Calle oscura. Un camión sin luces se detiene sobre los panzudos adoquines. Pausa. Pausa. Y un hombre salta de la cajuela. Joven, con la cabeza rapada y un largo abrigo. No lleva maletas ni armas. Mira hacia el camión que se aleja. Al fondo, arropado por las sombras, resuena el canto de un ave, oscuro. Estupor. Estupor. Y el primer paso hacia la puerta. «Sitúese ante la puerta y espere». «¿A qué?» «Sitúese ante la puerta y espere». El hombre entonces lo hace. Silencio mineral. Y los lentos taconazos que se acercan. ¿Calle larga? ¿Fingimiento? Una sombra densa oscurece su sombra. «¿Es usted un hombre prudente?», pregunta la voz a sus espaldas. «No podría asegurarlo», dice él volviéndose. Un hombre de cabeza grande y boca grande. Vestido por completo de blanco. Manos desnudas. Sin nudillos. Parece un bebé gigante. Es un bebé gigante. «Sitúese ante la puerta y espere». «Eso estaba haciendo». «Muy bien». Y el bebé comienza a pronunciar su grave silencio. Un minuto. Dos. Sepulcros dormidos. Trenes quietos. Y de nuevo la voz: «¿Es usted un hombre apasionado?» «No podría asegurarlo». «Muy bien». Pero la puerta cerrada, aún. ¿Preguntar? No. Pensará de mí que soy imprudente. ¿Volverme y ofrecer la mano? No quiero revelar mi pasión. «¿Es usted un hombre miedoso?» «Sí». «Muy bien». Y entonces la puerta se abre.
Autor: carlos
3.224 – La silla eléctrica
El grupo de personas de severo aspecto se detuvo ante una de las puertas de los calabozos destinados a los condenados a muerte. Un vigilante abrió solícito. Una figura humana se perfilaba en el catre, oculta totalmente por una manta. Al oír el rumor de pasos, asomó justo la frente, un ojo y un mechón de cabellos, ocultándose nuevamente por completo. «iVamos, John, no nos hagas perder el tiempo! Sabes que esto nos disgusta tanto como a ti…». John no se inmutó y el gobernador de la prisión, molesto, tiró de la manta. John, descubierto, se limitó a sonreír… Se irguió de la cama y efectuó unos movimientos gimnásticos. Uno de los vigilantes, visiblemente molesto, no pudo por menos que objetar: «iVamos, John, ¿para qué quieres hacer gimnasia?». John acusó el impacto y de repente lanzó un grito terrible: «¡Mamá!». Un grito que resonó en todos los pasillos y corredores de la prisión.
Un grito al que siguieron otro y otros… Lo llevaron de prisa y corriendo, lo sentaron en la silla eléctrica, le ataron de pies y manos y John se calmó. «Te pondremos la venda, John…», le aclaró paternalmente uno de los verdugos. John sonrió tristemente. Dos gruesas lágrimas surcaban su rostro. Se hizo un profundo silencio y segundos más tarde el cuerpo de John se estremeció por un momento. Los testigos asistían mudos y graves al espectáculo. Cuando todo hubo terminado, uno de ellos comentó en voz baja con su compañero: «Hasta el último momento esperé que le indultaran. Al menos, en las películas siempre ocurre eso…».
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.223 – Sirvieron a la mesa …
Sirvieron a la mesa del señor unos peces pequeños a un fraile, y al señor, grandes. Estaba a la mesa un fraile, y no hacía más que tomar de los peces chicos y ponellos al oído y echallos debajo de la mesa. El señor miró en ello y díjole:
—Padre, ¿huelen mal esos peces?
Respondió:
—No, señor; sino que pasando mi padre un río, se ahogó, y preguntábales si se habían hallado a la muerte de mi padre. Ellos me respondieron que eran muy pequeños; que no, que esos de vuestra señoría, que eran mayores, podría ser que se hubiesen hallado.
Entendido por el señor, diole de los peces grandes, diciéndole:
—Tome, y pregúnteles la muerte de su padre.
Esteban de Garibay
(Mondragón 1525-1599) Cuentecillos para el viaje.Ed. Popular-2011
3.222 – Pentesilea
Yo vivía con mi abuela, mis tías, mis primas, y otras parientes mujeres. Sólo mujeres había en nuestra población.
Era huérfana de madre, y mi padre y mis tíos —hermanos nunca tuve—, mis dos abuelos y los parientes que hubieran correspondido a las parientes mujeres se habían ido a construir el camino que llevaba o debía llevar más tarde a la ciudad, cuando estuviera terminado.
