3.659 – Amor

  Yo tenía veinte años y el Puente era una ciudad de barro y de camiones, poblada de aventureros y comerciantes, de mujeres adustas y de niños crueles.
Pero en ese mundo también estaba ella, como una luz del sueño y de la duda. Por eso, cuando la conocí, la ciudad se volvió otra. Se adornó con flores imaginadas; flores que yo sentía, sin necesidad de verlas. Y también fue por entonces cuando más brilló el pavés de las calles. Cuando, en cada casa, vivían personas buenas, dispuestas a ayudarme, aunque no sé en qué cosa, porque yo no necesitaba nada.

César Gavela
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012

3.658 – La clepsidra

  Perseguido por tres libélulas gigantes, el cíclope alcanzó el centro del laberinto, donde había una clepsidra. Tan sediento estaba que sumergió irreflexivamente su cabeza en las aguas de aquel reloj milenario. Y bebió sin mesura ni placer. Al apurar la última gota, el tiempo se detuvo para siempre.

Javier Puche

3.657 – Receta

  Tome unas zapatillas deportivas del número 32. Introduzca algo de arena en su interior.
Inclínese ante el retrete y vacíe allí la arena de las zapatillas.
Escuche.
Es un ruido de bambú hueco entrechocando, de Campanilla volando en Guatemala, de balbuceo de flauta, de pompas en los labios.
Así suenan los recuerdos de un hijo muerto.

Gabriel de Biurrun

3.656 – La carga de la Brigada Ligera

  «Lo que importa, muchachos, es el estilo», afirmó el capitán, montado en su blanco alazán. Los soldados escuchaban en silencio con la espada desenvainada, mientras los caballos, quizá presagiando el combate, piafaban nerviosos. «La muerte no importa», terminó diciendo el capitán y dicho esto gritó: » ¡ Compañía! ¡A la carga…!». En perfecta formación la caballería inició el ataque. Media hora más tarde en una extensión de veinte kilómetros, los cadáveres, tanto de soldados como de caballos, salpicaban el vasto campo de batalla. Toda la compañía había perecido. En tierra, los muertos componían bellas figuras. La mirada hacia adelante, el brazo erguido con la espada en alto, la chaqueta abotonada y el cuello de la guerrera perfectamente ajustado.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.655 – Ojalá

  Me distraigo viendo la lámpara mecerse levemente. A ratos me observo las manos, con sus cinco dedos, les doy vueltas con dificultad y las miro en silencio, desde la palma hasta el envés. La gente que me quiere me alimenta varias veces al día: leche, agüitas calientes, papillas, compotas y purés. No me gusta tanto, pero también me bañan, me echan colonia y me tienen siempre peinadito. Los pañales me los cambian unas cuantas veces al día y casi nunca se olvidan de ponerme la crema contra las rozaduras. Están todo el día pendientes de mí. Yo no hago prácticamente nada más que dormir, comer, oír, mirar y jugar con mis manos bobas. Ojalá pudiera expresar cuánto les quiero, más allá de las miradas tiernas o de esos abrazos torpes que intento darles cuando se acercan. Ojalá los años fuesen semanas. Ojalá tuviera tiempo para aprender a hablar de nuevo. Ojalá fuera un bebé y no solo lo pareciera.

Raúl Sánchez Quiles

3.653 – A gusto

  Desde luego, da gusto encontrar una pequeña mujer desnuda en el bolsillo. Usted la saca, ella sonríe enseguida, encantada de luz, encantada de ser suya. Está bien caliente en su mano. Tiene hermosos pechos, un lindo pequeño pubis como una agradable criatura ordinaria. Ah, así da gusto, pero es raro, oh raro, muy raro.

A. Norge
El cuento. Revista de imaginación. No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX

3.652 – Solo no soy nada..

  Solo no soy nada, me subsumo y me abismo, pierdo pie y me caigo, desaparezco y me borro. Reconcentradamente indistinto, igual de gastado que una fregona. Inútil incluso para lo mínimo. Junto a vosotros, en cambio, revivo, crezco, esponjo. En el pelotón se compacta la masa, toma forma la forma, la levadura hace subir el bizcocho. Menos mal que estoy dentro de esta bola de cebo, de este cardumen adiposo, de este rebaño de peces.

Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas

3.651 – Teoría sobre Barranca Yaco

  Durante muchos años el capitán Santos Pérez esperó a Facundo Quiroga (cuando Quiroga era todavía un joven arrebatado) en Barranca Yaco. Pero Quiroga se cuidaba muy bien de pasar por allí. Lejos de Barranca Yaco cosechó un triunfo tras otro. La gloria y el poder lo envalentonaron. Terminó por creer que Barranca Yaco no existía, que era un sueño, una superstición, un mito creado por antiguos terrores juveniles ya vencidos. Desde entonces anduvo despreocupadamente por todas partes y, en una de esas, pasó (cuando ya contaba cuarenta y dos años) por Barranca Yaco y allí seguía esperándolo el capitán Santos Pérez con su partida de asesinos.

Marco Denevi

3.650 – Estatuas

  El hombre luce una inquietante sonrisa. Esta desaparece cuando alguien le lanza una moneda. Entonces desenfunda su revólver y dispara. Después saluda con el sombrero y vuelve a quedarse inmóvil. Reanudo mi paseo y descubro un duendecillo verde que salta y hace piruetas en el aire. Más abajo un arlequín baila, una bruja vuela montada en su escoba y un espantapájaros ahuyenta las palomas. Al final de la rambla, una mujer duerme en un banco. Un perro merodea a sus pies. Me acerco y le tiro una moneda. El perro ladra, la mujer entreabre un ojo y me mira. «Gracias», susurra. Luego vuelve a quedarse dormida.

Agustín Martínez Valderrama