Lo pasaban chancho. Se apareaban como conejos, jugaban como tortolitos, dormían como lirones, hacían perro muerto en los boliches. Todo aquello en lo próspero. Pero llegó lo adverso. Y criaron cuervos, se aburrieron como ostras, pasaron gato por liebre y olvidaron ser felices como lombrices en salud o enfermedad. Ahora, cada oveja busca otra pareja, preguntándose si el amor es más que una cuestión animal.
Autor: carlos
3.024 – Le gustaba llorar…
3.023 – Anciano sensible
3.022 – El ángel
Dispuesto a ahorcarme, até unas tiras de sábana a los barrotes y anudé el otro extremo en torno a mi cuello de convicto reincidente. «No servirá de nada», dijo una voz. Había decidido acabar con todo, soledad, goteo del tiempo, celdas de castigo, vueltas ciegas al patio, relectura de cada libro de la biblioteca de la cárcel. «Le digo que no servirá de nada -resopló el ángel-, aún no ha llegado la hora de recoger el conjunto de tus ruinas». Su aspecto reglamentario, como bañado en talco, y la autoridad de aquel fanal luminoso en mitad de la noche sugerían que podía no ser parte de mi instante de locura. Lo dejé hablar. En un tono de superioridad amistosa, me instruyó en el bien y el mal, aclaró que no esperaba recompensa alguna por todos sus desvelos para conmigo y me reveló, incluso, la jerarquía de la Organización (nueve órdenes de tres tríadas cada una: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles). Lo que me persuadió finalmente de no consumar el suicidio no fue, sin embargo, su familiaridad con mis intimidades, con mi vida de crimen y desórdenes, sino la visión de sus alas un poco maltrechas, desflecadas, y en su cuerpo las cicatrices de antiguas luchas.
Angel Olgoso
La máquina de languidecer. Ed. Páginas de espuma. 2009
3.021 – Río de los sueños
Yo, por ejemplo, misántropo, hosco, jorobado, pudrible, inocuo exhibicionista, inmodesto, siempre desabrido o descortés o gris o tímido según lo torpe de la metáfora, a veces erotómano, y por si fuera poco, mexicano, duermo poco y mal desde hace muchos meses, en posiciones fetales, bajo gruesas cobijas, sábanas blancas o listadas, una manta eléctrica o al aire libre, según el clima, pero eso sí, ferozmente abrazado a mi esposa, a flote sobre el río de los sueños.
Gustavo Sainz
El libro de la imaginación (México: FCE, 1976. En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).
3.020 – Palos de ciego
En el día los videntes se apoderan de la ciudad y miran con lástima a los que titubean en las esquinas, tratando de adivinar el cambio de luces, y luego tratan de abrirse paso entre la muchedumbre tanteando la vereda con sus bastones blancos.
En la noche los no videntes se aventuran sin problemas por las calles, cruzan de uno a otro extremo de la ciudad, tratando de no atropellar a esos pobres transeúntes que titubean en las esquinas, aferrados a unos bastones blancos que alguien les ha prestado.
Juán Armando Epple
Ciempies. Los microrelatos de Quimera. Montesinos 2005
3.019 – La caseta del huerto
Dos compañeras se han encerrado en las cocinas del Local para amarse. Como necesitamos las cocinas, la asamblea ha propuesto habilitar la caseta del huerto como recinto alternativo para las amantes. El espacio de la caseta del huerto no es, ni mucho menos, tan amplio como el de las cocinas. Pero acondicionada y bien limpia, la caseta puede resultar un lugar agradable para cuatro o cinco personas.
Serán necesarios unos colchones, una despensa, mantas y almohadas, una estufa que funcione.
Habremos de convencer a las dos compañeras de que la caseta del huerto es tan buen lugar para amarse como las cocinas del Local y que, aunque es más pequeño, podrán establecerse en la caseta todo el tiempo que deseen. Quizás así, abran la puerta de las cocinas y se trasladen a la nueva ubicación.
Pero tardaremos todavía unos días en acondicionar la caseta. De manera que durante ese tiempo, salvo que las compañeras decidan darse un respiro, las meriendas vecinales se repartirán en la sala de baile.
Víctor García Antón
Volanderas. Ed Tres Rosas Amarillas.2014
3.018 – Belerofonte y Quimera
Una vez en cada función, en ocasiones dos veces por día, Belerofonte, montado en Pegaso, mata a Quimera.
Belerofonte es atractivo y usa prendas que dejan al descubierto sus músculos de héroe griego. La parte trasera del cuerpo de Quimera es de serpiente, el torso y las patas delanteras son de león, su incongruente cabeza de cabra despide llamas.
Belerofonte coloca un trozo de plomo en la punta de su lanza. Las llamas que despide la boca de Quimera derriten el plomo, que se cuela líquido por su garganta y la mata.
La lucha, por supuesto, es fingida. Exiliados de su lugar y su tiempo, Belerofonte y Quimera tienen muchos recuerdos en común. Una y otra vez, la bestia finge morir ante los aplausos del público tonto, que tampoco cree que Pegaso sea capaz de volar, a pesar de verlo con sus propios ojos.
Ana Maria Shua
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015
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