Se había empeñado en batir el récord mundial de permanencia en globo y, tras fatigosos ahorros, al cabo del tiempo, pudo adquirir uno. Llevó a cabo los preparativos necesarios para su ascensión en la plaza mayor del pueblo, coincidiendo con las fiestas del Patrón de la localidad. Una enorme muchedumbre presenció la subida a los cielos, despidiéndole con flamear de pañuelos y griterío ensordecedor. Cuando se convirtió en un puntito perdido en el infinito, la gente se dispersó. Pasaron los días, los meses y nadie supo más de él. Una noche volvió de improviso y en silencio. El pueblo dormía y a través de las ventanas de su casa observó que su mujer abrazaba a otro. Loco de furor, rabia y celos se subió al campanario de la iglesia que se levantaba junto a la plaza y se arrojó a la misma. A la mañana siguiente, cuando descubrieron su cadáver, todos se maravillaron del estado del mismo, porque teniendo en cuenta que cayendo desde la estratosfera (por lo menos), dada la distancia y el tiempo transcurridos, tenía que haberse volatilizado por fuerza.