1.066 – Who’s afraid of Virginia Woolf

We could have a baby to keep us awake.The Long Winters, «Medicine cabinet pirate»

Lo más desconcertante del embarazo psicológico de mi mujer fue que, al cabo de nueve meses de vomitonas, náuseas, antojos múltiples y progresiva hinchazón de pechos y tripa, todo acabara bien.
Quiero decir que tuvo un parto psicológico perfecto, que dio a luz a un hermoso bebé psicológico que rondó los cuatro kilos y se parecía (psicológicamente hablando, claro está) a su abuelo materno.
Ayer fue su tercer cumpleaños. Estamos muy ilusionados porque el mes que viene empieza el colegio. Confiamos en que sus nuevos amiguitos aprendan a convivir con él como hemos hecho nosotros. Aunque no lo parezca (él nunca parece nada) es un crío muy sociable. Nos hace mucha compañía, la verdad. Tanto que ambos, mi mujer y yo, hemos dejado nuestros respectivos tratamientos.
En otras palabras, nuestro terapeuta tenía razón: los problemas objetivos suponen un potente ansiolítico natural contra la angustia metafísica. Vaya, que, como se suele decir, este niño vino al mundo con un pan (psicológico) bajo el brazo.
Igual este año vamos por la pareja.

Ismael Piñera Tarque
La voz de Asturias, El cuaderno. 24 de diciembre de 2011

1.065 – El baile

  Brillantes, cortantes, feroces descuartizadoras de telas, pelos y papeles.Tan útiles para podar hierba,uñas y trozos de pollo. Metálicas y amenazantes en manos de la peluquera. Serviciales y certeras en las de la modista. Tontas, entre folios de colores y el origami. Sin filo, como bípedos inútiles en la cocina. Óxido y olvido en un cajón del escritorio. Deformes, mutantes. Con ojos de buenas para cortar una flor y regalártela. Retorcidas, con sonrisa de zigzag, buscando acaso una lengua para perfilarla. Tétricas bailarinas de piernas de plata que inician su baile terrible. Tijeras llorando y gritando que eso no, que ellas nunca. Tijeras huyendo al costurero y cerrando la cremallera por dentro. Susurros y risas. Tijeras perfectas y rígidas, que salen deslumbrantes de su escondite. Golosas, doblegan a mi mano derecha y la obligan a seguirlas. Brutales, cuando hundo sus fauces, sin asco, en la manteca blanca de tu espalda.

Isabel Wagemann
http://talleresdeescrituracreativa.blogspot.com/2011/04/microlocas3-isabel-wagemann.html

1.064 – El suicidio *

  La causa de la muerte de Rogelio Pastrana fue el suicidio, mas no porque él hubiera resuelto, en plena cuarentena, poner fin a su existencia, sino porque vino a caerle encima un suicida. Nada extraño en aquel barrio de extramuros, donde cada cierto tiempo la desesperación, no pocas veces instilada en el veneno de la droga, empujaba un cuerpo al vacío. Rogelio había oído hablar de los suicidios de altura en los relatos de su madre, pero aquellas historias de perdedores no iban con él, que había logrado salir de allí, hacer carrera universitaria y vivir con holgura en un apartamento del centro aromado por jazmines.
En los días festivos Rogelio solía almorzar en casa de sus padres y, entrada la sobremesa, bajaba a comprar pasteles para la merienda. Aquel día, 1 de noviembre, era costumbre desde su infancia elegir coloridos huesos de santos.
Hacía calor, pese a la madurez del otoño, y una brisa racheada permitía barruntar levante antes de que acabara la jornada. Salió Rogelio a la calle y, al girar la esquina, se detuvo a contemplar el cartel de un comercio recién inaugurado. El suicida ya había dado el salto desde el noveno, dos pisos por encima de la casa natal de Rogelio.
Ningún testigo a aquella hora asomado en las ventanas o las terrazas, ni transeúnte alguno en la calle desierta. Nadie pudo ver al suicida frustrado ponerse en pie, incrédulo, y correr a ocultar su bochorno. La policía cubrió el cuerpo estrellado de Rogelio, se dio aviso al juez, que ordenó con hastío el levantamiento del cadáver, y el vecindario supo por sus padres que no podía haber sido desde su casa en el séptimo piso porque Rogelio había cerrado la puerta detrás de sus pasos para ir a comprar pasteles. Tal vez subió a la azotea. Quién lo diría. Cómo se guardaba su pena.
A Rogelio se le negó la tierra santa por suicida y dos meses más tarde, en mitad de un temporal de levante, vino a compartir su fosa profana el suicida vecino, que al fin había acertado de pleno.

