3.653 – A gusto

  Desde luego, da gusto encontrar una pequeña mujer desnuda en el bolsillo. Usted la saca, ella sonríe enseguida, encantada de luz, encantada de ser suya. Está bien caliente en su mano. Tiene hermosos pechos, un lindo pequeño pubis como una agradable criatura ordinaria. Ah, así da gusto, pero es raro, oh raro, muy raro.

A. Norge
El cuento. Revista de imaginación. No. 54, Julio-Septiembre 1972
Tomo IX – Año IX

3.652 – Solo no soy nada..

  Solo no soy nada, me subsumo y me abismo, pierdo pie y me caigo, desaparezco y me borro. Reconcentradamente indistinto, igual de gastado que una fregona. Inútil incluso para lo mínimo. Junto a vosotros, en cambio, revivo, crezco, esponjo. En el pelotón se compacta la masa, toma forma la forma, la levadura hace subir el bizcocho. Menos mal que estoy dentro de esta bola de cebo, de este cardumen adiposo, de este rebaño de peces.

Mario Pérez Antolín
La más cruel de las certezas

3.651 – Teoría sobre Barranca Yaco

  Durante muchos años el capitán Santos Pérez esperó a Facundo Quiroga (cuando Quiroga era todavía un joven arrebatado) en Barranca Yaco. Pero Quiroga se cuidaba muy bien de pasar por allí. Lejos de Barranca Yaco cosechó un triunfo tras otro. La gloria y el poder lo envalentonaron. Terminó por creer que Barranca Yaco no existía, que era un sueño, una superstición, un mito creado por antiguos terrores juveniles ya vencidos. Desde entonces anduvo despreocupadamente por todas partes y, en una de esas, pasó (cuando ya contaba cuarenta y dos años) por Barranca Yaco y allí seguía esperándolo el capitán Santos Pérez con su partida de asesinos.

Marco Denevi

3.650 – Estatuas

  El hombre luce una inquietante sonrisa. Esta desaparece cuando alguien le lanza una moneda. Entonces desenfunda su revólver y dispara. Después saluda con el sombrero y vuelve a quedarse inmóvil. Reanudo mi paseo y descubro un duendecillo verde que salta y hace piruetas en el aire. Más abajo un arlequín baila, una bruja vuela montada en su escoba y un espantapájaros ahuyenta las palomas. Al final de la rambla, una mujer duerme en un banco. Un perro merodea a sus pies. Me acerco y le tiro una moneda. El perro ladra, la mujer entreabre un ojo y me mira. «Gracias», susurra. Luego vuelve a quedarse dormida.

