, hasta que no queda entre las sábanas más que mi sexo, que de todas maneras nunca duerme.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.631 – Para todos los gustos
Para los vampiros golosos, mujeres gordas, lánguidas, diabéticas, con cuello de Modigliani. Para vampiros francamente perversos, bestialistas, juguetonas jirafas. Para vampiros que se complacen en su propio sufrimiento, ciertas botellas de vidrio, importadas de Italia (en las que el vino ha sido reemplazado), cuyos cuellos estallan al ser mordidos con gozoso dolor.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Casa de Geishas Ed. Páginas de Espuma.2009
3.630 – Detrás de una puerta…
Detrás de una puerta cerrada es posible encontrar los más inverosímiles horrores y también extraordinarias formas de la felicidad. Cuando la puerta se abre, el número de posibilidades, que era infinito, se reduce a uno y entramos, por ejemplo, en un baño (es lo más común) o en nuestro propio dormitorio. Y cómo probar que esa realidad que se alza sólidamente ante nuestros ojos es la misma que nos aguardaba, agazapada, cuando estábamos tan cerca pero fuera de ella, detrás de esa puerta que volveremos a cerrar al salir para permitir una vez más el auge y la decadencia de los innumerables universos.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.629 – 217
El mundo es cruel, mi vientre es tibio: se resiste a nacer y lo comprendo. Y sin embargo, qué duro me resulta (pero no hay para una madre sacrificio excesivo) seguir cargando en mi matriz desmesuradamente dilatada a este adolescente cariñoso y rebelde que ya ha empezado a fumar a escondidas (pero una madre lo sabe todo) haciendo brotar columnitas de humo de mi ombligo.
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.628 – 215
Compra esta lámpara: puedo realizar todos los deseos de mi amo, dice secretamente el genio al asombrado cliente del negocio de antigüedades, que se apresura a obedecerlo sin saber que el genio ya tiene amo (el dueño del negocio) y un deseo que cumplir (incrementar la venta de lámparas).
Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009
3.627 – 214
Lo cierto es que las sirenas desafinan. Es posible tolerar el monótono chirrido de una de ellas, pero cuando cantan a coro el efecto es tan desagradable que los hombres se arrojan al agua para perecer ahogados con tal de no tener que soportar esa horrible discordancia. Esto les sucede, sobre todo, a los amantes de la buena música.

