Cuando dijo soy una buena persona supe de inmediato que me había vuelto a confundir de hombre. Tantos años de mostrador me han enseñado que hay ciertas frases que siempre significan lo contrario de lo que dicen. Las buenas personas no están tan seguras de sí mismas como para afirmarlo en voz alta. Mi corazón empezó a desbocarse en plan delator cuando a continuación dijo no soy una persona violenta.
Miré alrededor buscando la puerta de salida. Él no se dio cuenta de mi nerviosismo, o pensó que sus palabras me estaban excitando y que por eso mi respiración iba tan acelerada. Se acercó a la silla donde me había sentado a beber una coca-cola. Se quedó frente a mí de pie, tan cerca que seguramente oía mi corazón. Una gota de sudor cayó de mi codo a su zapato. En ese momento la nevera se puso a hacer un ruido espantoso. Sólo veía su bragueta y sus zapatos cuando agaché la cabeza para que me acariciara la nuca. Todo iba muy deprisa.
Era día 13. Después de comer me había tragado casi sin masticar media rosquilla de San Antonio. Bendecida, dijo la clienta que me la regaló, para que encuentres novio este año. Es una vieja gorda y simpática a quien el aparato de la tensión apenas le entra en el brazo. Esa misma tarde vino el representante de Lisartis a la hora de cerrar. No suelo comprarle nada pero es de los pocos a los que soporto porque no insiste, como si le diera lo mismo vender que no vender.
Acepté su invitación para cenar. Me pareció más guapo que otras veces. La rosquilla aún me bailaba en el estómago y de alguna forma podría ser que estuviera empezando a surtir efecto. La conversación era fluida, como de viejos amigos, y me sentí a gusto cuando en el coche me acarició el brazo.
Aún era de día cuando llegamos a su casa, un décimo piso en el Rabal. Lo primero que hizo fue llevarme a la ventana de la cocina y señalar al frente. En el horizonte se veía el Moncayo a la luz del crepúsculo y me pareció un espejismo maravilloso, allí en medio de la ciudad ardiente. No me iba a costar nada enamorarme.
La nevera se paró en seco justo en el momento en que le bajé la cremallera del pantalón. No me atreví a levantar la vista hasta su cara. Agradecí que de repente se hubiera hecho de noche. Hice lo que tenía que hacer con una facilidad asombrosa. Cuando estaba a punto de correrse dijo mi nombre con voz cavernosa y atribulada, como si él fuera Dios y yo Abraham matando a mi hijo. Luego me terminé la coca-cola y le ofrecí mi ayuda para preparar la cena. Con la rasera en la mano le dije que yo también me consideraba buena persona.
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3.500 – Al amanecer
3.499 – Me declaro…
3.498 – La analfabeta
Nunca había ido a la escuela y, ahora, a sus cincuenta y nueve años, estaba comenzando a aprender a leer y escribir en las clases nocturnas para analfabetos. Y estaba fascinada.
Escribía muy despacio, pasándose la lengua por los labios mientras trazaba los palotes de las mayúsculas de su nombre: MARÍA; lo leía luego, y decía:
—¡Ésta soy yo!
Y se ponía muy contenta, lo mismo que cuando escribía las palabras de las cosas que tenía a su alrededor: MESA, GATO, VASO, AGUA. Y ya no sabía qué otra palabra escribir, pero de repente se le ocurrió poner: ESPEJO. Leía la palabra una y otra vez, se la quedaba mirando y mirando, pero con un gesto de extrañeza porque no se veía ella en aquel espejo. ¿Y por qué no se veía ella en aquel espejo escrito, si se veía bien claramente, cuando estaba escribiendo? Y se contestaba a sí misma, diciendo que eso sería porque todavía no sabía escribir bien, porque, en cuanto supiera hacerlo, tendría todo lo que quisiera con sólo escribírselo. Porque si no, ¿para qué valdría leer y escribir?, preguntó.
