La mano humedecida por la lluvia tiene tacto de arco iris.
Rafael Pérez Estrada
La mano humedecida por la lluvia tiene tacto de arco iris.
Rafael Pérez Estrada
La mosca es un punto y seguido que anda por toda la página en blanco.
Guillermo Samperio
Una mujer con lutos de viuda lloraba sobre una tumba.
Durante días, el pequeño Matthew sumó valor y estudió y maduró su plan.
La contemplación del espejo, al final del oscuro corredor, lo mantuvo abstraído largo rato; buscaba esa sombra indefinida y espeluznante que a veces, de soslayo, creía ver en el azogue. La manita izquierda se hizo puño, la derecha comprimió el martillo. Sobre la alfombra, avanzó con desnudos pasitos y se detuvo, porque el espejo también había dado unos pasos hacia él.
«¡¡¡Te oí, a la cama!!!», exigió la voz desde un dormitorio.
Matthew blandió el martillo en gesto de amenaza. «Volveré», cuchicheó.
El espejo retrocedió hasta la pared.
Orlando Romano
Firmó el contrato: tres deseos a cambio de su alma. Al cumplirse el tercero terminaría su vida. En letras pequeñitas se leía: “…cualquier cosa, excepto la inmortalidad”.
El primer deseo que pidió fue tener dinero. Después querría poseer fama y talento. Para terminar solicitó leer todos los libros existentes.
Laurel
En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.
Me dijo que el Emperador, conmovido por su prosa, le regaló diez años más de vida, al cabo de los cuales le concedería una noche para la lectura de lo que hubiese escrito y luego lo decapitaría. El escritor miró a las estrellas y comprendió que su tiempo era un pestañeo en el universo. Tomó entonces a su hija pequeña y comenzó la tarea.
Al cumplirse el plazo, el Emperador se presentó ante su puerta.
El escritor trajo a la muchacha y le dijo:
-Cuando termines la lectura, la devuelves a su madre y me decapitas-. Luego, el escritor retiró el manto de seda que cubría el cuerpo de su hija. El Emperador contempló los hombros, el cuello, las axilas, el pubis y vio que el cuerpo entero de la muchacha estaba escrito en una apretada caligrafía.
Creo haber oído que aquella noche el Emperador amó a la muchacha. Dicen que la leyó una y otra vez, pero lo asombroso es que a cada giro del amor, los cuentos se entremezclaban y nunca podía leerse la misma historia. El escritor murió anciano. El Emperador también de viejo y feliz. Dicen que la muchacha no murió jamás. A veces va a los bares, y antes de desnudarse, cuenta historias como ésta.
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De repente, tuve la idea de haber vivido ese momento en que tuve la impresión de haber vivido ese momento.
Armando José Sequera
Desde un tiempo, quienes se aventuraban a entrar al único callejón sin salida de la ciudad, desaparecían. Alerta a todo, el burgomaestre decidió poner allí un cartel de advertencia: «Solo sirve para salir»
Walter Garib
Los libros ocupan metros y muebles, los cortes se llenan de un polvo microscópico especialmente difícil de eliminar, pesan mas de lo conveniente cuando se agrupan en cajas para mudarse y, por lo general, nos mueven a la estupidez y al delito cuando intentamos relacionarnos con ellos: acumulación masiva, especulación cultural, tráfico de citas, angustia de usurero y desordenes afectivos.
Elena García de Paredes