2.955 – Un cuento triste

leon_de_aranoa  En su camino de regreso a casa, Eusebio recorrió otras muchas ficciones. Novelas respetadas por la crítica, guías de viaje ilustradas y manuales de autoayuda. Transitó por biografías no autorizadas de estrellas del pop, por historias basadas en hechos reales, con su probada capacidad para llegar al corazón de la gente, y hasta por un libro de poemas, donde se le hizo rimar con Armenio. Un lamentable error le llevó a las notas a pie de página de una importante novela contemporánea, de las que le costó mucho tiempo salir.
Cuando llegó a su cuento, Ángela había muerto ya.
Desde entonces la visitó cada tarde en el cementerio. Sentado junto a su lápida, Eusebio narraba para ella las extraordinarias aventuras que había vivido: la vez que ayudó a Sandokán a retornar a nado, con el costado herido, a la isla de Mompracem; sus correrías junto a los cosacos de Taras Bulba a orillas del Don, o aquella vez que, escapando de los nazis, cruzó a la carrera el frente en el norte de Italia, en dirección a las tropas aliadas. Prudentemente, evitó mencionar los buenos ratos vividos con Shanon en los capítulos más tórridos de Hotel Lujuria.
Fue allí también, junto a la tumba de su mujer, donde Eusebio juró quedarse en su cuento y cuidar de su memoria para siempre. Puede que fuera un cuento triste, pero era, a fin de cuentas, el suyo.

Fernando León de Aranoa
Aquí yacen dragones. Seix Barral, Biblioteca Breve.2013

aquiyacendragones

2.954 – Objetos

Diana Raquel Hernandez Meza  Debo decir que todo comenzó con una serie de sucesos extraños: la desaparición de un calcetín, quedando únicamente su par; mi pluma favorita se perdía sin razón, pero al paso de unos días regresaba a su lugar. En el trabajo, no encontraba mi bata en el estante, del que solo yo tenía llave; los anillos de matrimonio recién reemplazados, también decidieron rodar por su cuenta.
Ahora debo andar por ahí.

Diana Raquel Hernández Meza

2.953 – Mensaje en una botella

  Querida María, dulce amiga mía, amada: las palabras se quedan siempre atrás, son como brisas que no alcanzan nunca la isla de la realidad. Como me conoces muy bien, ya sabes que estoy liándome, y me perdonarás esta introducción tan larga, para llegar a una conclusión tan breve: te quiero. Y en este momento no encuentro otra forma de decírtelo que dedicarte este libro, que, poco o mucho, es todo lo que tengo.

Agustín Cerezales
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.952 – Temperatura ambiente

luisa-valenzuela22  En verano, en esta ciudad, hay noches de un calor tan tórrido que ni respirar se puede y los mariposones caen achicharrados antes de haberse arrimado a luz alguna. Esas noches los pobres vampiros pasan sed. Nosotros podemos servirnos un escocés en las rocas, pero los pobres vampiros salen desesperados en busca de hombres valientes y los poquísimos que quedan, al verlos se aterran ante ellos. Tantas cosas se han ido perdiendo con la prosperidad y el tiempo. Ya no hay en esta ciudad quien logre frente a cualquier circunstancia conservar la sangre fría.

Luisa Valenzuela
Ciempiés. Los microrelatos de quimera. Ed. Montesinos

2.951 – Un viaje imprevisto

javiertomeo  Las siete de la mañana. Subo al autobús urbano que debe llevarme al Parque Acuático, al otro lado de la ciudad. Me siento cerca del conductor y advierto que soy el único viajero.
«Aquí pasa algo raro», pienso.
Al principio todo parece normal. El conductor respeta las paradas. Se detiene ante las marquesinas y durante un momento mantiene las puertas abiertas, pero no sube nadie.
Humillado por la indiferencia de la gente, el conductor decide pasar de largo. No hay mucho tráfico y poco a poco aumenta la velocidad. Da la vuelta alrededor de la plaza de M. y en lugar de seguir por la calle de M., elige la calle de Z., que conduce al otro lado de la ciudad.
-¿Adónde me lleva usted? -le pregunto.
-Puede que ni siquiera yo mismo lo sepa -me contesta.
Le recrimino que no respete los semáforos y el hombre me recuerda que está prohibido hablar con el conductor. A partir de este instante, por lo tanto, me resigno a mi suerte y decido mantener la boca cerrada.
Que en este autobús haya, por lo menos, alguien que cumple las ordenanzas municipales.

Javier Tomeo
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.950 – El viaducto

