1.127 – Efeméride

 Hoy celebró el vigésimo aniversario de su incorporación a la empresa. Le corresponden, por ello, dos pagas extraordinarias y una insignia de plata que le entregarán los jefes, en cuanto dispongan de un hueco en su agenda para invitarle a una comida informal.
Ciñéndose a la tradición establecida, al final de la jornada invitó a sus compañeros de la oficina con pasteles y el mejor cava que logró encontrar en el supermercado del barrio.
Aunque el brindis se prolongó más de lo habitual, no se distrajo de su rutina diaria y antes de marcharse, como cada tarde, añadió una nueva razón a la carta de dimisión que, con incuria poética, escribe desde hace diecinueve años y trescientos sesenta y cuatro días.

Pedro Sánchez Negreira

1.126 – El escapista

Manuel Moyano (1) Un mago no debería revelar sus trucos, pero te diré que no es tan difícil hacer surgir panes de un cesto si éste dispone de doble fondo, y que unos simples tablones, convenientemente situados bajo el agua, bastan para hacer creer a cualquier iluso que es posible caminar sobre la superficie de un lago. En cuanto a aquel hombre cuyos ojos sané, jamás en su miserable vida había estado ciego: se llamaba Hulellah y obtuvo una buena recompensa a cambio de hacer su papel… Ahora, escúchame bien: los soldados no van a clavarme al madero; en realidad, me amarrarán las muñecas con tendones de cerdo y untarán mis brazos con la sangre de algún animal: les he pagado veinte denarios a cada uno por participar en el engaño. Previamente, tú deberás haber depositado agua y víveres en el interior del sepulcro. Luego, una vez que me hayan dejado allí, harás rodar la piedra que cubre la entrada para que pueda escapar. Procura que nadie te vea. Y recuerda esto, José de Arimatea: deberás hacerlo antes del tercer día.

Manuel Moyano

1.124 – Argentina, invierno de 1976

 El teléfono sonó: corté enseguida. Como pude, me arrastré hasta el sótano. Sentado como un feto, me acalambré durante horas. Primero fue el silencio de tierra, raíces y gusanos. Después, lejanos, la frenada, los portazos, los gritos, los vidrios rotos. Y una ráfaga de tiros. Y nada más.
Cuando levanté la tapa de madera, no supe a quién agradecer el seguir vivo: por esos tiempos, por estos lados, Dios no existía.

Gabriela Urrutibehety
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1.123 – Martirio y muerte

 Un silencio expectante se apoderó del circo romano. Miles de gargantas enmudecieron. Se abrió la compuerta y se oyó un gran rugido proveniente del interior de la galería. Unos soldados introducían sus lanzas a través de unas aberturas verificadas en la parte superior… Evidentemente, la fiera no quería salir al exterior. Fuera, en el círculo central, un grupo de cristianos, acurrucados, temblorosos, se apiñaban en torno a un anciano de barbas venerables y rezaban. Finalmente, el león surgió del fondo del túnel, siendo recibido con una clamorosa ovación. Ante aquel griterío se detuvo. Después, su mirada se posó ante el grupo de cristianos, que permanecía quieto e inmóvil. De un enérgico zarpazo arrojó por tierra a una mujer de unos cincuenta años, que profirió un terrible grito. Luego, el silencio… El resto de los cristianos proseguían sus oraciones, y el león inició su festín, acompañándose de un molesto crujir de dientes. «¿Podía hacerse algo para impedir que esto ocurriera?», se preguntó Nemorino, rodillas en tierra. Levantó los ojos al cielo y observó que seguía siendo azul, como cuando era niño. El león continuaba su orgía. De la inicial docena de cristianos mártires, sólo quedaban dos: el anciano, que, tembloroso y angustiado, se había postrado de rodillas en el suelo (quizá para facilitarle mejor las cosas a su verdugo, el león), y él, Nemorino. Observó con terror y detenimiento al león, pero, desesperanzado, comprobó que jamás lo había visto antes. Ni, por supuesto, curado diente alguno… Aquel león no le debía nada. De otro terrible zarpazo en la espalda, el león echó por tierra al anciano. Un carrillo y un ojo desaparecieron en el acto en su zarpa, que se relamió con gusto. Con la otra pata mantenía inmóvil a la víctima, que gemía. Después hundió sus dientes en un costado. Todos los intestinos quedaron al descubierto… Nemorino vomitó. Quiso levantarse, pero sus rodillas no le respondieron al primer intento. El león engullía con rapidez uno de los muslos, flácidos y blanquísimos, del anciano. Nemorino recordó a su madre, que de pequeño le decía: «Con este signo vencerás». Un grito terrible se oyó en el circo: «¡Madre, repítemelo de nuevo! ¡Es necesario! ¿Comprendes? ¡Es necesario!». Un profundo silencio se hizo en el circo. Nemorino fue asaltado por un profundo terror. El león se dirigía a él, último superviviente del grupo. Nemorino perdió el control de sí mismo y echó a correr camino de la presidencia.
Un primer zarpazo de la fiera le desgarró la espalda, y la sangre salió a borbotones… «¡César, reniego, César! ¿Me oyes? ¡César, reniego! ¡Sálvame! ¡Quiero vivir!…». No dijo más. El león clavó sus dientes en su hombro derecho y un alarido se oyó en toda Roma. César, con un movimiento de su cabeza, dio a entender a sus súbditos que ya era tarde y que nada podía hacerse. Y arriba, muy arriba del anfiteatro, en medio de la muchedumbre, un ciudadano anónimo confiaba a otro, en voz queda: «Lástima, un poco más que hubiese resistido y hubiera salvado su alma… «.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.120 – Piedad

 En ocasiones se apela a la piedad de los dioses para que llueva. Cuando sus mieses están agostándose por la solana, los zulúes buscan un “pájaro celestial”, lo matan y lo arrojan a una charca. Después el cielo se apiada con terneza por la muerte del pájaro y “llora por él, lloviendo y llorando una plegaria funeral.”

James George Frazer
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http://es.wikipedia.org/wiki/James_George_Frazer

1.117 – Flechazo

 Fue un flechazo. Yo estaba distraída, pensando lánguidamente en algo superfluo, cuando su mano comenzó a recorrer mi espalda. Me estremecí. Nadie me había acariciado antes con tanta destreza. Luego me alzó con sus fornidos brazos para olfatearme delicadamente. Reconozco que su osadía me volvió loca.
Poco faltó para que copulásemos en público. Por fortuna, logramos contenernos hasta llegar a su casa. No hubo preámbulos. Nada más entrar, me condujo al lecho y empezó a devorarme. Fueron tres horas que jamás olvidaré. Una comunión insólita que trascendía lo meramente físico. Pero la dicha fue breve.
Tras la cópula febril, me llevó a la biblioteca y, sin apenas despedirse, me puso en uno de los anaqueles, donde llevo meses esperándole, quizá años.
No me resigno: sé que volverá conmigo. Aunque deploro que Lolita y Madame Bovary (esas dos casquivanas con quienes comparto anaquel), me miren siempre con tanta sorna.

Javier Puche
http://puerta-falsa.blogspot.com/2009/12/mas-cuentos-para-sonreir.html