El duelo

orlando romanoDurante días, el pequeño Matthew sumó valor y estudió y maduró su plan.
La contemplación del espejo, al final del oscuro corredor, lo mantuvo abstraído largo rato; buscaba esa sombra indefinida y espeluznante que a veces, de soslayo, creía ver en el azogue. La manita izquierda se hizo puño, la derecha comprimió el martillo. Sobre la alfombra, avanzó con desnudos pasitos y se detuvo, porque el espejo también había dado unos pasos hacia él.
«¡¡¡Te oí, a la cama!!!», exigió la voz desde un dormitorio.
Matthew blandió el martillo en gesto de amenaza. «Volveré», cuchicheó.
El espejo retrocedió hasta la pared.

Orlando Romano

La confesión

Manuel_Peyrou_3En la primavera de 1232, cerca de Aviñón, el caballero Gontran D’Orville mató por la espalda al odiado conde Geoffroy, señor del lugar. Inmediatamente confesó que había vengado una ofensa, pues su mujer lo engañaba con el Conde.
Lo sentenciaron a morir decapitado, y diez minutos antes de la ejecución le permitieron recibir a su mujer, en la celda.
-¿Por qué mentiste? -preguntó Giselle D’Orville-. ¿Por qué me llenas de vergüenza?
-Porque soy débil -repuso-. De este modo simplemente me cortarán la cabeza. Si hubiera confesado que lo maté porque era un tirano, primero me torturarían.
Manuel Peyrou

Cuento tal vez oído en un bar a las tres de la mañana

pia-barros0311Me dijo que el Emperador, conmovido por su prosa, le regaló diez años más de vida, al cabo de los cuales le concedería una noche para la lectura de lo que hubiese escrito y luego lo decapitaría. El escritor miró a las estrellas y comprendió que su tiempo era un pestañeo en el universo. Tomó entonces a su hija pequeña y comenzó la tarea.
Al cumplirse el plazo, el Emperador se presentó ante su puerta.
El escritor trajo a la muchacha y le dijo:
-Cuando termines la lectura, la devuelves a su madre y me decapitas-. Luego, el escritor retiró el manto de seda que cubría el cuerpo de su hija. El Emperador contempló los hombros, el cuello, las axilas, el pubis y vio que el cuerpo entero de la muchacha estaba escrito en una apretada caligrafía.
Creo haber oído que aquella noche el Emperador amó a la muchacha. Dicen que la leyó una y otra vez, pero lo asombroso es que a cada giro del amor, los cuentos se entremezclaban y nunca podía leerse la misma historia. El escritor murió anciano. El Emperador también de viejo y feliz. Dicen que la muchacha no murió jamás. A veces va a los bares, y antes de desnudarse, cuenta historias como ésta.

Pia Barros

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Dame lumbre, prenda.

elena garcia de paredesLos libros ocupan metros y muebles, los cortes se llenan de un polvo microscópico especialmente difícil de eliminar, pesan mas de lo conveniente cuando se agrupan en cajas para mudarse y, por lo general, nos mueven a la estupidez y al delito cuando intentamos relacionarnos con ellos: acumulación masiva, especulación cultural, tráfico de citas, angustia de usurero y desordenes afectivos.

Elena García de Paredes