Así me habían dicho.
La ciudad debía quedar muy lejos, porque después de doce años, que es mi edad, ellos seguían sin volver y el camino sin terminar.
Un día mi abuela mandó abrir la puerta en la muralla e hizo entrar a un cantor de esos que van por los caminos. Nos sentamos alrededor de él en la plaza. A mí me hicieron sentar delante de todas, y él cantó la historia de Pentesilea, reina de las amazonas, que en el asedio de Troya murió por obra del airado Aquiles, el cual, viéndola tendida tan bella sobre su propia sangre, rompió a llorar y se maldijo.
Yo sabía desde antes el nombre de mi madre: Pentesilea. Ahora sé el nombre de todas nosotras. Me pongo de pie y, en silencio, lo mismo hacen las demás. Siento todas las miradas puestas en mí. Doy un paso hacia adelante, hacia mi abuela que me tiende el arco y el carcaj. Y me detengo, porque estoy preguntándome si puede haber algo, en los cielos o en la tierra, que me obligue a aceptar.
Rosalba Campra
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
3.221 – ¿Un mundo mejor?
Al salir, la patera estaba inundada de sueños. Hoy los vómitos, el miedo y la muerte se han adueñado de los 12 por 2,5 metros en los que viajan. Solo les queda acurrucarse entre ellos y rezar para soportar el oleaje, el hambre y el frío.
Cuando la esperanza ya está lista para morir, divisan la costa y son rescatados. Es entonces cuando descubren sorprendidos el curioso comportamiento de aquellos a los que quisieran parecerse. Al ver a los pescadores llevarse la gasolina y a los vecinos arramblar con las herramientas y el ancla, sus sueños comienzan a esfumarse.
Miguel Ángel Molina López
99×99. Microrelatos a medida.
Ed. Baile del Sol. 2016
3.220 – Cuento de terror
3.219 – Salir
3.218 – Hilvanados
Los hombres a medio coser van por ahí deshilachados, como sin peso, como quien se deshace en el aire, y apenas hilvanado, al menor tropezón se abre en grandes rotos, por los que se asoman los curiosos para ver el paisaje o los turistas para contemplar los monumentos de la ciudad, hasta el punto de que muchos son los que han llegado a pensar que estos hombres, de tan rasgados, son casi transparentes. Pero ellos, ermitaños de la costura, aman sobre todas las cosas ir así por la vida, ligeramente esbozados entre las cosas, libres del peso de la ropa acabada sobre sus cuerpos. Deshaciéndose en largos hilos mecidos por el viento cual leves cometas o hermosos espantapájaros.
Julia Otxoa
Velas al viento. Ed Cuadernos del vigía. 2010
3.217 – Atlántida
Durante el verano de 1932, mientras nadaba en los bajíos de la isla de Nantucket, fui engullido por una monstruosa ola que me arrastró, inconsciente, hasta el fondo del océano. Desperté en una ciudad submarina, contenida dentro de una gigantesca bóveda de material traslúcido. Sus habitantes eran todos rubios y vestían finísimas dalmáticas de seda. Contemplé con admiración los hermosos edificios, los templos cuyas cúpulas eran de oro puro, los acueductos que medían un millar de pies de altura. Una estatua parlante me habló —en mi propio idioma— de aquella sociedad. Relató que sus miembros vivían en perfecta armonía, y que no existían entre ellos la envidia, la venganza, la violencia ni los celos. En cuarenta siglos, jamás habían conocido la guerra; ni siquiera un simple altercado. Poco después, fui milagrosamente devuelto a la superficie, a la costa de Nantucket. La primera persona que encontré en la playa fue a Wesley, el hijo de la maestra, quien estaba recogiendo mejillones. Cuando le referí los prodigios de que acababa de ser testigo, escupió de medio lado y se limitó a decir: «Eres un ingenuo por creer todo lo que te contó esa estatua, Arnie. Seguro que ahí abajo tendrán también sus problemillas».
Manuel Moyano
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
3.216 – Todo está en tu imaginación
«Cariño, antes de que vuelva papá debes recordar que nada de lo que crees haber visto o escuchado es verdad. Aquí no ha pasado nada. Todo está en tu imaginación». Cuando la madre se aleja, convencida de haber dejado las cosas claras, el niño se queda apenado pensando en el vecino que acaba de marcharse. Le da miedo pensar qué ha podido hacerle su mamá a ese señor. Cree que no debe ser nada bueno, porque tras marcharse ella acaba de repetirle las mismas palabras que a él le dice su papá cuando cada noche sale de su habitación.

