1.274 – Amor matemático

 He sido atravesado por la flecha de Cupido una vez en la vida. He sentido temblores y escalofríos en más de 80 ocasiones. He notado una docena de mariposas bailar por mi estómago. He visto latir mi corazón a mil por hora y volar al tiempo a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo cuando él estaba aquí y cuando no, he contado también horas, minutos, segundos e incluso, milésimas de segundo. Le he dicho ¡Te quiero! 365 veces al año y he tenido con él, orgasmos de más de cinco minutos de duración. Sin embargo, por motivos que no sabría cuantificar, esta mañana, él ha decidido salir de la ecuación.

Daniel Sánchez Bonet
Finalista III Concurso Bucaro de microrrelato 2012
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2012/05/30/amor-matematico/

1.273 – Los siete pecados evitables

 Hugo saludó al insomnio en plena madrugada. Palpó el cuerpo que dormía a su lado.
Los recuerdos mitigaron el silencio. En la penumbra de la habitación apenas alcanzó a distinguir los últimos años de su vida.
Echó de menos la lujuria de los primeros días con Lola. La gula con la que saciaban sus cuerpos. Por aquel entonces, ella era la mujer de otro. Tras las despedidas, al caer la noche, él enfermaba de ira al quedarse solo. La envidia no le dejaba dormir al imaginar «al otro» durmiendo al lado del cuerpo de su pasión.
La avaricia le cegó la razón. Una de esas tardes de amor clandestino, invadido de soberbia, se la jugó: « O te quedas conmigo o no vuelvas». Ella se quedó.
Hugo cerró los ojos. Le gustaría entender por qué, desde entonces, la pereza también se quedó a vivir con ellos.

Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

1.272 – La civilización del consumo

 A veces, al fin de la temporada, cuando los turistas se iban de Calella, se escuchaban aullidos desde el monte. Eran los clamores de los perros atados a los árboles.
Los turistas usaban a los perros, para alivio de la soledad, mientras duraban las vacaciones; y después, a la hora de partir, los ataban monte adentro, para que no los siguieran.

Eduardo Galeano
El libro de los abrazos. Siglo XXI -1989

1.270 – La II Guerra Mundial pudo haberse evitado

  Si el crítico vienés Jakob Neumann, que presidía el jurado, hubiera dado su voto de calidad a cierto óleo firmado por un tal Adolf Hitler en la Bienal de Bellas Artes de 1912, acaso el joven aspirante a pintor no hubiese dejado su profesión por la política. Inútil reprochar nada a Neumann; sobre todo cuando el propio Adolf Hitler ordenó su fusilamiento a las pocas horas de aquella entrada apoteósica en la Austria del Anschulss. Lo que nunca supo el dictador fue que la decisión de Neumann nació de un escogido lote de vinos que había recibido de un importante bodeguero vienés, cuyo hijo, con veleidades pictóricas, obtuvo aquel premio. Obvio es decir que tal ignorancia salvó la vida del bodeguero, no la de su hijo.

Juan Pedro Aparicio
http://nalocos.blogspot.com.es/2012/08/juan-pedro-aparicio.html

1.269 – Protesta

 Los padres hacen todo lo posible por envejecer. Merodean los ochenta y se empeñan en dejar de caminar, en ver muy mal, en escuchar poco. Su esfuerzo es grande: él simula aguantar el paso no más de una calle; ella finge que las letras se le empalman en la página. Quieren que sus hijos los visiten, los lleven, los escuchen, les lean, les descifren los letreros, los sonidos. Pero los hijos se han vuelto unos niños: se tropiezan y se rompen un pie; se esconden bajo las sábanas llenos de lágrimas; se deshacen del perro y la mujer. Quieren que sus padres les den la mano al caminar, que les adviertan de las esquinas de los muebles y los enchufes descubiertos, que los cobijen en las noches y que les den palmadas asegurándoles que todo está bien.

Mónica Lavín
http://nalocos.blogspot.com.es/2012/03/monica-lavin.html

1.268 – Él y él mismo

 Detenido por la policía, sostenía ante todos que se había ido a América en el vapor Suntanton.
Se telegrafió al puerto de Dakar, y de allí contestaron que, en efecto, a bordo iba un caballero con aquel nombre y aquellas señas personales.
«Devuélvanlo península», fue el telegrama de la policía.
Así la expectación que había en el puerto el día de la llegada del otro, que era él mismo, que le esperaba acordonado de gendarmes, sobrepasaba lo imaginable y las filas primeras de los espectadores caían constantemente al agua y se ahogaban.
El otro avanzó por la pasarela, y al llegar al que era él mismo, le abrazó y los dos quedaron convertidos en uno solo.
Entonces el «reintegrado» dijo a la policía:
— ¡Lo ven!

Ramón Gómez de la Serna
La otra mirada. Antología del microrrelato hispánico. Edición de David Lagmanovich. Ed MenosCuarto – 2005

1.267 – En un lugar de La Mancha

 Lo cual me recuerda —dijo un tercero— la historia de aquel porquerizo en un lugar de La Mancha. Había aprendido a leer y mitigaba el tedio de la aldea repasando viejas novelas. A fuerza de rehacer en la imaginación sueños ajenos acabó por creerse un caballero andante que iba de un lado a otro de la España corrompida por el oro de Indias.
El porquerizo escribió su delirio como pudo. Había conocido gracias a su trabajo a un recolector de provisiones para la Armada Invencible. Al saber que Cervantes se hallaba preso, le regaló su manuscrito. Si lo encontraba digno de la imprenta quizá al dejar la cárcel podría comer gracias al libro. Sentía afecto por el viejo que en años lejanos había intentado ser poeta, novelista, dramaturgo. Cervantes entretuvo las horas de su prisión reescribiendo los papeles de su amigo. Sancho Panza murió en 1599, sin recordar su obra ni al prisionero. Siete años después Cervantes publicó al fin la novela. Noble y honrado como era, la atribuyó a un inexistente historiador árabe, Cide Hamete Benengeli, y dio el nombre de Sancho al escudero del Quijote.

José Emilio Pacheco
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010

1.266 – Las reliquias

 Cuando la madre Angelines murió, las campanas del convento doblaron mientras un delicado perfume se esparcía por todo el claustro desde su celda. «Son las señales de su santidad», proclamó sobrecogida la madre superiora. «Nuestro tesoro será descubierto y ahora el populacho vendrá en busca de reliquias y el arzobispo nos quitará su divino cuerpo.» Después del santo rosario nos arrodillamos junto a ella. Hasta sus huesos eran dulces.

Fernando Iwasaki
Ajuar funerario.Ed Páginas de espuma. 2009