Lo que mucha gente llama amor consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio.
Un niño y una niña estaban mirando un cuadro en el que aparecía Adán y Eva.
–¿Cuál es Adán y cuál es Eva? –preguntó uno de ellos.
–No lo sé –repuso el otro–, pero te lo podría decir si tuvieran la ropa puesta.
Los calamares no me atemorizan. En señal de amistad, trenzo y destrenzo sus tentáculos. Después de todo, soy casi una de ellos: yo también sé jugar a esconderme con nubes de tinta.
Cada noche, marco tu número al otro lado del océano con devoción. Ningún tsunami me disuade. Lo dejo sonar tres veces y cuelgo. El ritual me reconforta.