2.741 – Drácula y los niños

millas23  Estaba firmando ejemplares de mi última novela en unos grandes almacenes, cuando llegó una señora con un niño en la mano derecha y mi libro en la izquierda. Me pidió que se lo dedicara mientras el niño lloraba a voz en grito.
-¿Qué le pasa? -pregunté.
-Nada, que quería que le comprara un libro de Drácula y le he dicho que es pequeño para leer esas cosas.
El niño cesó de llorar unos segundos para gritar al universo que no era pequeño y que le gustaba Drácula. Tendría seis o siete años, calculo yo, y al abrir la boca dejaba ver unos colmillos inquietantes, aunque todavía eran los de leche. Yo estaba un poco confuso. Pensé que a un niño que defendía su derecho a leer con tal ímpetu no se le podía negar un libro, aunque fuera de Drácula. De modo que insinué tímidamente a la madre que se lo comprara. -Su hijo tiene una vocación lectora impresionante. Conviene cultivarla.
-Mi hijo lo que tiene es un ramalazo psicópata que, como no se lo quitemos a tiempo, puede ser un desastre. Me irritó que confundiera a Drácula con un psicópata y me dije que hasta ahí habíamos llegado.
-Pues si usted no le compra el libro de Drácula al niño, yo no le firmo mi novela -afirmé.
-¿Cómo que no me firma su novela? Ahora mismo voy a buscar al encargado.
Al poco volvió la señora con el encargado, que me rogó que firmara el libro, pues para eso estaba allí, para firmar libros, dijo. El niño había dejado de llorar y nos miraba a su madre y a mí sin saber por quién tomar partido. La gente, al oler la sangre, se había arremolinado junto a la mesa. No quería escándalos, de modo que cogí la novela y puse: «A la idiota de Asunción (así se llamaba), con el afecto de Drácula.» La mujer leyó la dedicatoria, arrancó la página, la tiró al suelo y se fue. Cuando salían, el pequeño volvió la cabeza y me guiñó un ojo de un modo extremadamente raro. Llevo varios días soñando con él. Quizá llevaba razón su madre.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

2.739 – Grandes almacenes

alonso-Ibarrola2  La sorprendieron robando unos pañuelos. Un inspector de los grandes almacenes le condujo a una discreta sala para interrogarla. La mujer, de modesta apariencia, lloraba y aseguraba que no había podido evitarlo, que «un impulso desconocido» le había empujado a ejecutar aquel bochornoso acto. El inspector, escéptico, le advirtió que por ser la primera vez no llamaría a la policía. Pero le pidió su dirección y requirió la presencia de su marido. Al cabo de una hora llegó éste, escuchó el relato del detective y propinó una sonora bofetada a su mujer, que no había cesado en sus sollozos. Se despidieron del inspector y se perdieron entre la muchedumbre de clientes, camino de las puertas de salida. El marido, nervioso, no advirtió que su mujer, distraídamente, cogía un par de medias de un mostrador introduciéndolas en su bolso subrepticiamente.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

2.735 – Cuando alguien muere en Cejunta…

antonio fernandez molina  Cuando alguien muere en Cejunta, inmediatamente se le vacían los bolsillos y se reparte su contenido entre sus seres más allegados. Han de tragárselo en el momento, y, si no pueden, a pedacitos o con auxilio de alguna bebida.
A veces, por este motivo perece alguno de los familiares del difunto y se le vacían también los bolsillos y sus allegados tragan lo que hay en ellos. Si esto provoca las muertes en cadena, por esta causa, puede llegar a extinguirse una familia.
En ese caso, a la salida del pueblo, se plantan tantos árboles como personas han muerto, y el cuidado de estos árboles corre a cargo del municipio, que obtiene de la madera beneficios saneados.

Antonio Fernández Molina
Las huellas del equilibrista. Ed. Menoscuarto 2005

huellas equilibrista

2.734 – Pinocho

isabel-cienfuegos4  Hoy no va al instituto, le molesta la anilla en la nariz. Sentado en el parque, mientras espera la llegada del Gato y de la Zorra para pillar algo que le lleve al País de los Bobalicones, oye a una anciana de cabellera azul murmurar que los chicos de hoy son todos unos burros y nunca llegarán a ser personas.
No quiere pensar en Geppeto, al que una empresa de tiburones se traga de sol a sol. Aún no es capaz de cruzar el mar de rabia o el mar de sueños para rescatarle.

Isabel Cienfuegos
http://nalocos.blogspot.com.es/2013/03/isabel-cienfuegos.html

2.733 – El oficio III

rogelio-guedea  Si el deseo de decir fuera esa mujer que cruza el río: he dicho un beso acaso. Pero si el deseo de decir fuera el deseo de esa mujer que ya ha cruzado el río: no he dicho nada. Nada: salvo aquello que dicen las palabras perdidas en un país desconocido. Entre cruzar y no cruzar: hay una enorme distancia. Entre decir y no decir: un río. A menos que haya una mujer esperándonos en la otra orilla, una mujer parecida a su deseo, valdrá la pena atravesar sus aguas. Pero sólo yendo sin volver: para que tenga sentido.

Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010

2.732 – Un último favor

pedro herrero  Al final se ha hecho justicia. El joven de origen desconocido, que ingresó en palacio haciéndose pasar por mozo de cuadra con el objetivo de desenmascarar al asesino de su padre, ha batido en duelo al malvado marqués que, además de arruinar a la familia del muchacho, urdía un plan siniestro para apoderarse del trono de la nación. El rey, en reconocimiento al valor demostrado por el joven paladín, le restituye el título nobiliario que le había sido arrebatado y le hace saber que está dispuesto a concederle lo que desee. El joven se apresura a pedir la mano de su hija, la princesa, de quien está locamente enamorado. Como respuesta, el rey se complace en anunciar de inmediato el enlace de la feliz pareja. El joven aprovecha para pedir que él y su nueva esposa puedan quedarse a vivir en palacio, de manera provisional, mientras duren las obras de reconstrucción del castillo que legítimamente le pertenece. El rey, manteniendo en su rostro la misma sonrisa comprensiva, accede también sin poner objeción alguna. El joven añade que -si no es mucha molestia- les dejen ocupar las dependencias del ala norte, frente al puente levadizo, por donde él debía trepar cada noche para ver a su amada en secreto. El rey, notando ya un ligero dolor de tipo nervioso en la mandíbula, asiente con la cabeza en señal de conformidad. Entonces el joven, abrumado por tanta generosidad, se dispone a pedir un último favor. Pero el rey lo interrumpe diciendo que, aunque sólo sea por cambiar de tema, le gustaría saber exactamente por qué mataron a su padre.

Pedro Herrero