Ella no tiene maña para recogerse el pelo. Luce una melena pelirroja y agreste que me sirve de nido. A mí, a su profesor de yoga y a un ingeniero en paro. Los tres condenados a entendernos. Cada vez que disputamos por el territorio, se cepilla con furia y salimos despedidos. No te imaginas lo difícil que es volver a conquistarla. Además, nos lo tiene advertido: si seguimos dándole quebraderos de cabeza, se hace un corte a lo garzón.
Categoría: General
2.368 – Goleada
El tercer gol que encajamos me lo perdí. Mi mujer se interpuso entre el televisor y yo. ¡Quita de en medio!, me impacienté. Se apartó, pero siguió hablando. Miriam, déjame ver esto, luego me cuentas lo que sea, le pedí. Ella, ni caso. Pellizqué el pan y eché los trozos en el caldo, sin quitar ojo al número seis que avanzaba como un viejo artrítico. ¡Así vamos! ¡Vete a tu casa, si no puedes! Me estaba calentando. Miriam continuaba dando la tabarra en sordina. Todos estos años… Y ni una sola vez… Pedía poco…
Palabras sueltas que no me dejaban escuchar bien al comentarista. Y eso que gritaba como un verraco. Del plato a la boca, de la boca al plato, acabé con la sopa. Así te claves una espina. Ahora estoy seguro de que dijo eso, pero entonces interpreté ahí tienes la lubina. Cocinaba bien Miriam. Con el cuarto gol me tragué un trozo de guindilla. Y ella que si tal, que si cual. Estaba negro. Que te calles, mujer, que te calles un poquito. A esas alturas, el locutor estaba ronco y yo sudaba de rabia. Algo me distrajo unos instantes. Fue un destello metálico girando en el mantel. Pero volví a lo mío. El partido a punto de acabar. Cuatro a cero. Una vergüenza. Me bebí medio vaso de vino para contrarrestar el picante y entonces me di cuenta de que Miriam ya no hablaba. Salían los jugadores cabizbajos del campo cuando escuché el portazo. En la mesa, el anillo acababa de detenerse. Me incorporé a medias en la silla y estrellé el vaso contra el televisor. Mi mujer se había pasado con la guindilla.
Lola Sanabria
2.367 – Paraíso al revés
Picando una cebolla la otra tarde me rebané un dedo, prácticamente me corté la yema. Entonces lo que hice fue pegarla otra vez. La dejé ahí creyendo que se adheriría de nuevo a la carne y sus fibras recobrarían la entereza de antes, fundiéndose y confundiéndose con sus fibras hermanas, brevemente ausentes. Pero no fue así. El trozo de piel quedó mal, pegado como por encima, endeble de uno a otro borde. Entonces pensé que eso pasaba un poco como cuando una mujer que amamos nos deja un buen día y, al siguiente, intentamos recuperarla, algo así de su carne ya no termina de adherirse bien a la nuestra, ni sus ojos nos miran como antes en el desayuno, ni sus manos nos acarician la espalda de la misma manera tierna al regresar del trabajo, y su alma como su amor queda colgando de un hilo, en las orillas del viento, a la deriva, y entrada la noche uno, quebrado en dos pedazos, termina andando por las calles peor que un fantasma.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.366 – Hipoteca
Mientras le salía algo en lo suyo, Iván trabajaba en lo que fuese para poder pagar la hipoteca. Por la mañana reponía productos en las baldas de Continente. Por la tarde lavaba coches en un garaje de Parla. Los fines de semana vendía enciclopedias a domicilio y, cuando acababa, servía copas en el pub Malibú. Apenas veía a su familia. Con su novia mantenía una relación de hola y adiós, llena de prisas, cansancio y amores postergados. Aún así, a Iván todo aquello le merecía la pena. No tenía vida, de eso era consciente, pero al menos podía decir que era dueño del techo bajo el que dormía.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
2.365 – Consecuente*
Los nietitos vienen muy avispados hoy en día. Antes preguntaban cariñosamente, como un juego,
-Abuelita ¿qué hora son?
Ahora nos meten en camisa de once varas. Al menos el mío, que ya de pequeño complejizó el problema al preguntarme:
-¿Abu, qué es el tiempo?
-Mañana te contesto, le prometí. Mañana.
Y por los años de los años me mantuve firme en mi promesa.
Luisa Valenzuela
Juego de villanos. Thule Ediciones S.L. 2008
*Para Gaspar
2.364 – Blanco perfecto
2.363 – Que caperucita…
2.362 – Intercambio de flujos
Por más experiencia y pericia que mostrase en el manejo del remo, el gondolero era incapaz de bogar contra la corriente pujante del Sena. A una distancia de apenas cincuenta metros del Pont des Arts, el veneciano tomaba conciencia de que flotaba sobre un animal imprevisible, de lomo ondulado y fuerza descomunal. Entre el asombro y la inquietud, los cuatro pasajeros le exigían explicaciones, dudando de su capacidad resolutiva ante tan incierta situación. Arriba, en el puente, se agolpaban los curiosos con cámaras fotográficas que abrían sus laberintos digitales para captar la insólita navegación. Aturdido, sudoroso y cansado, pensaba ahora en su laguna apacible y sumisa, derramada en canales seguros y surcada por puentes pequeños. Justo en ese instante, en el Gran Canal de Venecia decenas de pasajeros de un batobus parisino lanzaban voces interrogantes, entre el asombro y la inquietud, contra el cielo acristalado de la nave. Capturado en las pantallas digitales, el piloto se preguntaba, aturdido, sudoroso y cansado, si el gálibo del puente de Rialto tendría la altura suficiente.
Antonio Serrano Cueto
2.361 – Hundimiento
El edificio se vino abajo a medio construir y los técnicos afirmaron que por culpa de una defectuosa cimentación. Los bomberos se afanaban en extraer los cadáveres de los infelices que habían encontrado la muerte trabajando. Un reportero tomaba en su bloc las consabidas notas. Dada la ignorancia, por parte de los dirigentes de la empresa constructora, del número de desaparecidos y víctimas, optó por anotar cuidadosamente los cadáveres localizados… «Diecisiete, dieciocho, diecinueve, vein…». Se detuvo porque los bomberos habían descubierto una pierna, pero al retirar los cascotes en torno a ella, comprobaron que la misma estaba cortada y que pertenecía a un cuerpo encontrado con anterioridad. Borró lo escrito y lo dejó definitivamente en «diecinueve». Lo lamentó porque siempre al titular resulta más llamativa la palabra «Veinte» («Veinte muertos en el hundimiento…», etc) que «diecinueve» («Diecinueve muertos en…» etcétera).
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
2.360 – Hubo una vez que un hombre muy guapo me amó*
Hace algunos años, un hombre muy guapo me amó durante treinta y dos días y sus treinta y dos noches.
Se llamaba Francesco, de apellido italiano, fotógrafo de profesión. Me descubrió comiendo con unos amigos. En el postre me dijo que ya me amaba.
En la mañana del día treinta y tres, desapareció.
Fue entonces cuando yo comencé a amarle.


