3.204 – La libertad

rosalba cambra   Podrás ir caminando por el filo de la sombra hasta la parte alta de la ciudad. Nadie te dirá: por ahí no se pasa. Encontrarás entornada la verja de esa casa que te ensanchaba los ojos de deseo cuando eras chico. Ningún guardia te cerrará el camino, ni te prohibirá caminar sobre los macizos de anémonas hasta el estanque, entrar en los salones enguirnaldados sin que nadie te anuncie. Marcarás con caramelos tus itinerarios por las plazas, elegirás en la biblioteca central los manuscritos más ricamente iluminados para recortar las figuras, y nadie llamará a la policía, ni siquiera cuando en las farmacias te pongas a volcar uno a uno los tubos de píldoras fosforescentes que se desparramarán hasta la calle con un alboroto de perlas desenhebradas, o cuando busques en el negocio del anticuario, donde todo fue siempre demasiado caro, los más rotundos sillones coloniales, los espejos de azogue deslucido, y te los lleves sin pedir permiso. Ningún empleado del correo protestará porque te has puesto a abrir las cartas –a veces de amor– dirigidas a otros, o a usar los telegramas para hacer avioncitos que terminan por amontonarse en el mismo rincón. Ningún camarero te impedirá descorchar todas las botellas de los vinos añejos, y probar apenas un sorbo de cada una, sentado a la terraza frente al mar. Inútilmente esperando que la mujer más hermosa de la ciudad, que una mujer, que alguien, baje a sentarse contigo, y te acompañe después al teatro donde nadie te exigirá la entrada ni tratará de imponerte buenas maneras cuando te arrellanes en el palco presidencial frente al escenario vacío. Ese es el lado malo, ya te habrás dado cuenta, de ser el único sobreviviente.

Rosalba Campra

3.203 – Fémur

shua34   A mi abuelo lo operaron. Le sacaron la cabeza del fémur, que se había roto, y le pusieron un clavo de platino. La cabeza del fémur se la quedó mi papá, de recuerdo. Anduvo dando vueltas por la casa hasta que mi mamá la tiró porque tenía mal olor. Cuando mi abuelo se muera yo quiero el clavo de platino.

Ana María Shua
Cazadores de letras. Ed. Páginas de Espuma.2009

3.202 – Pandora

Lilian Elphick4    La caja es de madera de pino sin barnizar, como un ataúd en el muro de los lamentos. Es ahí donde habito. Me he acostumbrado a las rendijas por donde entra luz, a las astillas que me recuerdan que estoy viva, al silencio de la noche y a la algarabía del día. Hasta ahora, nadie ha tratado de forzar la cerradura de la caja, es tan inofensivo su rectangular deseo. A veces, alguien la levanta, pero teme males y desgracias, y la deja en el suelo como una piedra o una carta rota en varios pedazos. Ya no me molestan los viajes de la caja. Soy errante y callo. Me llevan en manos especialistas, y luego de un rato concluyen: no hay bomba. Vuelvo al bosque o a un tarro de basura. El mundo olvida rápido; pasará poco tiempo y la caja no estará en sus sueños, ni siquiera en los míos.

Lilian Elphick
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015

3.201 – Historia de una carta

 alberto tugues  Durante mucho tiempo, diez, quince años, envió siempre la misma carta al mismo destinatario, y siempre también, invariablemente, le era devuelta al cabo de unos días. Entonces abría el sobre, releía de nuevo la carta, y se disponía a reducir un poco más el texto, suprimiendo hoy, por ejemplo, casi media línea; luego, ya con las palabras bien tachadas, escribía en un sobre nuevo la misma dirección, y lo mandaba al mismo destinatario. Algunos decían que era una carta de amor. No lo sabemos. Pero lo único cierto es que el texto de la carta, con el paso del tiempo, se fue reduciendo cada vez más, hasta que sólo le quedaron seis palabras, que, éstas sí, al fin llegaron un día a su destino. Y decían las seis palabras: «Sí, fui yo quien lo hizo».

