Y se levanta, y el corazón del animal aún palpita entre los despojos, y ella hace ademán de limpiarse —la boca, el rostro, los brazos, el pecho—, pero decide quedarse quieta y contemplar la escena un rato más.
Un minuto, quizá dos, y luego volverá a sus quehaceres diarios —la comida, la ropa, la compra, los niños—. Nada de eso importa ahora que sabe de lo que es capaz.
Autor: carlos
3.594 – De las buenas costumbres
Los números cuadrados del taxímetro se iluminan, veo los ojos horrendos del taxista en el espejo y la coronilla de su cabeza con un par de orejas renegridas. Pienso en mi falda, jalo el borde para cubrirme las rodillas, imagino la impresión que debo darle tomando un taxi a esta hora, con la oscuridad apenas espantada por el alumbrado público, nebuloso e intranquilo. Lo que debe pensar de una mujer que anda en esta ciudad sin compañía. Debe oler el semen tibio aún entre mis piernas, debe oler la saliva que hiela los recovecos de mi oreja; seguro sabe que me robé un cenicero del hotel y que lo traigo en la bolsa. Nos vemos a través del espejo retrovisor, intento y no puedo identificar las calles, sólo la oscuridad ignota.
—No se preocupe señorita, a las niñas buenas, no les pasa nada.
Claudia Morales
3.593 – Fin de emisión
Cuando Manolo Escobar cantaba en la tele, mi madre no nos dejaba comer hasta que acabara, porque hacíamos mucho ruido con las cucharas. Para ella era el hombre más guapo del universo, decía siempre. Repitiéndolo hasta veinte veces, por lo menos, mientras duraba. Mi padre hacía como si no la oyera, pero tampoco tocaba los cubiertos. Y, mirándola, se le ponían los ojos como si sonrieran.
Si daban una película de la Loren, la Bardot, o alguna así, a mi madre automáticamente le daba un dolor de cabeza tremendo. Y se tenía que acostar antes de que acabara. Entonces, mi padre no sonreía con nada, sino todo lo contrario.
Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014
3.592 – Por mentiroso
A veces, cuando cierro los ojos, veo caras. Me ocurre en los aviones, y en el tren. Recuesto un poco la cabeza, bajo los párpados para descansar, y empiezan a desfilar por el interior rostros de personas que han pasado por mi vida: mis abuelos, mis compañeros de colegio, de universidad, mis profesores, mis novias, mis médicos, mis peluqueros, mis panaderos, mis jefes, pero también mis hijos, cuando eran pequeños… Algunos me hacen muecas de significado dudoso, otros abren la boca de un modo exagerado y pronuncian palabras sin sonido, algunos me guiñan el ojo o me observan con ironía o con piedad. No hay pautas, pues los que en la primera vuelta me miran con piedad en la segunda lo hacen con ironía. No sé qué rayos quieren. Cuando abro los ojos, cesa el desfile, pero es muy difícil permanecer doce horas en un avión con los ojos cerrados. Entonces me resigno a verlos pasar. Lo increíble es el detalle con el que aprecio todos y cada uno de los rasgos de su rostro. Es tal el realismo con el que se manifiestan que tengo la impresión de que podría tocar sus mejillas si alargara el brazo.
Se lo conté a mi psicoanalista después de un viaje a México y me dijo que qué pensaba yo que significaba aquello. Siempre comenzamos así las sesiones. Yo le pregunto algo y ella me dice que qué me parece a mí, es como un rito.
—A mí —le dije— no me parecía nada hasta que comenzó a aparecérseme también su rostro.
—¿El mío?
—El suyo, sí.
Era mentira, es una de las pocas personas que no se me aparece, no sé por qué dije aquello. El caso es que comenzamos a darle vueltas al asunto y llegamos a la conclusión de que quizá tenga yo una deuda moral con toda esa gente que pasa por el interior de mi cabeza. Tal vez me dieron algo que no les devolví, por lo que la culpa me atormenta. Sentí que era una buena explicación y pensé en la forma de saldar mis deudas. Cuando terminó la consulta, la psicoanalista me recordó que le debía un mes. A veces, las deudas económicas son morales también. Eso me pasa por mentir.
