En la cocina, como en el amor, la ortodoxia no sirve para nada.
Un buen cocinero, igual que un buen amante, intuye el momento preciso en que se deben ligar los ingredientes.
Cocinero que no sepa cuánto y cuándo se debe agregar el pimentón al pulpo á feira servido con cachelos cocidos al punto, o que se muestre avaro con el chorro de aceite de oliva y una generosa porción de sal en grano, es seguro que consiga un plato muy amargo.
Lo mismo que se obtendría de un mal amante.
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1.546 – Cena fría
La noche anterior han discutido por tonterías, como tienen por costumbre, levantando más la voz y diciendo esas cosas que se dicen sin pensar, cuando la rutina conyugal no da motivos suficientes para perder los estribos, y es preciso recurrir a antiguas ofensas y sospechas sin fundamento. Por eso, temerosa de haberlo calumniado por culpa de un vulgar ataque de celos, la mujer prepara hoy a su marido una fiesta sorpresa, para decirle que lo quiere mucho y para que sepa que -aparte de ella- también lo quiere mucho un montón de gente. Con esta finalidad ha llamado a sus amigos, ha reunido a buena parte de la familia, ha elegido la jornada en que su guardia nocturna como enfermera en el hospital (que hoy ha podido cambiar con una compañera) obliga al hombre a hacerse la cena cuando llega a casa después del trabajo. Lo ha dispuesto todo para que, cuando él abra la puerta del piso y prenda la luz del recibidor, le caiga encima una lluvia de confeti, una salva improvisada de aplausos, el alboroto de unas voces coreando su nombre con entusiasmo. Todo ello, seguido de un silencio sepulcral de todos los presentes, que le permita explicar entonces –sin prisa y con argumentos satisfactorios- quién demonios es la señorita que lo acompaña.
Pedro Herrero
http://www.humormio.blogspot.com.es/2012/09/cena-fria.html
1.545 – Mi hija
Yo tengo una hija de más o menos veinte meses que cuando vamos a la playa se dedica a tirar arena sobre la gente. Y me parece muy divertido. Por el contrario, cuando otros niños me tiran arena a mi, no me hace ninguna gracia. Esto es una prueba contundente de que mi hija, cuando tira arena, tiene mucha más gracia que las demás.
Jaume Perich
Autopista. Ediciones Estela. Barcelona. 1970
1.544 – El último adiós
Frente al cementerio municipal de la Ciudad de Guatemala hay un bar pequeño y luminoso, llamado El Ultimo Adiós. En él se reúnen los deudos de los fallecidos a tomar un trago tras el sepelio.
Y celebran las virtudes que el difunto nunca tuvo, recordando con emoción anécdotas y viajes compartidos, extraordinarias hazañas que jamás sucedieron. De cuando en cuando, apoyados en el mostrador, rezan todos juntos un responso por su alma.
A menudo coinciden en El último Adiós diferentes cortejos. Los allegados de uno y otro muerto compiten en tales ocasiones en llanto y afectación como barras de hinchas vociferantes, buscando con sus oraciones acallar las del sepelio contrario.
Allí son frecuentes las peleas a botellazos, los romances de una noche, las lágrimas y el luto, pero también los cánticos, el amor, los besos.
Los solteros más competentes de la ciudad, avisados, frecuentan El Ultimo Adiós. Saben que en él las viudas bajan la guardia como boxeadores a punto de ser noqueados, porque el dolor relaja las costumbres y la mejor manera de olvidar la muerte se esconde a menudo bajo las faldas de la vida.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
1.543 – Todos somos tú
En el año 2001*, resultó sorprendente el partido de fútbol entre los equipos de Treviso y Génova.
Un jugador del Treviso, Akeem Omolade, africano de Nigeria, recibía frecuentes silbidos y rugidos burlones y cantitos racistas en los estadios italianos.
Pero en el día de hoy, hubo silencio. Los otros diez jugadores del Treviso jugaron el partido con las caras pintadas de negro.
