2.973 – De parranda

Alexandr Zchymczyk  Luego de su célebre victoria en Troya, Ulises se sintió con todo el derecho de tomar unas largas vacaciones, así que zarpó junto con su tripulación dispuesto a recorrer los siete mares. Pasó diez años celebrando magníficas veladas y gloriosas bacanales. Hasta que un día, sin darse cuenta, desembarcó en Ítaca, su isla natal. La Odisea es sólo una excusa presentada para calmar a la furibunda Penélope.

Alexandr Zchymczyk

2.977 – Déjà vú: tú y yo ya nos hemos olvidado antes.

luisa-Maria-martin-alonso  La volvió a ver después de demasiado tiempo. Ya eran como desconocidos, nada que ver con lo que eran en un principio. Se volvió a fijar en ella (imposible no hacerlo). Siempre le había llamado la atención su perfecta sonrisa, pero a él no le engañaba como a los demás, veía a kilómetros sus ojos oscuros, de mirada triste. Iba caminando sola, con su melena suelta, la que tantas mañanas había acariciado él al despertarse. Se dio cuenta de que él la miraba y empezó a jugar con un mechón de pelo para distraerse. De repente, los recuerdos empezaron a inundarla.  Recordó quién era él y los momentos que habían pasado juntos se le vinieron encima. Recordó lo mucho que le había echado de menos y empezó a lloverle por dentro, aunque no notó mucho el cambio, ya tenía el alma congelada desde que él se había ido. ¿Qué hacía él ahí? Porque estaba segura de que no venía a por ella. Él se preguntaba lo mismo, no sabía por qué razón había vuelto allí, sabiendo que se la iba a encontrar. Supuso que la echaba de menos, pero su orgullo no le permitía aceptarlo. Ella se le acercó y le dijo,»Hola, he notado que me mirabas.»
Él solo pudo afirmar con la cabeza. Ella había aprendido bien eso de ser una hija de puta, lo había aprendido de él, y para hacerle más daño le dijo, «¿Te conozco? Me suena tu cara.» Él se quedó frío, se esperaba cualquier cosa menos eso. «Ah sí, a ti ya te he olvidado antes.» Dijo ella. «Bueno, espero que no te importe que no me acuerde de ti, me centro en las cosas importantes, lo siento. Ten un buen día.» Le sonrió y se dio la vuelta para irse. Él se sintió morir, no se imaginaba que ella hubiera podido olvidarle tan rápidamente cuando aún se acostaba cada noche pensando en ella. Lo único que le consolaba era saber que su sonrisa era forzada, y que sus ojos seguían con la mirada triste desde que él no estaba. El orgullo les había ganado esa batalla.

María Martín Alonso

2.971 – Zona de descarga

manuel moya  Durante el día se dedicaba a desenredar minuciosamente la madeja de su cabeza y a veces encontraba versos y otras escapaban liebres por entre unos cabos tan trabajosamente liberados, que a ella le parecían, de tan intrincados, matorrales. Por la noche -¿pero con qué oscuro propósito?- la madeja volvía a enredarse, las liebres copulaban a sus anchas bajo los matorrales y ella se sentía, ignoraba por qué, atrozmente liberada.

Manuel Moya

2.970 – Siempre

ana vidal  ¿Qué significa siempre, cuánto dura? Siempre fue el instante en que dijiste que me querías; hasta siempre, el momento en que te marchaste, porque aquello no podía ser, porque no te venía bien. Y yo que te querría siempre, pero tú nunca volvías, ni siquiera cuando aquel chico del barrio me sonrió, habló conmigo, me pidió el teléfono y lo apuntó en su agenda –y no en un papel, como hiciste tú-. Entonces pensé que siempre significaba otra cosa, que a veces no entendemos las palabras cuando las decimos.
Allá voy, a mi primera cita con otro, con el vestido que siempre me decías que te gustaba tanto, que me quedaba tan bien, y veo a dos enamorados en un café, las manos entrelazadas, y un anillo de para siempre. Y otra vez, como siempre, pienso en ti.

Ana Vidal
Érase de una vez, editorial Enkuadres

2.969 – Toco tu boca…

Julio Cortazar  Toco tu boca, con un dedo todo el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos, donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Julio Cortázar
Rayuela

2.967 – ¡La peor experiencia de mi vida!

armando_jose_sequera  Tras ganar el premio Nobel y recibir las felicitaciones del rey de Suecia, me entregaron el cheque que me permitiría llegar a mi oficina y decirle a mi jefe que esperaba que, a partir de aquel día, se pudriera en el infierno, pero el estruendo de los aplausos me despertó.

Armando José Sequera
Velas al viento. Los microrelatos de la Nave de los Locos. Ed cuadernos del vigía. 2010

2.966 – Agujero negro

jose maria merino 3  El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.

José María Merino
La glorieta de los fugitivos. Incluido en Antología del microrrelato español (1906-2011).

2.965 – Pereira conoce a su asesino

carlos iturra  El señor Pereira conoció a su asesino en un banco de la plaza de armas. Atardecía, era verano, y el chico reposaba lánguidamente, echado hacia atrás, cuando él lo descubrió; cuando él, por esas tretas del destino, lo eligió. No era tan chico después de todo, porque iría camino de los treinta. Parecía obrero, pese a cierta arrogancia de su actitud, como la de quien sabe que vale; el gesto de su boca era el de alguien convencido de merecer en la vida un puesto mucho más cómodo que el de obrero. Pereira dio aún otra vuelta antes de decidir que no podía menos que sentársele al lado: era una versión casi gloriosa del trabajador promedio en estado puro, la quintaesencia del hombre de pueblo común y corriente, algo que él estimaba de sumo interés, aunque quizá nadie más en esa plaza viera tales virtudes en el sudoroso y tostado ejemplar. Se llamaba Gerardo, había llegado del sur un año antes, vivía con parientes en las afueras de Santiago, trabajaba reponiendo mercaderías en los estantes de un supermercado… Y tenía más de treinta, pero se negó a precisar, riendo. Pereira, que podía ser su padre, pues tenía sesenta y ocho, tampoco quiso confesar la edad cuando le tocó el turno de las respuestas: vivía solo, sí, a un par de cuadras de ahí, era dentista y estaba retirado, se había divorciado hacía décadas, sus dos hijas vivían en Buenos Aires… «¿Por qué no seguimos conversando en tu casa, mejor?», preguntó por último Gerardo, repentinamente inquieto, «no me gusta que nos vean aquí…» ». «Posupuesto, vámonos. Te abro una botella de whisky envejecido que me llegó». Se internaron en el anonimato de la muchedumbre y, aunque anochecía, los dos opinaron que la temperatura estaba lejos de bajar.

Carlos Iturra