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
3.591 – Es el diablo…
Es el diablo el que da cuerda a los despertadores y por eso, cuando suenan, nuestro primer pensamiento suele ser sucio y blasfemo. Quienes se levantan a golpe de timbrazo son grandes pecadores: salen de casa con un nubarrón en la cabeza y siempre llevan al día la cuenta de sus rencores; sin embargo, los perezosos, los que se despiertan mansamente con la caricia del sol, son incapaces de cometer ningún pecado grave. En el Cielo no hay un solo despertador.
Óscar Esquivias
3.590 – Soy…
3.589 – El viaducto
¿Qué fuerza, qué imán, qué poder oculto tenía aquel viaducto que inducía a la gente a arrojarse desde él? Nadie lo sabía. Un día, un hombre de aspecto modesto. En otra ocasión una señora de edad avanzada que, antes de saltar la barandilla con grandes dificultades, depositó el capazo con la compra del mercado cuidadosamente sobre la acera… En cierta ocasión, otro hombre que transitaba por el viaducto escuchando a un sacerdote abandonó de improviso la compañía de este último y se arrojó rápidamente al vacío. El sacerdote expresó un gesto de impotencia… Colocaron a un guardia de vigilancia y con el tiempo también el guardia se arrojó al vacío. Colocaron a otro guardia, al cual doblaron el sueldo, y éste continuó en su puesto, por fortuna, hasta el día de su jubilación… Murió también en el acto.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.588 – Nocturno
La noche de diciembre se llena, en silencio, de nuevos transeúntes: hombres, mujeres, ángeles, colosos, demonios, gnomos, leones, esfinges o deidades, seres pálidos, de marmórea piel, que cruzan Madrid a toda prisa, embozados en sayos o capas, buscando la pensión salvadora, el techo cálido en que encontrar cobijo durante la madrugada de hielo, para volver horas después a atravesar como espectros veloces las calles, antes del amanecer, regresando al lugar del que partieron discretamente.
Esas noches ateridas, los pedestales de las estatuas más recónditas y los frontispicios de ciertas fachadas quedan exentos, vacíos, obsoletos, abandonados.
Miguel A. Zapata
3.587 – Residencias
Cuando llegó a la mayoría de edad, el poeta se mudó de la mansión familiar sobre la avenida T. S. Eliot a una casita modesta en la calle Pablo Neruda casi esquina Miguel Hernández, es decir, frente a la plazoleta La Pasionaria. Allí vivió largos años dichosos, mantenido por sus padres mientras escribía cantos de protesta contra la intervención estadounidense en diversos países. También militaba en otras causas nobles, generalmente africanas. A consecuencia del affaire Heberto Padilla comenzó a apartarse de sus primeras convicciones, por lo cual creyó conveniente mudarse a un piso de clase media en el paseo Paul Claudel. Después de varios cambios de gobierno que le acarrearon merecidas condecoraciones, un gobernador locuaz le ofreció la Secretaría de Cultura de su provincia. Pensó entonces que su residencia no estaría a la altura de sus nuevas obligaciones, por lo cual decidió adquirir un departamento en el Bulevar Marítimo José María Pemán, con sauna propia y piscina en la terraza. Allí, les confió a sus amigos, comenzaría para él una nueva etapa de felicidad.
David Lagmanovich
3.586 – El secreto sobre sus ojos
Un loco tiene una mancha violácea marcada en la frente desde el nacimiento. Él no lo sabe, pero allí lleva inscripta, en una lengua olvidada, la fórmula de la felicidad. Como le disgusta ese tatuaje involuntario, lo cubre con una vincha de tenis blanca que no se quita nunca, ni siquiera en absoluta soledad.
Los vecinos, sin conocer el secreto, se burlan a sus espaldas cada vez que sale a caminar con el atuendo en la cabeza. Por suerte, su demencia le permite mantenerse alejado de las críticas y seguir viviendo en su universo perfecto. Allí, la fórmula surte efecto: el loco sonríe con entusiasmo y plena felicidad.

