Sucede en esas tardes afables, discretas. En esas tardes afables y discretas que tiene el estío, y que auspician que dos hombres se sienten en un mismo banco, bajo un fresno, un roble, o un sauce llorón, donde además canta diáfano el mirlo, la alondra, el petirrojo, no sabría decir.
Sucede, digo, que los dos hombres – pongamos Juan, pongamos Luis – se sientan; y al sol conversan acerca de sus cosas, de sus vidas, a saber. Así hasta que las nubes tiznan el cielo, y a lo lejos esplende un relámpago azul.
Sucede, insisto, que ni éste desvela a Juan y a Luis – o como quiera que se llamen – que no suelen advertir que en una de esas murieron. Así, ambos volverán a encontrarse mañana en otra tarde afable, discreta, de esas que tiene el estío, y que suelen ser siempre distintas, efímeras, luminosas.