Veinticinco años de noviazgo eran muchos años. Así lo estimaban los dos, es decir, el novio y la novia. Sólo tenían una alternativa: casarse o separarse. Probaron la separación. Imposible. Ella prorrumpió en llanto al doblar la esquina, ante el asombro de los peatones. Él la llamó por teléfono ansiosamente por la noche a su casa, jurándole que no podía vivir sin ella. Decidieron casarse. La noticia conmovió a la madre de la novia. Lloró, sollozó sin tregua ni pausa. «Mi hija, mi pobre hija -decía-, casarse así… tan de repente».
Mes: octubre 2011
965 – Falta de calcio
964 – Fanático (Diccionario del diablo)
963 – La incrédula
Sin mi mujer a mi costado y con la excitación de deseos acuciosos y perentorios, arribé a un sueño obseso. En él se me apareció una, dispuesta a la complacencia. Estaba tan pródigo, que me pasé en su compañía de la hora nona a la hora sexta, cuando el canto del gallo. Abrí luego los ojos y ella misma, a mi diestra, con sonrisa benévola, me incitó a que la tomara. Le expliqué, con sorprendida y agotada excusa, que ya lo había hecho.
-Lo sé -respondió-, pero quiero estar cierta.
Yo no hice caso a su reclamo y volví a dormirme, profundamente, para no caer en una tentación irregular y quizás ya innecesaria.
Edmundo Valadés
962 – El salto cualitativo
961 – Disparos
Los hombres salen del salón y se enfrentan en la calle polvorienta, bajo el sol pesado, sus manos muy cerca de las pistoleras. En el velocisimo intante de las armas, la cámara retrocede para mostrar el equipo de filmación, pero ya es tarde: uno de los disparos ha alcanzado a uno de los espectadores que muere silencioso en su butaca.
Ana María Shua
960 – Fachas
Contó con pelos y señales cómo lo habían atado a un palo y cómo la multitud lanzaba piedras y más piedras contra él. Una de ellas le alcanzó en el rostro y ya no sintió nada.
Debieron ser muchos, me confesó algunos años después. Treinta millones de piedras no las tiran sólo cuatro idiotas.
Manuel Moya
959 – Búsqueda
Ella andaba siempre de aquí para allá, preguntando por alguien a quien nadie conocía. Hasta que un avispado paseante le dio pelos y señales del lugar donde encontrar a quien buscaba. Entonces supo que aquel ser monstruoso, producto de su imaginación, se había hecho realidad. Tenía nombre y apellido. Esperaba en una concreta dirección de la ciudad a que ella, inevitablemente condenada, llamara a su puerta.
Julia Otxoa
958 – Vanidad de escritor
Aquel escritor era tan vanidoso, que se ofendió mortalmente con su editor porque no lo había incluido en una antología de los grandes plagiarios del siglo.



