2.158 – Nacido alto

leon_de_aranoa  Era de natural bajo, pero había nacido alto por equivocación. Por eso se golpeaba en la cabeza con la barra de los autobuses, en las puertas de las casas de sus amigos, y con las lámparas de algunos restaurantes íntimos, arruinando la ocasión.
Atrapado en un cuerpo que no era el suyo (un cuerpo alto), se compraba equivocado la ropa pequeña, por eso las mangas de los jerseys le quedaban siempre cortas, y los tobillos al aire. Por encima del seto del chalet adosado donde pasó un verano, vio sin querer cosas que nunca quiso ver, y molestaba sin pretenderlo a quienes se sentaban detrás de él en el cine.
Si un día os cruzáis con él le reconoceréis sin dificultad: camina encogido por las calles, por temor a que las nubes se le enreden en los cabellos.
Hay por el contrario quien es de natural alto, pero nace bajo. Son fáciles de distinguir. Caminan estirados, con la nariz apuntando al cielo. Calzan a menudo pedestales, les gusta subir escaleras y levantar la voz, y, si las circunstancias históricas se lo permiten, invadir países vecinos.
Pero se enfadan sin remedio cuando, en el cine, delante de ellos, se sienta alguien de natural bajo que, por equivocación, ha nacido alto.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.123 – Los carteles

2003 Sundance Film Festival - "Mondays in the Sun" - Portraits  Lo dicen los carteles a manera de advertencia, de consejo de enemigo. A la entrada de las fincas, en las praderas que rodean palacios, haciendas, parcelas.
Lo dicen los carteles que cuelgan de las verjas, de las tapias de ladrillo; de los muros de cemento coronados de cristales y de espino.
Al pie de las vallas, de las torres y los fosos, de las altas alambradas: lo dicen los carteles.
Cuidado con el Pueblo.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.114 – Niebla

2003 Sundance Film Festival - "Mondays in the Sun" - Portraits  Alrededor de Lorena había niebla, a lo mejor por eso resultaba tan sencillo perderse junto a ella. Una niebla azul, que le seguía adonde iba, y provocaba a su alrededor tropezones y accidentes, atropellos mortales, insospechados despistes.
Desde muy pequeña el aire se condensaba sin remedio en torno a ella. Sobre su cuna se formaba una ligera neblina que impedía a sus padres verla con claridad. Por ese motivo, las visitas nunca acertaron a decir si se parecía más a él o a ella.
Alrededor de Lorena había niebla como alrededor de otras mujeres hay viento, brisa o lluvia. Sólo a la carrera, bajo un paraguas, se puede llegar hasta ellas.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.092 – Espejos

leon_de_aranoa  Un aristócrata escocés puso en marcha un curioso experimento a principios del siglo XIX. Sostenía que, a causa de la velocidad de la luz, nuestra imagen tarda una millonésima fracción de segundo en formarse en la superficie reflectante de un espejo. De ese modo, nuestro reflejo en él sería infinitesimalmente más joven que nosotros. Colocando un segundo espejo enfrentado al primero, que reflejara a su vez nuestro primer reflejo, esa diferencia se duplicaría. Y se multiplicaría por cuatro si fueran cuatro los espejos que colocáramos en paralelo.
Una mañana inundó de espejos sus tierras.
Organizados en largas hileras paralelas, enfrentados de dos en dos y calculado al milímetro el ángulo que forman sus planos para que la imagen de su mujer se multiplicara en sus superficies sucesivas, el último de ellos, aseguraba, devolvería una imagen ligeramente anticuada de sus movimientos. Y así fue. Mientras ella, aburrida, bebía de la taza de té English Pearl al que tan aficionada era, en el último de los espejos su imagen permanecía aún inmóvil.
Animado por el éxito de su primer ensayo, decidido a atrapar el tiempo entre espejos, decidió poner en marcha la segunda fase de su experimento. Sólo era un problema de cantidad, calculó. Si reunía el número suficiente de espejos podría ver reflejado en el último su propio nacimiento.
A la sombra de su empresa, la industria del cristal floreció en los condados circundantes. Dilapidó la fortuna familiar comprando espejos por todo el mundo, pero nunca resultaban suficientes. Sus experimentos fracasaron, y su mujer le notificó su marcha con una taza de English Pearl en la mano. Se llevó todos sus bienes excepto los millares de espejos que, inservibles ya, anegaban sus tierras.
Arruinado, desposeído de todo, murió en la miseria y solo, rodeado de media docena espejos que, en el momento exacto de su muerte, le devolvieron al unísono su último instante de vida.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.068 – La melodía

