Hoy no va al instituto, le molesta la anilla en la nariz. Sentado en el parque, mientras espera la llegada del Gato y de la Zorra para pillar algo que le lleve al País de los Bobalicones, oye a una anciana de cabellera azul murmurar que los chicos de hoy son todos unos burros y nunca llegarán a ser personas.
No quiere pensar en Geppeto, al que una empresa de tiburones se traga de sol a sol. Aún no es capaz de cruzar el mar de rabia o el mar de sueños para rescatarle.
Autor: carlos
2.733 – El oficio III
Si el deseo de decir fuera esa mujer que cruza el río: he dicho un beso acaso. Pero si el deseo de decir fuera el deseo de esa mujer que ya ha cruzado el río: no he dicho nada. Nada: salvo aquello que dicen las palabras perdidas en un país desconocido. Entre cruzar y no cruzar: hay una enorme distancia. Entre decir y no decir: un río. A menos que haya una mujer esperándonos en la otra orilla, una mujer parecida a su deseo, valdrá la pena atravesar sus aguas. Pero sólo yendo sin volver: para que tenga sentido.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.732 – Un último favor
Al final se ha hecho justicia. El joven de origen desconocido, que ingresó en palacio haciéndose pasar por mozo de cuadra con el objetivo de desenmascarar al asesino de su padre, ha batido en duelo al malvado marqués que, además de arruinar a la familia del muchacho, urdía un plan siniestro para apoderarse del trono de la nación. El rey, en reconocimiento al valor demostrado por el joven paladín, le restituye el título nobiliario que le había sido arrebatado y le hace saber que está dispuesto a concederle lo que desee. El joven se apresura a pedir la mano de su hija, la princesa, de quien está locamente enamorado. Como respuesta, el rey se complace en anunciar de inmediato el enlace de la feliz pareja. El joven aprovecha para pedir que él y su nueva esposa puedan quedarse a vivir en palacio, de manera provisional, mientras duren las obras de reconstrucción del castillo que legítimamente le pertenece. El rey, manteniendo en su rostro la misma sonrisa comprensiva, accede también sin poner objeción alguna. El joven añade que -si no es mucha molestia- les dejen ocupar las dependencias del ala norte, frente al puente levadizo, por donde él debía trepar cada noche para ver a su amada en secreto. El rey, notando ya un ligero dolor de tipo nervioso en la mandíbula, asiente con la cabeza en señal de conformidad. Entonces el joven, abrumado por tanta generosidad, se dispone a pedir un último favor. Pero el rey lo interrumpe diciendo que, aunque sólo sea por cambiar de tema, le gustaría saber exactamente por qué mataron a su padre.
Pedro Herrero
2.731 – Maternidad *
Una noche lo vi. Amorfo, traslúcido, babeante, del tamaño de un perro. No tenía patas. Se arrastraba por las baldosas del cuarto de baño igual que una gigantesca lombriz o, mejor, como un espécimen colosal de ameba. Traté de ahuyentarlo con el palo de la fregona, pero éste se hundía en su carne fofa y transparente, sin que mis golpes parecieran hacerle el menor efecto. Madre me oyó gritar. Entró de repente con una garrafa amarilla en la mano y dijo: «Sólo los mata la lejía». Cuando lo roció con ella, el ser cambió de color y empezó a retorcerse violentamente. A duras penas logró elevar su cuerpo bamboleante hasta el borde de la taza del retrete e introducirse de nuevo por él. Madre tiró de la cadena. En ese momento, mientras recibía sus miradas de reproche, comprendí por qué siempre insistía tanto en que dejáramos la tapa del váter bajada.
Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011
* A Fernando Iwasaki
2.730 – Soy un Adán…
2.729 – Somos el centro del universo I
2.728 – La mujer de mi sueño
Por favor, coja número y espere. Me siento en la única silla desocupada. Enrollo y desenrollo el número 93 haciendo un canutillo cada vez más apretado, la pantalla electrónica salta al número 27. Cambian las unidades y las decenas, algunos números se dilatan atascados en largos minutos, pero no tengo prisa. Llega mi turno. Después de grabar los datos y pagar mi dispositivo UST, vuelvo a casa. Tomo una cena frugal, inserto el UST en mi RB2 y me dispongo a disfrutar del sueño recién comprado. Pocos segundos después de apoyar la cabeza en la almohada, cae el pesado nido. Las imágenes llegan puntuales como prometía la publicidad del producto. Todo es tal como lo imaginé, como conseguí describirlo. Y ya por fin la tengo delante. A ella, mi amada, distante y hermosa, moviendo sus labios asalmonados que imagino rellenos de pulpa de fresa, suave y jugosa. Me habla a mí, me mira con estudiada coquetería. Mi corazón aletea ingrávido. Por favor, coja número y espere, dice la mujer de mi sueño.
