Cuando hacemos la maleta, decidimos. Dejamos fuera lo accesorio, lo superfluo. Aquellas camisas que no acaban de sentarnos, los libros que ni hemos leído ni leeremos, los pantalones que nos regaló ella pero nunca nos gustaron tanto como dijimos al abrir el paquete. Dejamos, en definitiva, aquello de lo que podemos prescindir, y guardamos en su interior lo que necesitamos, lo que de verdad importa. Nuestro sentido de la elegancia, nuestra comodidad. Nuestro olor y nuestra lectura, nuestro buen aliento, nuestra compostura. Guardamos nuestra necesidad de parecer delgados y la de seducir también, el modo en que queremos que nos perciban. Guardamos nuestra confianza, nuestro miedo a defraudar, la huella que queremos dejar en los otros. El éxito social que ambicionamos, nuestro futuro a medio plazo.
Nuestra maleta nos contiene, es nuestro mejor resumen, una síntesis de lo que somos: el inventario de nuestras manías, de nuestros gustos y nuestras intenciones, el balance exacto de nuestras pérdidas.
Conscientes de lo anterior, le damos nuestro nombre, nuestras señas. Nunca nos separamos de ella. Salvaguardamos su contenido con trabas, precintos, candados; formulamos combinaciones secretas para protegerla y proclamamos su fragilidad, porque sabemos que es la nuestra.
Todo cuanto somos cabe en ese paralelepípedo pequeño de piel o de plástico que, un día cualquiera, en un aeropuerto, confiamos a una extraña. Por eso nos arracimamos unas horas después sobre una cinta transportadora, en otro aeropuerto, ansiando verla aparecer. No es nuestra ropa interior lo que aguardamos en tales ocasiones con tanto anhelo: nos aguardamos a nosotros mismos.
Como nosotros, las maletas envejecen. Les salen ojeras, arrugas, grietas. Su carácter se endurece y tienden a perderse cada vez con más frecuencia. Se sabe de un pasajero al que extraviaron la maleta y recibió una compensación muy razonable a cambio, pero nunca volvió a ser el mismo.
Categoría: Fernando León de Aranoa
2.375 – El presidente
El Presidente quiso tener a su pueblo cerca, por eso mandó a sus tropas a reclutarlo.
De las clases más bajas le trajeron a un varón, a un loco, a un pocero, a un anciano y a un niño. Colectaron también a un sano y a un ciego, a un rico y a un pobre, a un cojo y a un justo. Y a una santa y a una puta; y a un valiente y a un miedoso, que al poco murió de miedo. Pensó entonces el Presidente que su muestra estaría incompleta sin el alma indescifrable de los artistas. No bien lo pensó prendieron a un pintor, a una musa, a un poeta. Y a uno bajo y a otro alto, y a un triste y a un despreocupado; a uno que lloraba, a otro que una vez dudó; a una mujer fea y a otra bella, a un inquieto, a un tranquilo, a un atleta.
A todos los encerraron en el Palacio de Gobierno, donde el Presidente, cerca al fin de sus súbditos, estudiaría sus reacciones, les hablaría, quizá les comprendería y, al comprenderles, podría gobernarles mejor.
En definitiva, les amaría. Y amándoles a ellos, calculaba, amaría a su pueblo entero. -Pero los malditos no lo entendieron. Trataron de escapar. Protestaron, lloraron, se revolvieron; enarbolaron palos y revoluciones, organizaron sangrientas revueltas, anunciaron huelgas de hambre y tejieron disturbios, que fueron reprimidos con la violencia diáfana del despecho.
Entristecido, el Presidente terminó por matarlos a todos, sin comprender que, ahora sí, al matarlos mataba a su pueblo entero.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.295 – Semana
Se conocieron un lunes de tiernas y calladas esperanzas. Se enamoraron un martes, coincidiendo con la celebración de un congreso de cardiología en la ciudad. Se casaron un miércoles de secretas complicidades, de síes pero noes, de arroz y nubes altas. Un jueves de cosecha concibieron a sus hijos, que nacieron de su amor y de sus manos. Llegaron puntuales, un viernes de invierno, con una esperanza debajo del brazo y una pregunta en el paladar. Lloraron juntos, un sábado adulto de cucharillas, de reproches mudos y cristales rotos. Sucedió de madrugada, con la dulce amargura de la vida que se escapa. Se separaron al fin un domingo no festivo, con el paso inseguro del que sigue los consejos de los mapas antiguos.
Compartieron una vida, tan intensa que hoy parece una semana.
Desde entonces caminan ficciones paralelas, se recuerdan con dolor bisiesto, mienten cada mañana ante el espejo y se saludan con afecto, pero duermen en silencio.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.263 – Las chicas de los aeropuertos
Las chicas de los aeropuertos saben de aviones, de vuelos, de cielos ajenos. Hablan de países y ciudades lejanas, lugares de los que nunca antes has oído hablar. Taipei suena distinto en sus labios, Sri Lanka se deshace entre su lengua y su paladar, Bangkok restalla levemente al final, con resonancias de látigo oriental.
Las del mostrador de Air France, tan musicales, con sus ojos claros y el #rouge# de sus labios vivos. Las de Singapore Airlines, remotas, misteriosas, distinguidas. Las de Lufthansa, altas, rubias, impositivas; la clase de mujer en cuyas manos pondrías tu vida, en caso de descompresión de la cabina.
Con ellas uno tiene conversaciones muy distintas a las que tiene con las chicas normales. Te dicen, por ejemplo, que el vuelo procedente de Doha trae viento de cola y llegará un poco antes de lo previsto; que e1727 que viene de Dubai está ya en pista o que el aeropuerto de Denver está cerrado temporalmente por las malas condiciones de visibilidad.