leon_de_aranoa  Apoyado en la pared de adobe llena de agujeros, el soldado silba una melodía sencilla mientras el pelotón que va a ejecutarle carga, apunta y dispara sus armas.
El capitán al mando se sorprende esa misma noche en la cantina, tarareando la melodía. Evita a las soldaderas, le incomoda su risa. Rechaza el alcohol y la euforia con la que sus oficiales celebran la victoria de hoy y conjuran el miedo a la derrota de mañana.
Pasa la guerra, se olvida. Si se ganó o se perdió, pocos lo recuerdan ya.
El capitán se hace brigada y el brigada, general, sin que la melodía se borre de donde sea que haya quedado grabada. Pueden pasar meses sin que vuelva a su cabeza, pero sabe que en el instante en el que lo desee podrá tararearla otra vez y, sin saber porqué, lo percibe como una amenaza.
Así sucede el día de la comunión de Andrés, su hijo; una tarde en los caballos, en la que apostaron cuarenta pesos a Veloz y perdieron; la mañana que a su mujer le dieron la terrible noticia y tres meses después, justo después de su entierro, en una cafetería del centro de la ciudad a la que no había regresado desde que se fueron a vivir al barrio alto, en los años setenta.
La silbará por última vez ausente, en su lecho de muerte. Su hijo, ya un joven cadete de la escuela de oficiales Baltasar Luengo, pregunta por su origen, pero el anciano militar le miente.
Años más tarde la tararea él también en un bar, una noche, sin darse cuenta. Una joven, que le escucha, se enamora de él dos mesas más allá. La melodía le es familiar. Su padre la silbaba cuando ella era niña, cuando el mundo comenzaba y terminaba en el caballo imaginario de sus rodillas. Pero eso fue hace mucho, antes incluso de la guerra, en la que había muerto fusilado.
La joven tiene una mirada hermosa: hay tanta vida en sus ojos que asusta. Y sin embargo, sin que pueda comprender por qué, al joven cadete le cuesta sostenérsela.
Siente que le debe una explicación, pero no sabe cuál.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.054 – Razones

leon_de_aranoa  Escondía palabras en ella. Las dejaba en cada hueco de su cuerpo, aprovechando sus descuidos. En su pelo escondió Cielo, escondió Urgencia. En la curva pronunciada de sus clavículas escondió Deseo, y Amor bajo el lóbulo de su oreja derecha. Escondió Siempre en su ombligo, y quiso esconder también Ternura, pero no pudo porque su ombligo era pequeño, y tuvo que elegir.
Y escondió Celos en su espalda, entre los omóplatos. Y Piedad bajo el brazo izquierdo. Y Violencia primero, tras los dientes, y después Perdón.
Un día, mientras dormía, en sus manos cerradas escondió Pan y escondió Hijos. En el vello rizado de su pubis escondió Miedo, y escondió Luz en lo más profundo de su sexo, donde, calculó, nunca nadie alcanzaría.
Pensaba que así un día, si alguien ocupaba sus lugares en ella, las encontraría. Y al pronunciarlas en voz alta le recordaría, sin proponérselo, las razones de su amor.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.043 – Día libre

  leon_de_aranoa  Se lo toma la muerte el jueves, cansada de trabajar. Los suicidas aterrizan dulcemente en las aceras, decepcionados, ilesos. Nadie muere en los frentes: los bombardeos no causan bajas, los pelotones de ejecución yerran el tiro y los generales, avergonzados, presentan su dimisión.
Las catástrofes naturales se suceden, inofensivas. Los niños descalzos juegan a las aguadillas en las terribles inundaciones, los terremotos son caballito de feria. Cientos de miles no mueren, no se hacen llamados a la solidaridad internacional: no se abren cuentas corrientes, no hay luto ni gala benéfica. Los tenistas no subastan sus raquetas.
Cierran los hospitales, nadie muere en las urgencias. Médicos y enfermeras juegan en los quirófanos a médicos y enfermeras. No se mata en los mataderos: sólo el tiempo muere. Bailan de contento las víctimas, lloran con razón las plañideras. A los verdugos se les olvida cómo se mata, cierran por defunción los cementerios, y el altar del sacrificio sale al fin a subasta.
Al día siguiente vuelve la muerte al trabajo feliz, descansada. Decidida a recuperar la tarea pendiente.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.026 – Instrucción única para deshacerse de un cadáver de tamaño medio

fernandoleon  Independientemente de los motivos que inspiraran el asesinato y del modo en que éste se haya llevado a cabo, expertos consultados recomiendan, como la fórmula más eficaz y segura de deshacerse de un cadáver de tamaño medio, introducirlo en una maleta grande, acercarse al aeropuerto más cercano y facturarla en cualquier compañía aérea hacia un destino del que le separen al menos tres escalas internacionales. La maleta y su contenido desaparecerán en el trayecto sin que nadie acierte a dar con su paradero, y a cambio usted recibirá una compensación económica nada desdeñable.
Este procedimiento puede ser empleado también para deshacerse de un cadáver de tamaño grande, con el único inconveniente de que en ese caso deberá abonar una penalización por exceso de peso.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

2.001 – Las equivalencias del tiempo

fernando-leon-de-aranoa02  Sesenta segundos son casi setenta en las salas de espera de los hospitales, ochenta en las habitaciones vacías del desempleo, noventa en los cuartitos oscuros, pentagonales, de la tortura. Un mes en la cárcel son tres al otro lado del muro, nueve si afuera lo espera a uno un hijo, doce cuando se está enamorado. Un año en el exilio son cinco en la casa de uno, con su parque próximo en otoño, con su panadería habitual y su paseo a media tarde. Tres horas son seis en un control militar, nueve cuando se está de rodillas, pidiendo, en las aceras céntricas de la pobreza. Un minuto son diez ante el gatillo del asesino.
Pero la vida, esta vida sin ti, no acaba nunca.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013