Oto de Aquisgrán

JULIA OTXOACuentan que el emperador Oto de Aquisgrán era tan sumamente perfeccionista, que acometiéndole una vez un ataque agudo de melancolía profundísima, y decidiendo en medio de tristes delirios acabar con su vida, tuvo tan extremado cuidado en dejar bien acabados y atados los asuntos de la Corte, que antes de suicidarse, pasó años y años despachando con sus consejeros, firmando tratados, y recibiendo en mil audiencias. Hasta el punto de que al fin todo en orden, el pobre emperador Oto, ya muy anciano y enfermo desde su lecho de muerte, no recordaba realmente el extraño motivo que le había tenido toda su vida sumido en aquel delirante y frenético ritmo de trabajo, no conocido jamás en ninguna corte imperial.

Julia Otxoa

El chal al viento

diegogolombek2La dama aún conservaba cierta belleza y, sobre todo, los movimientos y la presencia que hacían que todos se volvieran para mirarla. Sus ojos hacían que su cuerpo no tuviera límites; allí donde sus manos o sus pasos no alcanzaban, llegaba su mirada penetrante.
Mientras paseaba por la orilla del mar, decidió poner a prueba su seducción que esperaba mantener intacta a pesar de los años. Eligió a un joven mecánico que lustraba con vanidad un Bugatti reluciente.
-¿Me lleva a pasear? -preguntó, coqueta. El muchacho sonrió y le ofreció su brazo para subir al coche.
-Usted me recuerda a uno de mis hijos -dijo la dama mientras se instalaba en el asiento del acompañante.
-Pero usted no es tan vieja, señora -intentó una gentileza el mecánico.
-Isadora. Me llamo Isadora -contestó la dama con una sonrisa, mientras se acomodaba el largo chal rojo para que lo llevara el viento.

Diego Golombek

Coitus interruptus

DelfinBeccarEstelita yace en la cama, su piel dorada bajo el sol de La Habana se realza en el contraste que genera con la pureza blanca del hilo egipcio de las sábanas. La ninfa inconstante no oculta su cuerpo bajo ninguna prenda, está allí, entregada, esperando sin ningún temor a que su piel sienta por primera vez el roce de un cuerpo masculino.
El hombre casado que dice escribir críticas de cine para el periódico Carteles la observa despacio y absorbe cada centímetro del cuerpo de esa mujer-niña que está recostada en su cama. No tiene prisa, a pesar de tener los nervios a flor de piel. Se acerca hasta su presa que hace apenas unos días conoció por casualidad en el malecón. Extiende su brazo hacia ese pubis sin bello que lo extasía…
Pero el tren se sacude y un hombre me golpea, el libro se suelta de mis manos temblorosas abierto en la página crucial en donde está por desatarse un nuevo capítulo en la historia de estos personajes. Otro hombre pasa apurado y con sus botas mojadas pisa el papel de la página 72. La hoja se desprende y parte pegada bajo el pie de aquel inoportuno.
Recojo el libro con la esperanza de que la hoja robada no sea esa… “los cuerpos extenuados descansan en la penumbra, aquel encuentro único y mágico ha cambiado el desenlace de más de una vida, Stella con los ojos cerrados sonríe tranquila, el crítico juega con las volutas de su cigarro hundido en el sopor de aquella tarde en la Habana”.

Delfín Beccar Varela

Lástima, bandoneón.

pedro-orgambideQue nadie me llore, no lo merezco. Yo ya hice lo mío. Si estoy aquí, en el hospital Tornú, hecho una piltrafa, es que soy hombre de la noche, ¿qué va a hacer? Músico, señor. O al menos, así dicen. No me quejo. Lo que viví, viví… ¿quién me quita lo bailado? Yo fui uno de los treinta bandoneones de la Gran Orquesta Típica del maestro Francisco Canaro y anduve por todas partes, señor, por los bailongos más distinguidos. ¿Qué me dice? No es por darme corte, pero frecuenté milongas y salones de clubes con veladas danzantes y los cines de moda de los años treinta. Conocí gente, señor. Y anduve de gira por todos lados. Conocí el mundo. No me quejo. Si estoy así, forfai, es por mi culpa: le di al trago y al faso y a las minas. A la única que extraño es a la Pirucha, créame. Buena mujer, una santa. Y linda como una flor, una mariposa, una serpentina de carnaval. Era un cascabel, siempre riéndose. Pero se agarró un frío v no se cuidó y se murió de una pulmonía doble. Antes de piantarse para el otro mundo, me dijo: «Ñato, cuando me vaya quiero que toques un tango en el bandoneón. Te voy a oír desde el cielo». Pobrecita, no le cumplí. ¿Y sabe por qué? Porque de los treinta bandoneones de la Gran Orquesta Típica, sólo diez tocaban de verdad. Los demás eran de grupo.
Nosotros hacíamos la pantomima, revoleábamos los ojos o los entrecerrábamos como si tocáramos con sentimiento. Pero era mentira, señor, espejismo para engañar a los giles. Y Dios me castigó, digo, porque yo no pude tocar ese tango para la Pirucha y a mí se me pincharon los fueyes, que rezongan como ese pobre instrumento sin música. Lástima, bandoneón.
Pedro Orgambide

La verdad acerca de Julieta

sandro centurion2Romeo yacía muerto en la tenebrosa cripta, asesinado por su propia mano, por su propio puñal. Todo había terminado. El corazón de los capuletos había recibido una puñalada certera. Cuando Julieta despertó de su fingida muerte observó el cuerpo sangrante de Romeo y supo que su plan había sido un éxito. Luego, esquivó el cadáver con desdén y abandonó la cripta. Afuera la esperaba un joven inglés, de apellido Shakespeare, con quien pronto se casaría. Mientras tanto, en la bulliciosa Verona la vida y el amor corrían por las calles como la moneda más corriente.

Sandro Centurión

Mascota

patricia esteban2Tras la muerte de mi viejo perro me dio por ir a la pajarería y comprar un dinosaurio. Verde. Horroroso. Enorme. Cuando la chica de la tienda lo sacó de la jaula ya le tenía un poco de miedo, pero aun así pagué por ser su esclavo. Todavía crecerá bastante, me dijo la dependienta, mirándome con algo de lástima al devolverme el cambio. Pensé que con el tiempo me acostumbraría a su cara de ginecóloga sádica y al cráter de escamas y excrementos que sembraba entre mis sábanas cada noche. Pero con todo, lo peor de nuestra convivencia no era tener que dormir en el sofá o salir a la calle en busca de animales perdidos que calmaran su milenaria falta de escrúpulos. Lo peor era levantarse por la mañana, asomarse de puntillas al dormitorio y comprobar que, por desgracia, él seguía estando allí.

Patricia Esteban Erlés