Me gusta pasar la tarde con las chicas de los aeropuertos. Me acerco a sus mostradores y hablo con ellas de vuelos, horarios, aviones.
Luego regreso a casa, cierro los ojos y, sin que ellas lo sepan, viajamos juntos a todos los cielos del mundo.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.240 – Las muertes de María
Cuando muere María muere la hija de Juan y Rocío, muere la hermana de Carlos, y también la mejor amiga de Ana Villares, con la que paseaba cada viernes por Reforma. Mueren también cuando muere María la amiga de Violeta, la de Marga, la de Juancar y Simón. Y muere la mujer a la que Peralta más quiso, a la que hoy, pierde por segunda vez, y a la que aún abraza en silencio cuando duerme, a pesar del tiempo transcurrido y los consejos.
Cuando muere María muere también la mujer que cada tarde, entre las cuatro y las seis, paseaba con prisa a un perrito desclasado por el parque que está pegado a la radial, y muere la joven atractiva aunque un poco bizca pero muy correcta de la que Héctor Salvarroja, conductor de la línea 12 del Interurbano, hablaba a menudo a sus compañeros de ruta y a la que nunca invitó a tomar un refresco en la terracita de La Particular, como él habría querido, porque le faltó el arrojo necesario para hacerlo.
Cuando muere María mueren una compañera de cadena de montaje silenciosa, siete vecinas, doce conocidas, la paciente favorita de un dentista y un amor callado, tan secreto que por más que nos empeñemos nunca sabremos una palabra más de él.
Cuando muere María sucede, en realidad, un genocidio del que la humanidad no se recuperará jamás. Sus cadáveres, la suma feroz de sus ausencias, caben sin problemas en el ataúd de gama media sobre el que su madre llora hoy desconsolada las muertes de María. No hay espacio en el mundo, sin embargo, que pueda contener su dolor.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.221 – Elogio de la impuntualidad *
Llegaba tarde a todas partes. De la comida, alcanzaba sólo a probar los postres. De las películas, los finales.
Jamás asistió a primer acto, presentación o preludio. Se ahorró prolegómenos y palabras introductorias. Se especializó, por contra, en las prórrogas y en los bises, en los epílogos de los libros, en su fe de erratas.
Con los años empeoraron los síntomas.
Encontraba cerrados sin remedio cines, bares y librerías. Iba a comer, pero llegaba a cenar. Acudió a su primera entrevista de empleo, pero llegó a su despido fulminante. Del amor de su vida conoció sólo el humo de las cenizas. Partió a la guerra para olvidarla, pero llegó a la paz.
Vivió la vida a destiempo, y hace ya meses que le aguarda la muerte, pero él, que lo sabe, se hace esperar.
* A mis victimas
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.208 – Engaños
Empezó engañando a su mujer, un poquito cada día. Al besarla por la mañana en la frente, al decirle mi vida cuando no lo era (nunca lo fue). La engañaba al pasear con ella de la mano por el barrio, al caer la tarde.
Engañar a sus vecinos le resultó aún más fácil. Sonreírles en el ascensor, interesarse por su salud y acariciar la cabeza a sus hijos, que hay que ver lo altos que están ya. Evitaba en tales ocasiones verse reflejado en el espejo, para no advertir el leve desafecto de sus gestos, y ahuyentar así el temor irracional que le causaba reconocer en él a un extraño.
Engañaba a sus compañeros de trabajo, a sus jefes, a sus inmediatos subordinados. Engañaba a Marga, su secretaria, cada vez que se encontraba con ella en el parking B7 del gran edificio de oficinas al terminar la jornada. Mentían sus labios al besarla, eran falsas las promesas que le hacía, falsas las manos sobre sus pechos y la rutina del sexo entre ellos.
Engañaba a diario, con tenacidad laboral. A su madre y a sus hermanos, a sus amigos, a su perro. Engañaba a cuantos saludaba con amabilidad las mañanas de los sábados, en un parque próximo, cuando lo sacaba a pasear.
Hasta que una mañana, frente al espejo, se engañó a sí mismo. Engañándose a sí mismo, descubrió maravillado, engañaría de una sola vez a todos.
Lamentó no haberse dado cuenta antes por el enorme esfuerzo que se habría ahorrado, pero ya era tarde: no se creyó.
Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013
2.200 – Los lugares del amor
Hay lugares donde el amor se intensifica. Las terminales de los aeropuertos, por ejemplo. En ellas es habitual ver besarse a parejas que llevaban tiempo sin hacerlo, y ejercitar de nuevo, ante la inminencia de la partida, el lenguaje desaprendido de la ternura y de los gestos.
En las salas de espera de los hospitales nos cogemos las manos esperanzados, lamentando haber discutido, arrepentidos y dispuestos a mejorar todo lo que antes salió mal.
El amor adquiere a veces en las cabinas telefónicas una intensidad inesperada. También en los locutorios: ¿quién no ha dicho en su cabina tres lo que nunca antes se atrevió a decir, amparado en la distancia? Los kilómetros que nos separan de la persona amada guardan a menudo una relación directamente proporcional a la necesidad que tenemos de sincerarnos con ella.
Son más frecuentes también los besos y las caricias en los portales y en las calles que ha mojado la lluvia. Y ante el objetivo de las cámaras de fotos, con independencia del lugar donde sean utilizadas, parque público o alcoba.
Y en los bares solitarios, de madrugada. En los andenes, en invierno. Y en presencia de la muerte.
Por contra, hay también lugares donde el odio se intensifica. En los campos de batalla. En los dormitorios que llevan años sin ser pintados. En los coches familiares, cargados de maletas, perdidos en las salidas de las autopistas que circundan las ciudades.