Agustín Martínez Valderrama

3.649 – Artrosis

  Lo achacaba a la postura adoptada en su mesa de trabajo y a su vida sedentaria… El hecho es que siempre le dolía el cuello, la espalda y las cervicales. Esto último lo sabía hoy el doctor que le atendió fugazmente en la -consulta de la Seguridad Social. La cosa, al parecer, no tenía remedio ni solución. Solamente podría encontrar alivio practicando la natación, relajándose, caminando al aire libre… y con los masajes. iAh, los famosos masajes de los que siempre estaban hablando sus compañeros de oficina a todas horas, entre bromas y risas! Él nunca les prestó atención. Pero ahora su salud le preocupaba. Se interesó por los masajes, y un compañero, solícito y sonriente, le mostró un periódico con decenas de masajistas ofreciendo sus servicios. Jamás hubiera supuesto que existieran tantos afectados por la artrosis. De otra manera, se decía, no se justificaría tanta oferta de masajistas. Probó con uno de los teléfonos reseñados en la sección de anuncios y una solícita voz femenina le informó del horario: de cuatro de la tarde a dos de la madrugada. Le pareció una exageración el horario nocturno. Quiso saber el importe de antemano, pero la voz femenina le dijo: «Eso lo aclararemos aquí, cariño». Le molestó un poco la confianza que se tomaba aquella voz anónima, pero no le dio mayor importancia. Tomó nota de la dirección y al día siguiente se presentó. La enfermera que abrió la puerta de la consulta era muy atractiva. Él le explicó el motivo de la visita, el lugar exacto de las molestias y ella no pareció inmutarse. Le condujo a una salita, blanca, como un quirófano, con su mesa camilla donde le hizo tenderse, boca abajo, tras aconsejarle que se desnudara de cintura para arriba. Se quitó la chaqueta, la camisa y la camiseta, esta última prenda con cierto embarazo. La señorita le preguntó: «¿Servicio normal?». «Normal», respondió él. Y durante media hora aquella experta mujer hizo maravillas con los músculos de su cuello, con su espalda. No parecía fatigarse ni abrió la boca. Entregada por completo a su labor, concentrada, afanosa, hierática, profesional ciento por ciento. Al finalizar la sesión, el paciente se sintió tremendamente aliviado, relajado, satisfecho, feliz. Y la cantidad que la experta masajista le pidió tampoco le pareció ninguna exageración. Le prometió volver otro día. Ella le acompañó hasta la puerta amable y solícita. «Hasta cuando usted quiera», le dijo como despedida. Y cuando el paciente comenzó a descender las escaleras, la masajista tuvo un impulso irresistible y asomándose a la barandilla de la planta, acertó a decir al cliente que se iba contento y feliz: «Oiga, señor, perdone la curiosidad pero me gustaría saber una cosa: ¿es usted policía?». Respondió con un no rotundo con la mano, casi sin pararse en su descenso. En el portal, se detuvo a solas con sus pensamientos y se preguntó: ¿Los policías tendrían descuento? Pero no le pareció oportuno dar más vueltas a la cuestión.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

3.648 – Cuestiones de fe

  Hay una tribu en el centro de África, cuyo nombre no consigo recordar ahora mismo, que no cree en la existencia de la espalda. Parece una negación absurda, desde luego, pero los antropólogos han aportado abundante documentación al alcance del escéptico o el curioso. Por lo general, en Occidente estamos dispuestos a admitir que la gente no crea en el alma, en Dios, en el diablo, los espíritus, y todo aquello que en general ni se ve ni se toca, pero nadie se atrevería a negar la existencia de las mesillas de noche o de las cornucopias. En otras palabras, entre nosotros el movimiento se demuestra andando.
—Mire usted qué BMW acabo de adquirir.
Personalmente, no creo en el BMW, así que no entiendo cómo hay tanta gente que se gasta el dinero en un automóvil completamente fantástico. Una vez subí en el de un amigo mío y me di cuenta enseguida de que no existía porque estaba lleno de prestaciones inverosímiles. No dije nada porque se había gastado en él cinco millones que no tenía, pobre.
Los millones son otra cosa en la que la gente cree mucho, incluso sin verlos. A esa tribu del centro de África le hablas de millones y es como si le hablaras de la espalda. Por eso no les duele ni una cosa ni la otra. En Occidente, en cambio, cada día hay más personas con problemas de espalda. Y de millones.
Yo, además de no creer en el BMW, reniego también de la existencia de las lavativas. Tengo razones antropológicas que aportaré con gusto. En casa de mis abuelos había una colgada de la cisterna del retrete. Por razones que no vienen al caso, de pequeño pasé muchos fines de semana con ellos y siempre que entraba a hacer pis tropezaba con aquel extrañísimo aparato cuya utilidad se me escapaba por completo. Cuando tuve edad de preguntar, me dieron unas respuestas claramente evasivas. Mi abuelo, por ejemplo, aseguraba que la goma aquella servía para metérsela por el culo, lo que como verán ustedes resulta más increíble todavía que el salpicadero del BMW de mi amigo. Crecí, pues, con la idea de que aquel aparato había sido fruto de mi imaginación: ya se sabe que los niños somos muy perversos. Un adulto como Dios manda no sería capaz de concebir una lavativa, ni un BWM, ni una cornucopia. Sin embargo, hemos sido capaces de concebir la espalda, que como artefacto raro tampoco está mal.
Seguramente, sería un gran negocio exportar espaldas a esa tribu de África que no cree en ellas. Todo lo que no existe alcanza un gran predicamento entre los seres humanos, africanos o no. Yo estoy dispuesto a aportar la mía, que me proporciona unos quebrantos insoportables. Y por un poco más de dinero, doy también la lavativa de mis abuelos, que no consigo quitármela de la cabeza, pese a que estaba pensada para el culo. Con lo que obtenga de la venta de estos dos objetos irreales quizá me compre un BMW inexistente. Gracias.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.645 – Me encanta Dios