Araceli Esteves
2.727 – Puentes
Entre la casa de mi vecina y la mía hay un puente. El puente lo construimos una mañana soleada. La mitad ella y la mitad yo. El puente lo utilizamos para comunicamos o para distanciamos. Cuando ella necesita una taza de café, cruza el puente y me lo pide. A veces incluso lo bebe conmigo, acompañado de un pan tostado. Lo mismo: cuando yo ocupo un poco de queso o una loncha de tocino, cruzo el puente y se lo pido. Ella misma, incluso, me lo envuelve en un pedazo de papel aluminio. Sin embargo, cuando no le parece algo que he hecho sin darme cuenta, quita su parte de puente que puso y la coloca sobre la rejilla del jardín. Y de igual modo: cuando no me gusta la blusa que trae o las visitas que recibe, desmonto mi parte de puente que puse y lo recargo en la bardilla del sótano. El puente nos ha servido para acercarnos, algunas veces, y para distanciarnos, otras, que es para lo que en realidad sirven los puentes o, en todo caso, los vecinos como nosotros.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto – 2010
2.726 – La caca
Era la hora de la siesta y me encontraba tumbado en el sofá, aturdiéndome con un programa cualquiera de la tele, cuando sufrí un arrebato místico en cuyo transcurso los dioses (porque eran varios) me revelaron que el sentido de la vida del hombre era la producción de caca. La sorpresa, como comprenderán, fue mayúscula, de modo que volví a preguntar y recibí idéntica respuesta. Por lo visto, hemos sido creados, al igual que el resto de los animales, para producir aquello que tomamos equivocadamente por un residuo; el residuo somos nosotros. La caca es la estrella, por eso hay tantas clases de heces, cada una con su textura y su tamaño, desde la de la mosca a la del elefante. Los dioses no nos quieren, pues, por nuestra alma, sino por nuestros excrementos, que alimentan y dan lustre al mundo vegetal. El mundo vegetal, a la chita callando, resulta que es el rey de la creación, de ahí que los perros levanten la pata cuando pasan junto a un árbol: es su modo de orar, porque los perros saben a qué han venido a este mundo y quién es quién.
Una vez más, pensé en medio de aquel arrebato místico-escatológico, los sentidos nos han engañado. Decía Freud en un célebre artículo que el narcisismo del hombre ha sufrido a lo largo de su historia tres grandes heridas. La primera fue descubrir que no éramos el centro del universo; la segunda, que descendíamos del mono; la tercera, que el yo no manda nada. Me fastidia haber dado con la cuarta, pues jamás he envidiado el destino cruel de los descubridores. Quizá algún día mi nombre figure junto al de Copérnico, al de Darwin, al de Freud, genios que supieron mirar adonde debían para no dejarse arrastrar por las apariencias. Bien, ¿y qué? ¿Qué importa figurar en ese cuadro de honor cuando sabes que lo único que los dioses esperan de ti es que vayas al baño con regularidad?
Juan José Millás
Articuentos completos. Ed. Seix barral. 2011
2.725 – Simulacro
Poner en hora un reloj nos prepara para la muerte. Constituye un ensayo, un simulacro fiel de nuestro envejecimiento.
Porque, ¿quién no ha hecho girar alguna vez con rapidez sus bracitos desiguales sin experimentar de pronto el vértigo de las horas, un cansancio repentino en las rodillas, la tristeza irreparable de parecernos a nuestros padres primero, y después a nuestros abuelos? ¿Quién ha puesto alguna vez en hora su reloj sin sentir una súbita decrepitud, un rumor de entierros: la pavorosa visión de la muerte viniéndosenos encima sin delicadeza ni preámbulo, como el amor un verano, como el camión que se salta la mediana y nunca más?