Antonio Serrano Cueto

http://antonioserranocueto.blogspot.com/2011/10/un-microrrelato.html

*Para Norberto Luis Romero

1.061 – Rumbo a Río

 No quisieron creérselo cuando el oculista, con el tono de voz apropiado para estos casos, les comunicó que la Ciencia se veía impotente para impedir su ceguera total en fecha no muy lejana… Pero era verdad, una tremenda verdad, a la que tendrían que amoldarse ella, el marido y los hijos, todavía pequeños. La mujer lloró desconsoladamente, pero pasados unos días, más serena, aceptó el amable ofrecimiento de su marido de llevarla a cualquier lugar del mundo, antes de… Ella eligió Río de Janeiro (quizá por culpa de alguna película…). Debido a su modesta posición, adquirieron los pasajes de avión en módicos y cómodos plazos, de tal manera que al perder la mujer la visión totalmente, todavía quedaron pendientes tres letras de cambio de cuatrocientas treinta pesetas cada una. El marido las pagaba de mala gana y maldecía aquel tonto capricho:
«Por lo menos si hubiésemos ido a Lourdes, habría salido más barato y quién sabe…», pero nunca terminaba la frase.

Alonso Ibarrola.
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.060 – El otro

 Cuando me dijeron que no puedo ser Juan José Millás en Internet porque alguien se lo ha pedido antes que yo, mi primer impulso fue poner una denuncia. Luego, como el abogado me salía más caro de lo que valgo, decidí dejar las cosas como están. Ese loco que pretende ser yo no tiene ni idea, pues, de la vida que le espera. Si ha de pasar en la existencia digital por la mitad de lo que yo he pasado en la analógica, no tardará en salir corriendo de mi cuerpo. Entre tanto, me divierte asomarme cada día al ojo de cerradura de la Red y ver a qué se dedica mi reflejo cibernético. De momento, no se dedica a nada: está ahí el pobre, en medio de un escaparate desolado, esperando que alguien lo compre. Pero quién va a comprarlo. ¿Quién va a comprar un Juan José Millás binario, por favor? No tiene ni idea el individuo que se ha metido en mi pellejo lo que me cuesta venderme cada día. Y eso que en la versión analógica sé arreglar enchufes y reparar grifos y colgar cuadros y lavar y planchar y cambiarle al coche la batería y el aceite. El único que podría comprarme soy yo, y no porque no pueda vivir sin mí, sino por lástima. En las películas de esclavos, siempre me identificaba con el esclavo que no compraba nadie. No importa al precio que me pongas, muchacho, no lograrás venderme ni a mí mismo: mi lástima no llega a tanto. Y, cuando llega, es compensada por un golpe de ira, porque hoy por hoy me detesto más de lo que me deseo. Si tuviera que elegir entre darme veinte duros y darme un tiro, me pegaría un tiro, no lo dudes. Ignoro cuánto has pagado por ser yo, pero por poco que sea has hecho un mal negocio. Antes de lo que te imaginas, vendrás a pedirme de rodillas que me haga cargo de mí mismo, tiempo al tiempo. Pero no me intereso. Ni bañado en oro volvería a ser yo. Estoy hasta los huevos de la versión original, que dicen que es la buena, de modo que no quiero ni imaginar cómo serán las copias. Agradecería, pues, que te apropiaras también del familiar Juanjo Millás antes de que tenga un momento de debilidad y lo haga yo por pena. No olvides tomar Almax para el ardor de estómago, y Trankimazín para la angustia. Para la culpa no he encontrado nada todavía.

