Quizás, quizás.

ana maria shuaSi los elefantes duelen y la carpa tiene un sabor amargo, si las serpientes empapan de sudor frío los trapecios y los tigres te devoran la memoria, si se oyen los gritos del mago pidiendo socorro pero nadie lo ve, si el domador azota a la ecuyere y no hay payasos, sobre todo si no hay payasos, es aconsejable retirarse despacio, sin que nadie lo note, quizás no sea un circo, a veces es mejor no preguntar.

Ana María Shua

Mi manta no funciona

federico fuertes guzmanSu mecanismo parece simple pero estos objetos que no presentan dificultades de funcionamiento son los más complicados de reparar. La misión principal de una manta es abrigar al género humano, sea invierno o verano. Pues la mía ha dejado de abrigar. Como siempre, después de rezar nuestras oraciones, entramos en la cama y nos disponernos a dormir. Pero a los pocos minutos sentimos frío, el mismo frío que sentiríamos de no tener sobre nosotros una gruesa manta de lana. Hacemos la prueba con otras mantas para ver si el problema es nuestro. Pero las demás funcionan con solvencia: a los pocos minutos el calor rodea nuestros cuerpos y empezarnos a descender por la pendiente del sueño.
Mañana por la mañana tendremos que empezar la dificultosa ronda de llamadas en busca de alguien que sea capaz de reparar una manta que no hace bien su trabajo.

Federico Fuertes Guzmán

Territorios

hipolito-gnavarro2Yo, de perro, la verdad es que no me ando con pamplinas. Nada de micción en tronco de árbol o señal de tráfico, nada de sólida esquina de edificio, nada de esos llamativos adoquines de los alcorques. Si hay que marcar un territorio, señalar un dominio, ¿qué porvenir tengo de perro meando en mi barrio y adyacentes?, ¿cuántos barrios puede cubrir la meada de un perro? Yo voy más allá, no me ando con chiquitas ni provincianismos. Me especializo en ruedas de vehículos (tapacubos, llantas y neumáticos), y de últimas no meo ruedas a tontas y a locas, así como así, no. Distingo ya perfectamente las matrículas, dosifico, me expando. Adoro esas matrículas de colores extranjeros, amarillas, azules, verdes…

 

 

Hipólito G. Navarro

Reescribir lo perdido

alejandro bentivoglioDeciden enamorarse y lo hacen. Deciden permanecer juntos como una historia sin final y lo hacen. Pero luego él llega tarde un día y ella está sentada en la cama con sus piernas desnudas y una cara que quizás nunca fue la de ella y él la observa y ve todas esas páginas en blanco que su pecho esconde y también la tinta borroneada que se escurre bajo sus ojos.

Alejandro Bentivoglio

Onetti

eduardo galeano2Yo no tenía ni veinte años y andaba jugando a la gallina ciega en las noches del mundo.
Quería pintar, y no podía. Quería escribir, y no sabía. A veces escribía algún cuento, y a veces se lo llevaba a Juan Carlos Onetti.
Él estaba siempre en cama, por pereza, por tristeza, rodeado de pirámides de puchos, tras una muralla de botellas vacías. Yo me sentía en la obligación de emitir frases inteligentísimas. El maestro Onetti miraba al techo y no abría la boca más que para bostezar, fumar y beber, lenta sueñera, pitadas lentas, tragos lentos, y quizá mascullaba algún fruto de sus prolongadas meditaciones sobre la situación nacional e internacional:
-La cosa se jodió -decía- el día que los milicos y las mujeres aprendieron a leer.
Sentado a su orilla, yo esperaba que él me dijera que aquellos cuentitos míos eran indudablemente geniales, pero él callaba y a lo sumo gruñía o me estimulaba así:
Mirá, pibe. Si Beethoven hubiera nacido en Tacuarembó, habría llegado a ser director de la banda del pueblo.

Eduardo Galeano

Doble vida

Eduardo Berti 2En cuanto supe que mi padre había llevado en sus últimos treinta años una doble vida, sucumbí a la curiosidad y averigüé el nombre de su otra mujer y la dirección del otro hogar. llamé a la puerta con una excusa cualquiera -una inspección de la compañía de seguros, o algo así-, y una mujer alta y equina me invitó a entrar. Entonces no pude dar crédito a lo que veía: el interior de aquel hogar era una réplica perfecta del que habíamos compartido mi padre, mi madre y yo; los mismos muebles, los mismos sillones con el mismo tapizado distribuidos exactamente igual, y hasta los mismos cuadros, los mismos platos de porcelana y las mismas esculturas de yeso.
De vuelta en casa, esa noche me dediqué con malévolo placer a desordenar los muebles y a revolver las cosas en los estantes. Mi madre seguía perpleja mis movimientos, pero no le dije nada de mi visita a la casa y cenamos en silencio.
De pronto recordé la vez que, siendo un niño, rompí el jarrón chino que flanqueaba el diván. El enojo de mi padre al saber del accidente me había parecido desproporcionado. Ahora podía entenderlo. Podía incluso imaginarlo al día siguiente, destruyendo a conciencia el jarrón igual, sólo para conservar la simetría con su otro hogar.
Eduardo Berti

La amante

hernanriveraDespués de hacer el amor, el hombre enciende un cigarrillo y apoya la cabeza dulcemente en su hombro. Como ensimismado, en los reflejos de luz de la gran lámpara de cristal, comienza a hablarle, ronroneante, de lo feliz que es con ella (y de lo desdichado que fue, en cambio, en sus veinte años de matrimonio). «Ah, si sólo hubiera sabido de ti antes», le dice amoroso.Y la abraza y la besa largamente. En el abrazo la toca sin querer con el cigarrillo y, en un fuuuuuu lánguido, penoso, conmovedor, su recién adquirida amante comienza estrafalariamente a desinflarse.

Hernán Rivera Latelier