  Me encanta Dios. Es un viejo magnífico que no se toma en serio. A él le gusta jugar y juega, y a veces se le pasa la mano y nos rompe una pierna o nos aplasta definitivamente. Pero esto sucede porque es un poco cegatón y bastante torpe con las manos.
Nos ha enviado a algunos tipos excepcionales como Buda, o Cristo, o Mahoma, o mi tía Chofi, para que nos digan que nos portemos bien. Pero esto a él no le preocupa mucho: nos conoce. Sabe que el pez grande se traga al chico, que la lagartija grande se traga a la pequeña, que el hombre se traga al hombre. Y por eso inventó la muerte: para que la vida – no tú ni yo – la vida, sea para siempre.
Ahora los científicos salen con su teoría del Big Bang… Pero ¿que importa si el universo se expande interminablemente o se contrae? Esto es asunto sólo para agencias de viajes.
A mi me encanta Dios. Ha puesto orden en las galaxias y distribuye bien el tránsito en el camino de las hormigas. y es tan juguetón y travieso que el otro día descubrí que ha hecho frente al ataque de los antibióticos con ¡bacterias mutantes!
Viejo sabio o niño explorador, cuando deja de jugar con sus soldaditos de plomo de carne y hueso, hace campos de flores o pinta el cielo de manera increíble.
Mueve una mano y hace el mar, y mueve la otra y hace el bosque. Y cuando pasa por encima de nosotros, quedan las nubes, pedazos de su aliento.
Dicen que a veces se enfurece y hace terremotos, y manda tormentas, caudales de fuego, vientos desatados, aguas alevosas, castigos y desastres. Pero esto es mentira. Es la tierra que cambia- y se agita y crece- cuando Dios se aleja.
Dios siempre está de buen humor. Por eso es el preferido de mis padres, el escogido de mis hijos, el más cercano de mis hermanos, la mujer mas amada, el perrito y la pulga, la piedra mas antigua, el pétalo mas tierno, el aroma más dulce, la noche insondable, el borboteo de luz, el manantial que soy.
A mi me gusta, a mi me encanta Dios. Que Dios bendiga a Dios.

Jaime Sabines

3.644 – El amenazado

  Es el amor, tendré que ocultarme o huir. Crecen los muros de su cárcel, como un sueño atroz.
La hermosa máscara ha cambiado, pero como siempre es la única ¿de qué me servirán mis talismanes; el ejercicio de las letras, la vaga erudición, el aprendizaje de las palabras que usó al áspero norte para cantar sus mares y sus espadas, la serena amistad, las galerías de la biblioteca, las cosas comunes, los hábitos, el joven amor de mi madre, la sombra militar de mis muertos, la noche intemporal, el sabor del sueño?.
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo. Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que me miran por las ventanas, pero la sombra no me ha traidor la paz.
Es, ya lo sé, el amor; la ansiedad y el alivio de oír tu voz, la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo. Es el amor con su mitología, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar. Ya los ejércitos se cercan, las hordas (esta habitación es irreal; ella no la ha visto). El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Jorge Luis Borges