Grigori Aleksandrov, grumete de a bordo, hace sonar la bocina del acorazado Potemkin cuando está a punto de llegar al otro lado del plato. El buque casi choca contra un fideo, pero una cucharada baja el nivel de la sopa y el navío sortea el obstáculo. En la orilla asoman el cimborrio de una catedral gótica, las escaleras de Odesa y el ático de un rascacielos soviético. En el piso cincuenta y cuatro, Sergéi Mijáilovich Eisenstein, pensativo, saca el barco de papel del plato y continúa escribiendo el guión de la película.
Categoría: General
1.045 – El hombre elefante
Me corté una oreja y salí de casa. En el ascensor coincidí con mi vecino y me preguntó qué había ocurrido. Le dije que fue un accidente, esquiando. El tipo del quiosco también se fijó. A él le expliqué lo del atraco a punta de navaja. Luego, en la cafetería, el camarero insistió. Se me cayó, respondí sin más. Al llegar a la oficina confesé que sufría un tumor maligno. Funcionó. Hasta ella dijo que lo sentía y me besó en la mejilla. Tenía una voz bonita, olía bien y era más guapa aún de cerca. Unos días después todo volvió a ser como antes. Ayer me corté la otra.
Agustín Martínez Valderrama
http://acusmartvald.blogspot.com/2011/04/el-hombre-elefante.html
1.044 – Sin falta
Mi primera novia, a los quince, fue Rosa, una jovencita frágil y delicada. Una pena que nuestro amor efímero se marchitara en un solo verano. Después, en la facultad, estuve con Remedios, estudiante de farmacia, con quien todo fue de maravilla hasta que descubrí su enfermiza hipocondría. Más tarde conocí a Bárbara, una erasmus de rasgos exóticos, con la que muy a mi pesar no congeniamos; parecía que habláramos idiomas distintos y pese a estar juntos todo un curso, jamás nos entendimos del todo. Tras el verano vino Inmaculada, con la que lo pasé muy bien hasta que empecé a frecuentar más de la cuenta su piso de soltera, aséptico hasta la náusea. Luego apareció en mi vida Nieves, la chica del pueblecito de montaña, de muy fácil convivencia, pero muy fría en la cama. Eso nos distanció. Con Ángeles, mi siguiente relación, fue peor porque jamás tuvimos sexo. Pilar fue mi apoyo tras la ruptura, pero se cansó de soportar siempre sola el peso de la pareja y acabó marchándose. Luego conocí a Clara, preciosa y transparente, pero decía las verdades a bocajarro, y su modo de hablar sin rodeos me ofendía con frecuencia. Con Paz, mi última novia, no hubo ningún problema, ninguna discusión. Seguramente por eso lo dejamos. Hace cuatro o cinco semanas conocí a Concepción. Nos casamos el mes que viene. Sin falta.
Victor
http://realidadesparalelos.blogspot.com/2011/07/sin-falta.html
1.043 – El estreno
En la puerta había una gorra negra. Mi tío me había dado unas perras y ninguna seña más. Para que te estrenes, me había dicho, pero de esto, a tu padre, ni media palabra. Pasé la tarde dando vueltas a la plaza porticada, buscando aquella enigmática gorra en los pomos de las puertas, asomándome en las porterías por si la encontraba colgada en su interior. El barquillero saludaba con la mano y una mulataza que se arreglaba los pies sentada en un portal sonreía cada vez que pasaba. ¿Vienes de parte de Eduarro?, preguntó, al fin. Al tío le decían así porque no sabía pronunciar la de.
David Vivancos Allepuz
1.042 – Los cuentos 6
En la noche de bodas el príncipe descubrió que ella no era virgen. La princesa no se creyó obligada a dar ningún tipo de explicaciones. Al fin y al cabo, ¿a quién le importaba lo que hubiera ocurrido hacía ciento dos años?
Espido Freire
Cuentos malvados. Ed. Páginas de espuma, 2010
1.041 – O/quedad
El problema no está en tropezar dos veces -o cinco, si es de gusto- con la misma piedra.
Lo necio es pretender domesticarla.
Alejandra Díaz-Ortiz
1.040 – Un recuerdo
Me pediste un recuerdo, y no sabía que traerte. Pensé en traer la sombra de la encina que nos cobijaba para el verano en la plaza, pensé que sería bonito llevarte un pedazo del tejado de la iglesia, o en el charco de la fuente de la alameda. Hasta quería haber cogido el sonido de las manzanas cuando caían maduras por el prado. O la mirada perdida del gato de doña Enriqueta, que siempre te ronroneaba cuando pasabas, ¿te acuerdas?. ¡Pensé en tantas cosas!. Que al final no sabía que hacer.
Por eso hice este poema, y espero que te guste, porque todo lo que me traía recuerdos de ti, lo he dejado encerrado en un baúl, y la llave la tiré al fondo del río, donde nos bañábamos cuando en verano, nos apretaba el calor.
Gabriel Merino
1.039 – Material plástico
Un señor toma un tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo. Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de la plaza. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diaro, hasta que un muchacho lo ve, lo lee, y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Apenas queda solo en el banco, el montón de hojas impresas se convierte otra vez en un diario, hasta que una anciana lo encuentra, lo lee, y lo deja convertido en un montón de hojas impresas. Luego lo lleva a su casa y en el camino lo usa para empaquetar medio kilo de acelgas, que es para lo que sirven los diarios después de estas excitantes metamorfosis.
Julio Cortazar
1.038 – Ingenuidad
Tespio tenía cincuenta hijos gemelos, tan parecidos entre sí que no había manera de identificarlos. El mayor, Clístenes, viajó a la gran ciudad de Tebas, ahí conoció a una joven llamada Filis, se enamoró perdidamente de ella y la pidió a sus padres en matrimonio. Los padres consintieron, no sin advertirle a Clístenes que Filis había sido educada en los rigores de la castidad y que nada sabía de las prácticas amorosas. «Deberá tenerle un poco de paciencia», añadió la madre, «pero con el tiempo aprenderá».
Para alardear de su potencia viril y, de paso, apresurar la educación de aquella inexperta, Clístenes ideó un plan: la noche de bodas satisfizo por siete veces consecutivas el débito conyugal y después abandonó la alcoba con el pretexto de ir a beber un vaso de agua. Entonces sus cuarenta y nueve hermanos fueron reemplazándolo, uno por vez, en las funciones de marido. Filis creyó que era siempre Clístenes el que entraba y salía, de modo que a todos los acogió con entusiasmo.
Al amanecer, Clístenes se dispuso a dormir. Filis rezongó malhumorada: «Vaya, te duermes. Si en la noche de bodas te muestras tan remolón, lindo porvenir el mío». Clístenes huyó a Macedonia, donde se hizo sacerdote de Vesta.
Marco Denevi
1.037 – Houston…
No consigo establecer contacto con Houston. Tengo un pequeño problema y no puedo decir aquello tan gracioso de “Houston, tenemos un problema” porque, para qué, no me oyen. Pero eso no es lo peor. Estoy encerrado en este cubículo de un par de metros que gira casi sin control dando vueltas al planeta a 36.000 km. de altura y no puedo decir «Houston, tengo un problema». Conecte con el canal que sea, solamente oigo una carcajada histérica. Además, se ríe de mí y me dice que a ver cómo salgo de esta lata a 36.000 km. de altura. Pero eso no me asusta. ¿Por qué tendría que asustarme una carcajada? Por nada. Creo que me preocupan más los golpes que dan a la puerta.