Eduardo Galeano
Los hijos de los días – Siglo XXI – 2012
* 21 de junio de 2001
1.542 – Este libro no existe
Un hombre sueña que escribe un libro. Cosa curiosa, el sueño le alcanza para sentarse y escribir de un tirón una corta novela de un centenar de páginas, a la que titula Este libro no existe. El hombre se despierta tras acabar la escritura, aún reconoce el hormigueo del bolígrafo en la yema de los dedos, se lava los dientes y la cara, se viste para dirigirse a su trabajo y en la librería Cervantes, que visita a menudo porque le queda de paso, entre las novedades que se exponen sobre una mesa cuadrada encuentra un libro que en la tapa no sólo lleva su nombre y apellido sino el mismo título de aquel que escribió mientras soñaba. El hombre compra el libro y lo lleva al trabajo. Pocas horas más tarde, ya en su casa, cena a toda prisa con el fin de leerlo metido en la cama, pero pronto descubre que este libro nada tiene que ver con el del sueño. Más aún, el libro que ha comprado no le gusta, le resulta un melodrama intragable. Claro que lleva su apellido en la tapa y -sólo ahora lo advierte- una foto suya en la solapa, de manera que se siente responsable de su existencia en el mundo y se obliga a completar su lectura. Es muy tarde cuando apaga la luz y se queda dormido. llega el día siguiente y ningún rastro hay del libro sobre la mesa de noche, ni tampoco en la librería. «Jamás he oído mencionar esa novela»,se disculpa un vendedor. En ese mismo instante el hombre se despierta, busca en vano el libro por todas partes, se levanta, se lava los dientes y la cara, hace un corto llamado («lo siento… un dolor de cabeza… hoy no podré…»), se viste, prepara café y por fin se sienta a la mesa ovalada de la cocina, para ponerse a escribir una novela acerca de cierto hombre que escribe una novela que resulta, a la postre, opuesta a aquella que planeaba.
Eduardo Berti
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Ed. Menoscuarto. 2005
1.541 – Creación y muerte de la nube
Dicen las escrituras Tantras: «En el principio fue la nube. De su transparencia nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro, siendo aquél padre de las cosas espirituales y éste de las terrenales». La leyenda tántrica establece, partiendo de esta génesis, dos sistemas evolutivos que llegan a crear no sólo especies y subespecies, sino fenómenos de difícil explicación en lo existente. Advierte esta misma leyenda que en el último día, ángeles y pájaros volverán a ser parte de la infinita humedad de la nube.
Para Píndaro, las nubes eran solamente alimento de los dioses, y a su piedad están confiadas.
En los mandamientos vedas hay una norma que llama la atención por su rareza, que radica en la imposibilidad de transgredirla: «No matarás a las nubes». Parece que este mandamiento nace de la creencia del profeta Kervac en la evolución de las armas, y en la seguridad de que algún día una ballesta llegaría a alcanzar el cielo. Confirma esta creencia la redacción de la norma 26, que establece: «Las leyes Y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible».
Rafael Pérez Estrada
1.540 – El abuelo y el nieto
Había una vez un pobre muy viejo que no veía apenas, tenía el oído muy torpe y le temblaban las rodillas. Cuando estaba a la mesa, apenas podía sostener su cuchara, dejaba caer la copa en el mantel, y aun algunas veces escapar la baba. La mujer de su hijo y su mismo hijo estaban muy disgustados con él, hasta que, por último, lo dejaron en un rincón de un cuarto, donde le llevaban su escasa comida en un plato viejo de barro. El anciano lloraba con frecuencia y miraba con tristeza hacia la mesa. Un día se cayó al suelo, y se le rompió la escudilla que apenas podía sostener en sus temblorosas manos. Su nuera lo llenó de improperios a los que no se atrevió a responder, y bajó la cabeza suspirando. Le compraron por un cuarto una tarterilla de madera, en la que se le dio de comer de allí en adelante.
Algunos días después, su hijo y su nuera vieron a su niño, que tenía algunos años, muy ocupado en reunir algunos pedazos de madera que había en el suelo.
-¿Qué haces? -preguntó su padre.
-Una tartera -contestó, para dar de comer a papá y a mamá cuando sean viejos.
El marido y la mujer se miraron por un momento sin decirse una palabra. Después se echaron a llorar, volvieron a poner al abuelo a la mesa; y comió siempre con ellos, siendo tratado con la mayor amabilidad.
Hermanos Grimm
1.539 – Cómo se pescan calamares
El calamar tiene ocho brazos que puede replegar sobre su cabeza: de tal modo se esconde de cualquier enemigo. Para protegerse mejor, también suelta un líquido muy negro, la famosa tinta que le sirve para ocultarse al menor peligro.
Cuando los pescadores ven que el agua se pone negra echan la red y así pescan fácilmente a los calamares.
Anónimo chino
1.538 – Un cuento corto pero pesimista
Fernando Colomín descubrió hace veinte años, el secreto de la Inmortalidad. Desgraciadamente se trataba de un procedimiento muy costoso y Fernando Colomín murió antes de haber encontrado a nadie que quisiera costear su invento. Dicen que murió bastante desengañado.