Pero allí todos callaron en la clase, y nadie le contestó. Como si hubiese dicho o hecho algo raro, o qué sé yo, con un espejo.
José Jiménez Lozano
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011
3.497 – Lenguaje
Estamos los dos sentados en un pequeño plató de televisión, dos cámaras nos enfocan. El entrevistador me hace preguntas para un programa cultural al que he sido invitada como escritora. Él no escucha mis respuestas, no parecen interesarle lo más mínimo; sólo espera a que yo termine de hablar para dispararme la siguiente pregunta, que lee nervioso de unos folios que mantiene sobre sus rodillas.
Así que, harta de este estado de cosas, en un momento de la conversación yo también desconecto, y cuando vuelve a preguntarme, contesto algo que no viene a cuento. Pronto mantenemos entre ambos una conversación totalmente absurda.
Extrañamente, es en ese preciso instante cuando el entrevistador y yo nos sentimos más próximos, tanto que incluso podemos llegar a vernos, arropados los dos en nuestros mutuos lenguajes sin sentido.
Julia Otxoa
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011
3.496 – La crisis
Sólo ponían la televisión lo que duraba el noticiario para no gastar corriente; pero las noticias las tenían que saber porque él estaba en el paro ya hacía cuatro años y sin cobrar nada por ninguna parte. Y se le iba a echar encima la jubilación y luego la vejez, y ¿cómo se iban a arreglar los dos?
Su mujer estaba en la cama casi tullida por los reúmas que casi tenía desde joven, de cuando había sido lavandera, o que los había cogido con los relentes a lo mejor y, cuando él la estaba haciendo compañía en silencio o hablando de cosas, de repente la mujer decía:
—Ya van a ser las nueve. Pon la televisión a ver el tiempo que va a hacer y si ya ha pasado la crisis, y vamos a tener trabajo.
Y la mayor parte de los días la tele no decía nada de la crisis sobre si había pasado o no; y otros días casi siempre sólo decía que el Gobierno y el rey y esas gentes estaban muy preocupadas con el paro.
-¡A ver! —decía ella—. ¿Lo ves como no sólo somos nosotros?
Y así se consolaban un poco. Cenaban cualquier cosilla, un poco más contentos, y ya decía él:
—A ver mañana o pasado mañana.
Menos mal si él no caía enfermo mientras estuviera aquí la crisis todavía.
José Jiménez Lozano
Más por menos. Antología de microrelatos hispánicos actuales. Sial ediciones-2011
3.494 – Alud
Sé que no te has dormido porque oigo el ruido que haces al pensar, que es más pedregoso que el de los sueños, como de ladera desmoronándose. Y si encendiera la luz, no me cabe duda de que estarían todos tus pensamientos desparramados por la cama. Pero no me atrevo a verlos. Cuando al fin, empujo sin convicción un «qué piensas» cauteloso por lo oscuro del espacio, contestas. Y ese «nada» tuyo suena como un disparo en el cuarto. Es como una guillotina que corta la cama en dos. Y yo me quedo a vivir, ya para siempre, en la parte más helada.
Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014
3.493 – «Sí.»
3.492 – Después…
3.491 – Con la mayor naturalidad
Ignoraba quiénes eran sus padres y el lugar de su nacimiento. Tampoco tenía domicilio fijo.
Durante largas temporadas fue un perro vagabundo, sin amigos y maltratado por los hombres.
Con el discurrir de los años, la evolución de las costumbres y su inteligente aplicación en el trabajo, le proporcionaron la posibilidad de conseguir un puesto sobresaliente en la administración.
Era consultado con frecuencia para resolver cuestiones difíciles de alto interés en la vida civil.
Sus palabras se escuchaban con atención y se tenían muy en cuenta sus consejos y opiniones.
Comenzó a ser bien recibido en sociedad y alternaba con las mejores familias.
Su posición mejoraba a buen ritmo y, un día vio como, con la mayor naturalidad, las personas en torno suyo, en lugar de pronunciar palabras, empezaban a emitir ladridos.