Alberto Tugues
Antología del microrelato español.Ed. Cátedra. 2012

3.200 – Ojo con la automedicación

jj millas2   Es conocido que sólo tomamos conciencia del cuerpo cuando nos duele algo. Carecemos de cabeza, por citar un órgano, hasta la aparición de la primera migraña (o de la primera idea obsesiva). Personalmente, prefiero que me duela algo. No que me duela mucho, se entiende, pero sí lo bastante como para que me resulte imposible olvidar que soy frágil, que tengo que morir, que la plenitud no es de este mundo (ni de ningún otro, que se sepa). Una pequeña dolencia crónica, no demasiado molesta, le obliga a uno a relativizar las cosas y lo mantiene atado a la tierra, al polvo (es decir, al cuerpo). Por alguna razón, yo soy mejor persona cuando me duele algo que cuando no me duele nada (no descarto que estos ataques de bondad estén relacionados con las medicinas, sobre todo las que incluyen alguna porción de codeína, una sustancia que me inclina al bien).
En cualquier caso, tampoco es habitual que no duela nada. Un cuerpo estándar de hombre (1,75 de estatura y 70 kilos de peso) posee más complejidades que un rascacielos de doscientos metros. Los rascacielos disponen de un servicio de mantenimiento preparado para reparar en el acto cualquier desperfecto. Los cuerpos tienen la Seguridad Social, que no es tan solícita como los fontaneros o los albañiles de los hoteles de 400 habitaciones. De ahí la automedicación y, en general, la autoayuda. ¿Que hay una migraña en el último piso? Pues analgésico al canto (mejor con codeína). ¿Dolor en las lumbares? Ibuprofeno a toda pastilla (y perdón por la redundancia). ¿Dificultades con el sexo? Viagra a granel. Y así, mal que bien, vamos tirando.
Con los países sucede algo parecido a lo que ocurre con los cuerpos: que no los notas hasta que no te duelen. Y España lleva una temporada que, con perdón de Unamuno, no deja de dar la lata. Que nos duela un poco no está mal, así somos conscientes de ella. Pero lo de los últimos tiempos, por unas cosas o por otras, es un sinvivir. El problema es que acudes a los médicos (o sea, a los políticos) y a la segunda frase adviertes que no tienen ni idea de nada (ni del diagnóstico ni de las soluciones), están tan desconcertados como uno. Lo malo es que la automedicación, en lo que se refiere a la patria, es verdaderamente peligrosa.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.197 – Las manos

millas23   Tengo que averiguar si los bolsillos, como los armarios empotrados, se comunican entre sí secretamente. En tal caso, igual que ahora puedo entrar en el armario de un hotel para aparecer al instante en el de tu dormitorio, también sería posible que un objeto cualquiera introducido en el bolsillo de mi chaqueta —un anillo, una flor, una postal— cayera en realidad en el de la tuya.
A ver si puedo confirmar esta hipótesis y encontrar el conducto que une todos los bolsillos del universo mundo, porque de esta manera, al meter mi mano en el bolsillo del pantalón, podría aparecer en el bolsillo de tu falda; así, en lugar de sentir a través del forro mi muslo, presentiría el tuyo, y al rascarme rascaría tu pierna, y al alcanzar con la punta de los dedos mi sexo estaría en realidad rozando el tuyo. Mientras esperara el autobús, metería distraídamente las manos en los bolsillos y nadie sospecharía que al acariciar mis ingles y sus alrededores estaría en realidad explorando la periferia de las tuyas.
Y tú, dondequiera que estuvieras —quizá en el metro o en otra parada de autobús—, percibirías mis caricias y meterías las manos en los bolsillos de tu falda, pero en lugar de alcanzar tu sexo tropezarías con el mío, porque tus dedos se habrían trasladado de bolsillo. Y así, aunque separados por calles y edificios, yo me ocuparía de tu excitación y tú de la mía sin que los transeúntes ni los guardias llegaran a percibir este tráfico de manos y de sexos. Y dejaríamos dispuesto que al morirnos nos enterraran con las manos en los bolsillos para no dejar de tocarnos, primero con nuestras fallecidas huellas dactilares y después con la punta de los huesos. Y así no importaría que nuestras tumbas estuvieran muy separadas, porque por entre los forros de nuestras mortajas intercambiaríamos uñas y falanges y gusanos de seda.

Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011

3.196 – La buena suerte

carlos castan   La mañana era sucia y medio lluviosa. Ahora daba vueltas a su café sobre el mostrador de zinc de un bar perdido en cualquier calle. La noche había sido sudorosa y larga, llena de sueños trabados y vueltas en la cama, y otra vez se le había metido dentro esa bruma amarga que le impedía pensar con claridad y lo convertía a sus propios ojos en la figura solitaria de una gris acuarela. La tristeza se le atrincheraba dentro y le faltaban fuerzas para hacer frente a los días, vencido prematuro, propenso a morir. A través de la cristalera vio de repente a una mujer joven y bellísima. Debía de estar embarazada de cinco o seis meses y su mirada estaba hecha de luz. Pensó por un instante que todo valdría la pena si la tuviese a su lado, envidió con todas sus fuerzas al padre de aquella criatura que crecía en su vientre, bajo el vestido azul.
La muchacha parecía caminar en busca de algo. Cuando lo vio en el interior del bar, se acercó hasta él, que, sentado en lo alto del taburete, sintió un temblor en su corazón. «Otra vez lo has hecho, cariño, no te tomas las pastillas que te dio el doctor para la amnesia, te largas por ahí sin dejar aviso, un día de estos te perderé.»

Carlos Castán
Mar de pirañas. Menoscuarto. 2012