1.038 – Ingenuidad

 Tespio tenía cincuenta hijos gemelos, tan parecidos entre sí que no había manera de identificarlos. El mayor, Clístenes, viajó a la gran ciudad de Tebas, ahí conoció a una joven llamada Filis, se enamoró perdidamente de ella y la pidió a sus padres en matrimonio. Los padres consintieron, no sin advertirle a Clístenes que Filis había sido educada en los rigores de la castidad y que nada sabía de las prácticas amorosas. «Deberá tenerle un poco de paciencia», añadió la madre, «pero con el tiempo aprenderá».
Para alardear de su potencia viril y, de paso, apresurar la educación de aquella inexperta, Clístenes ideó un plan: la noche de bodas satisfizo por siete veces consecutivas el débito conyugal y después abandonó la alcoba con el pretexto de ir a beber un vaso de agua. Entonces sus cuarenta y nueve hermanos fueron reemplazándolo, uno por vez, en las funciones de marido. Filis creyó que era siempre Clístenes el que entraba y salía, de modo que a todos los acogió con entusiasmo.
Al amanecer, Clístenes se dispuso a dormir. Filis rezongó malhumorada: «Vaya, te duermes. Si en la noche de bodas te muestras tan remolón, lindo porvenir el mío». Clístenes huyó a Macedonia, donde se hizo sacerdote de Vesta.

Marco Denevi

1.037 – Houston…

 No consigo establecer contacto con Houston. Tengo un pequeño problema y no puedo decir aquello tan gracioso de “Houston, tenemos un problema” porque, para qué, no me oyen. Pero eso no es lo peor. Estoy encerrado en este cubículo de un par de metros que gira casi sin control dando vueltas al planeta a 36.000 km. de altura y no puedo decir «Houston, tengo un problema». Conecte con el canal que sea, solamente oigo una carcajada histérica. Además, se ríe de mí y me dice que a ver cómo salgo de esta lata a 36.000 km. de altura. Pero eso no me asusta. ¿Por qué tendría que asustarme una carcajada? Por nada. Creo que me preocupan más los golpes que dan a la puerta.

Nacho Ruiz

1.036 – La sueñera – 250

 La flecha disparada por la ballesta precisa de Guillermo Tell parte en dos la manzana que está a punto de caer sobre la cabeza de Newton. Eva toma una mitad y le ofrece la otra a su consorte para regocijo de la serpiente. Es así como nunca llega a formularse la ley de gravedad.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Ed. Páginas de espuma, 2009

1.034 – Pequeña guía para conservar la buena suerte

 Para asegurarse una vida sin desgracias, usted no debe cruzarse con un gato negro, pasar por debajo de una escalera, romper un espejo, barrer de noche, cortar una cadena de la felicidad, levantarse con el pie izquierdo, coleccionar caracoles de mar, abrir un paraguas dentro de la casa, sentarse a una mesa de trece personas, brindar con agua, derramar la sal, ver a la novia antes de la ceremonia, ni leer este instructivo.

Martín Gardella

1.033 – Decepción

 Lamentarán el error del año pasado, este año los voy a esperar, me han hecho mucho daño, en cuanto aparezcan en lo oscuro encenderé la luz, los pillo y se lo digo, sé que les va a doler, pero me da igual, a mí me ha dolido más. No sois ni magos ni mágicos, vuestros regalos no vienen de Oriente, ni del cielo, sois como todos, los compráis, el año pasado os dejasteis el precio pegado en todos los juguetes, además me voy a chivar a mis padres.

Saturnino Cubero Garrido
Relatos en cadena. Cadena SER. Ed. Alfaguara, 2010
Ganador del 14 de enero de 2010

1.032 – Amigos invisibles

 Me acerco y anoto sus nombres. Este año soy yo la mano inocente. Al final de la cena saco un papelito de la bolsa de tela para cada uno. Enseguida, mamá busca una pista en la cara del abuelo. La tía levanta sospechas con su pícara sonrisa y la abuela trata de encontrar una señal en el cuchicheo del tío Andrés. La entrega de regalos será el 6 de enero. Y éstos no superarán los treinta euros. Lo que no saben es que yo los recibiré todos. Lamentarán el error del año pasado.

Pablo de la Rúa
Relatos en cadena. Cadena SER. Ed. Alfaguara, 2010
Ganador del 7 de enero de 2010

1.031 – La lista

 Los hombres que a mí me gustan no saben llorar pero acaban llorando. Bajan de los vagones y mientras el resto parece que hubiese llegado a una residencia de veraneo y esperase que alguien les explique el plan de actividades, ellos miran a su alrededor y lo comprenden todo de golpe. Así, cuando llega el momento de la separación todos chillan, se resisten y lloran desesperados menos ellos. Sólo cuando los niños y las mujeres se han perdido en la neblina permiten que las lágrimas inunden torpemente sus ojos. Entonces bajo de la tarima, me acerco y anoto sus nombres.

Miguel Torija Martí
Relatos en cadena. Cadena SER. Ed. Alfaguara, 2010
Ganador del 24 de diciembre de 2009

1.030 – Claroscuros

 Discutió con su mujer y huyó al cine.
El acomodador lo miró un instante y él se concentró en la pantalla.
Reconoció con estupor a su mujer en una de las escenas y la vio desnuda, apoyada sobre las manos y las rodillas, mientras un desconocido la azotaba con una lengua de buey.
Se sobrepuso al pasmo y al dolor de contemplarla gozando en la distancia, lejos de sus brazos, poseída prepostéricamente, estremeciéndose en un largo plano secuencia, y salió a la calle despechado, desasistido, relegado.
Se percató de la pistola que alguien había puesto en su bolsillo -el acomodador, dedujo- y corrió a su casa como una pura oleada de energía que se resistiera al ultraje, que abriera de un puntapié la puerta, que derribara los filodendros, que fuera toda una con la pistola, que reventara el tórax del amante.
Su mujer gritó justo antes de que, a espaldas de ambos, un estruendo ahogara el grito, un matraqueo, un clamor largo tiempo reprimido, y él se volvió y descubrió al público en sus butacas que aplaudía con entusiasmo, como solía hacerlo en el pasado al final de una película absorbente.

Ángel Olgoso
La máquina de languidecer, Ed. Páginas de espuma,2009

1.029 – Paraiso no es premio para todos

 Hay que volver a recordar (constantemente) a los espíritus vulgares que los castigos del infierno, aunque administrados por el demonio, son impuestos, en realidad, por su Eterno Enemigo. El diablo es un comerciante honesto y, aunque menos poderoso, ha logrado reservar algunos premios para aquellos que sean en vida sus fieles seguidores. Premios que podrían resultar horrendos para las almas débiles que se balancean al azar en la música insulsa de Allá Arriba (pura armonía, nada de ritmo), pero que para nosotros son auténticos placeres. No arrepentirse, por ejemplo. Aun en el peor de los tormentos y por toda la eternidad no arrepentirse: ¿es imaginable, desde la vanidad, un goce más excelso?

Ana María Shua
Cazadores de letras. Minificción reunida. Páginas de espuma, 2009