alberto_escudero  -Haga usted el favor de no empujarme más.
-Ni a mí de pisarme. Ya es la segunda vez. Le voy a decir yo a usted una cosa: si tiene tanta prisa, ¿por qué no se lo ha hecho en casa?
-Eso digo yo. ¿No tiene usted una buena cuerda? O si no con pastillas de ésas, como los artistas.
-A ver si por una vez hacemos una cola como Dios manda, que va a ser la última que hagamos.
-Eso mismo creía yo, y ya es la tercera vez que tengo que venir.
-¿Pues qué le faltaba a usted?
-La primera vez el certificado médico, y la segunda la fe de vida.
-Pues estamos aviados. Yo no los traigo.
-Ni yo. ¿Para qué querrán esos papeles?
-Hombre, yo lo veo bien, porque si te vas a morir de una enfermedad, ¿para qué te vas a andar tirando? -Bueno, eso todavía; pero la fe de vida, ya me dirá usted.
-Eso mismo fue lo que yo les dije, pero me contestaron que no había nada que hacer, que había habido casos de personas que, al irles a hacer el certificado de defunción, ya estaban muertas.
-Pero esto es el colmo; son incapaces de llevar el censo
como Dios manda y encima nos echan la culpa a nosotros. -Sería que en vez de venir a matarse venían a rematarse.
-Qué gracioso es usted. No sé qué puede hacer alguien
tan ingenioso en un sitio como éste. Ya vé.
-No hace ni diez años que venía la gente dándose un paseo desde la parada del metro de ópera, y cogían y se tiraban y Santas Pascuas.
-Le voy a decir yo a usted una cosa: la burocracia; eso es lo que nos está matando.
-A mí, no. Yo me muero de otra cosa.
-… Y de qué, si puede saberse.
-De ganas de saltar el pretil y perderles de vista.
-Ya le dije que es usted muy gracioso.
-Sí, ya me dijo.

Alberto Escudero
https://albertescudero.wordpress.com/
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012

2.949 – La verdad sobre Medusa Gorgona

MarcoDenevi34  Anterior a la escritura, el mito depende de la memoria de los hombres. Pero la memoria de los hombres es frágil y colma los agujeros del olvido con imposturas fantasiosas. Así es como Medusa, una especie de Cenicienta, terminó transformada en un monstruo. Mi paciente investigación le devolverá ahora sus verdaderos rasgos.
Eran tres hermanas, las Gorgonas. Dos de ellas, Esternis y Euríale, compensaban su irrebatible fealdad con un carácter perverso, disimulado tras una máscara benévola. Envidiosas de la belleza de Medusa, la menor, no le permitían salir a la calle porque, según propalaron por toda la ciudad, petrificaba a los hombres con sólo mirarlos en los ojos.
Algunas personas expresaron sus dudas. «Ah, no nos creen -gimoteó Euríale retorciéndose las manos-. Vengan a casa y se convencerán.» Sin que
Medusa se enterase, porque estaba ocupada barriendo, fregando y remendando, las dos malignas mostraban a los visitantes una estatua de piedra:
«¿Ven? Así quedó su último pretendiente». Y ponían un rostro compungido: «¡Se dan cuenta, qué desgracia nos ha caído encima!».
Una tarde Esternis y Euríale salieron a hacer compras y olvidaron cerrar la puerta con llave. La cuestión es que Medusa pudo, por primera vez,
asomarse y echar un vistazo a la calle. Inmediatamente la calle quedó desierta: todos habían huido a esconderse y a espiar por los intersticios
de puertas y ventanas o a través de cerraduras, de catalejos y de cristales ahumados. Admiraron la belleza de Medusa, pero el poder maléfico de sus ojos les infundía tal pánico que no se atrevieron ni a moverse.
Entonces, por uno de los extremos de la calle, avanzó Perseo, desnudo. Acababa de naufragar su navío y él venía a pedir socorro. Se maravilló de no ver a nadie, como si la ciudad estuviese deshabitada. Golpeó en una puerta y en otra, pero no le abrieron. Siguió caminando y llegó frente a la casa de las Gorgonas. Se detuvo. Los que espiaban se estremecieron, pensaron: «Pobre joven, tan guapo y se convertirá en piedra».
Reconstruyamos la escena: Medusa, sentada en el umbral; Perseo, de pie, desnudo. Ella es hermosísima y púdica; él es apuesto y ardiente. Ambos son jóvenes. Ella no se atreve a alzar los párpados. Él se esponja en las dilataciones del amor. Ella, adivinando que algo sucede, mira por fin los pies de Perseo, las pantorrillas musculosas, los muslos estupendos. Los que espían tiemblan: «Un poco más -se dicen- y ese buen mozo será granito». Pues bien: Medusa levanta un poco más la mirada y la petrificación ocurre.
Perseo se quedó diez años a vivir en casa de las Gorgonas. Para felicidad de Medusa y desdicha de sus dos hermanas, durante aquellos diez años él anduvo con el miembro viril hecho piedra dura y no había forma de que se le ablandase. De esta portentosa demostración de amor conyugal derivó la mala fama de Medusa que ha llegado hasta nuestros días.

Marco Denevi
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015

2.948 – Náufragos

Esteban Padros de Palacios  La balsa, abandonada a los caprichos de la corriente y sin ninguna voluntad que la rigiera. Unas tablas carcomidas. Un palo con unos calzoncillos flotando al viento. Dos hombres echados sin que el sol pudiese herir, ya, sus pupilas ausentes. -Tengo sed —dijo García, que era un náufrago vulgar. La balsa entraba, en aquel momento, en la playa de Miami. Canoas, bañistas, mujeres extraordinarias.
-Oigo voces…
-Espejismo -sentenció García, siempre mirando al sol.
-Sí, espejismo…
Los bañistas comentaron:
-Qué gentes más raras. Ya no saben qué hacer para llamar la atención.
-Yo lo encuentro de mal gusto…
Y la corriente, poco a poco, arrastró de nuevo la balsa hacia el océano Atlántico. Los dos náufragos iban llegando a este punto en que resulta tan difícil morir…

Esteban Padrós de Palacios
Antología del microrelato español (1906-2011)
Ed. Cátedra – 2012