Juan José Millás

1.059 – Bésame Platón

  A mi mujer le hablan de Platón y se pone toda aristotélica. No sé por qué. En cuanto escucha una palabra sobre la reminiscencia, el mundo inteligible o la teoría de las formas, ella se ruboriza, se le nublan los ojos, deja escapar un gemido y se pone a imaginar espaldas anchas y nalgas musculosas. Yo intento, como es lógico, detenerla. Pero es inútil. Una furia empirista la posee por completo. Y lo único que le interesa es el paso de la potencia al acto.
Aunque pensar nunca sea intrascendente, me desconcierta semejante énfasis en la física, cuando lo que verdaderamente importa es la metafisica. Todas las noches es lo mismo. No falla. Yo digo, por ejemplo, «caverna». O «sol». O «riendas». Y ella, enseguida, loca. Desparramada en la cama. Enunciando ansiosamente postulados y aporías.
Yo, a mi edad, soy poco impresionable. Cosas peores he visto. Tampoco niego que el comportamiento de mi mujer tenga ciertas ventajas. Antes, en palabras un poco más modernas, a los dos nos costaba estar yectos. Desde que descubrí lo de Platón, mano de santo. Lo que pasa es que sus caballos se le desbocan a todas horas, en cualquier parte, esté como esté mi carruaje. Sospecho que mi mujer confunde el banquete con el apetito.
Mis amigos se ríen de nuestro problema, incluso nos felicitan. Yo, por método, dudo un poco de todo esto. Siempre he sido algo kantiano, y todavía pienso que hay cosas que no deberían hacerse.

Andrés Neuman
Hacerse el muerto. Editorial Páginas de Espuma, 2011

1.058 – Mendel, de la calle Market

 Mendel, el pintor que vivía en la calle Market, había convencido a un amigo labriego, viejo y achacoso como él, para que le cortara la oreja izquierda. Mendel era sordo de ese oído desde los ocho años, secuela de unas fiebres mal curadas; así que pensó que no tenía nada que perder. Después de la «hazaña» su fama de autor maldito recorrería todo el país y sus cuadros, por fin, serían apreciados en su justa medida. ¿Qué tenía Van Gogh que no tuviera él? «Guardaré la oreja en la nevera e invitaré a grandes personalidades de la cultura a que vengan a admirarla», le dijo a Moshe, que era el nombre del labriego. Éste se encogió de hombros, alzó la hoz y cortó la oreja de un tajo limpio. Aunque la amputación resultó un éxito, el tiempo se encargó de arruinar las previsiones del pintor. Los galeristas seguían rechazando sus obras; su mujer, harta de sus extravagancias, lo abandonó; y sus hijos Yoshua y Lea, avergonzados, optaron por negarle el saludo. Era increpado por unos y otros; los niños le perseguían por la calle y entre burlas coreaban: «Mendel el loco, Mendel el loco»; el rabino alzó las manos e invocó al Todopoderoso pidiendo perdón por su «alma extraviada»; los acreedores le reclamaban a voces el pago de sus deudas. Por si fuera poco, un funcionario del juzgado le había amenazado con el desahucio. La palabra «idiota» estaba en boca de todos. Ante estos reproches, Mendel, con aire de no entender nada, se mesaba su larga y canosa barba y sonreía más feliz que nunca : Moshe, pobre ignorante, le había sajado la oreja equivocada.

Francisco Rodrigez Criado
Relatos relámpago.Editora regional de Extremadura. Mérida, 2007

1.057 – Éxito mortal

 Lo decidí cuando se convirtió en un best seller. Maldita la hora. Fue un impulso y luego un deseo incontenible. ¿Qué pasa?
¿Acaso ustedes nunca han sentido la necesidad de comprobar cómo funciona la perfección? ¿Jamás han tenido la imperiosa tentación de abrir un reloj, un motor, un cuerpo humano? Escribí la historia de un crimen perfecto y quería comprobar que no lo era solo sobre el papel.
Toda la vida había tenido ganas de matar, esa es la verdad, pero jamás me habría atrevido de no ser por el éxito brutal de mi novela, que demostraba hasta qué punto estaba bien tramada. Seguí mi plan hasta el final, paso a paso, sin olvidar detalle, sin cometer errores, capítulo por capítulo. Pero mi personaje, el asesino, no era un novelista de éxito que cometía el crimen que narraba en su libro. Era un hombre de negocios, gris y avaricioso. Y eso sí que se me escapó, no supe verlo a tiempo, me equivoqué de personaje, fue lo único que substituí.

TITULAR: «Un escritor, acusado de un crimen calcado al que relata en un libro».

 

Flavia Company
Transtornos literarios, La vida en prosa.Textos de ficción basados en un titular publicado en la prensa escrita. Ed. Páginas de espuma. 2011