1.613 – No es por mala puntería

martin gardella Una multitud camina por las calles de la gran ciudad. Hombres y mujeres avanzan con pasos veloces, de manera desordenada, tratando de no chocarse entre sí, esquivando con audacia los baches y los vehículos que pasan en rojo.
Mientras tanto, desde la terraza de un rascacielos, alguien observa la escena con un arma entre sus manos. Examina individualmente a los caminantes, intentando adivinar a qué se dedican, cuáles son sus gustos y necesidades, si tendrán familia. Busca con dedicación a cada una de sus futuras víctimas escondidas entre la muchedumbre. Por costumbre, prefiere a los sujetos que muestran mayor infelicidad. Nunca elije niños y, salvo escasas excepciones, tampoco ancianos.
Cuando los tiene en la mira, dispara el arma repetidamente. Dos personas se detienen como consecuencia del impacto, pero por error una de ellas no coincide con las elegidas. Una vez más, no hay marcha atrás, el daño está hecho. Pero no le importa. Sabe que, de todos modos, da lo mismo.
Es imposible acertar todos los tiros si el blanco se mueve con tanta prisa, se justifica Cupido, mientras prepara otra flecha.

Martín Gardella

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1.612 – Regreso al hogar

alonso-Ibarrola2 Le ocurrió el hecho un día, al anochecer, de regreso a casa, tras haber cumplido su jornada laboral. Se había olvidado las llaves al salir de casa por la mañana y tocó el timbre. Al cabo de un rato abrió su mujer la puerta. «¿Qué desea usted?». Pensó que estaba de broma. Pero firme en la puerta, no le dejaba entrar. La pregunta volvió a formularla varias veces. Todo resultó inútil. La puerta se cerró con estruendo y rapidez. Rogó, suplicó, chilló, protestó, gritó… Los vecinos se asomaron para ver lo que ocurría en la escalera. Fue entonces, al ver sus rostros desconocidos, cuando se percató de que se había equivocado de portal… Y, por supuesto, de mujer.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.611 – Genética

Edgardo Ariel Epherra -¡Mami, Mami!- chilla Rebeca, ojos grandes, media sonrisa, un colmillo atrapando la punta de la lengua como para morderse la celebración, la mano cerradita sobre el lápiz que baja en picada rumbo a la hoja en blanco.
– ¿Qué, mi amor?- dice la madre desde el baño, con un ojo en su libro y otro en el drenaje del secarropas.
– ¡Se me escribió un cuento!

Edgardo Ariel Epherra

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1.606 – Principios de siglo

miguel angel flores El abuelo siempre hablaba de aquellos años, donde el futuro era color de rata, decía. Me contaba que por entonces los jóvenes tenían que emigrar para asegurarse un futuro, y que lo de estudiar era sólo casi para señoritos. Que los ricos eran muy ricos y que muchos de los que no lo eran, vivían de beneficencia; o de la caridad de los primeros, a los que les encantaba jactarse de ello. Que los que trabajaban no podían permitirse lujos, pero eran muy afortunados por tener con qué mantener a su familia, y a alguna más. Que continuamente la vida se encarecía al tiempo que los salarios menguaban. Que uno pagaba hasta para ir al médico. Que lo de tener casa propia era un sueño, al alcance de pocos, que podía acabar en pesadilla para muchos. Que los políticos hacían como que hacían para cambiar las cosas, para así no tener que hacer nada por cambiarlas. Que las leyes casi siempre beneficiaban al poder, no a los justos.
Mi abuelo hablaba con indignación de aquella época plagada de injusticias que le tocó vivir, en la que el pueblo apenas tenía derechos, mientras el rey apuntaba para otro lado. Cierto es que a lo mejor chocheaba un poco, pero quizá era verdad que a principios del siglo veintiuno las cosas eran así.

Miguel Ángel Flores

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1.605 – Sicario

victor lorenzo cinca Te acercas a cara descubierta porque ya no hay nada que esconder. Sin mediar palabra sacas la pistola y me apuntas al pecho, con un gesto así como muy peliculero. Yo me arrodillo, te suplico, lloro, tiemblo, aun sabiendo que no cambiarás de opinión. Cumples órdenes. Como último recurso te ofrezco dinero, drogas, mujeres, y tú sonríes mientras una a una vas negando todas mis ofertas con la cabeza. Sin más, vacías el cargador en mi cuerpo. A quemarropa. Un asesinato rápido, sin improvisaciones. ¿Lo has entendido? ¿Sí? Perfecto. Pues coge el dinero y la pistola de ahí encima y cuando quieras empezamos.

Víctor Lorenzo Cinca

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