Me gusta ver fumar a mi abuelo Prudencio. Después de comer saca un grueso puro y le da vueltas en la boca mientras la llama del mechero va quemándole la punta. Mis hermanos y mi abuela se marchan haciendo aspavientos, como si quisieran espantar el humo. Pero el humo no se asusta fácilmente. Con el cigarro bien encendido, mi abuelo es capaz de hacer rosquillas blancas que viajan hasta el techo. Otras chocan contra la mesa y se abren como ruedas de masa frita. Si mi abuelo no tiene que trabajar nos quedamos toda la tarde allí sentados. Después de las rosquillas hace pequeños animalillos con el humo, cabras y cosas así. Los animales van de un lado para otro del salón y mi abuelo me deja que les de silbidos y los guíe hasta los mejores pastos.
Ellos protestan pero, en el fondo, son dóciles.
Cuando el resto de la familia se ha cansado de jugar al bingo vuelven al salón y preguntan a mi abuelo si quiere tomar café. El sonríe y tose un poco. Sí, quiere café con un chorro de leche condensada. Los animalillos tienen el tiempo justo de esconderse por las esquinas y esperar a que volvamos a estar solos mi abuelo y yo.
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. libros,2008
Qué bien «condesada» una tarde infantil. Qué verosímil las escenas creadas, la complicidad de dos generaciones tan alejadas en el tiempo, tan cercanas en sensibilidad… La admiración del nieto por las facultades del abuelo. La cercanía del abuelo hacia la fantasía, el juego del nieto.
Saludos
Me ha encantado. Casi ha vencido mi natural repugnancia al tabaco y, en especial, al puro y me ha pintado una tarde de fantasía con un abuelo que nunca tuve.
Gracias por escogerlo, Carlos.