Supo de inmediato que el paracaídas no se le abriría. Estaba a tanta altura que todavía tardaría varios minutos en estrellarse contra el suelo. Era tan joven que tenía muy poco que rememorar de su vida pasada mientras que se dolía por la pérdida de aquella otra que ya no iba a conocer. En su mente se produjo entonces una súbita aceleración. No tenía novia, pero conoció a una chica en la piscina y se casó con ella. Tuvieron dos hijos. El mayor se hizo militar como él. El menor, cosa sorprendente, guionista de televisión. Y no le iba mal. Sus nietos, sólo dos, se llamaron Daniel y Adela, nombres que no tenían tradición en la familia. Sólo sentía la pena de no poder asistir a la boda de su nieta, aunque los viejos se acostumbran pronto a la muerte como si fuera un animal de compañía. Y él, cuando su cuerpo se rompió contra el suelo, ya había alcanzado los ochenta y tres años de vida.
2.984 – Ni colorín ni colorado
Cenicienta, que no era rencorosa, perdonó a la madrastra y a sus dos hijas y comenzó a recibirlas en Palacio. Las jóvenes no eran demasiado agraciadas, pero empezaron a tener mucha familiaridad con el príncipe, y pronto los tres se hacían bromas, jugueteaban. A partir de unos días de verano especialmente favorables al marasmo, ambas hermanas tenían con el príncipe una intimidad que despertaba murmuraciones entre la servidumbre. El otoño siguiente, la madrastra y sus hijas ya se habían instalado en Palacio. La madrastra acabó ejerciendo una dirección despótica de los asuntos domésticos. Tres años más tarde, la princesa Cenicienta hizo público su malestar y su propósito de divorciarse, lo que acarreó graves consecuencias políticas. Cuando le cortaron la cabeza al príncipe, Cenicienta hacía ya tiempo que vivía con su madrina, retirada en el País de las Maravillas.
José María Merino
Ciempiés. Los microrelatos de quimera. Ed. Montesinos
2.983 – La muñeca hinchable
Cuando Desideria, mi muñeca hinchable, me abandonó por otro hombre, comprendí que mi soledad ya no tenía remedio.
-Fue hermoso mientras duró -le confieso esta mañana a Jenaro, que es mi mejor amigo-. Nunca más volveré a encontrar a nadie como ella. En los diez años que duró nuestro amor, ni una sola recriminación, ni una sola palabra más alta que otra. Lo nuestro fue, sobre todo, un dulce monólogo.
-Dime -me pregunta Jenaro-, ¿quién fue, en ese monólogo, el único que hablaba?
-Ella -reconozco.
-Pues no me extraña que al final se fuese con otro -dice mi amigo-. El silencio de nuestra pareja nos acaba aburriendo mortalmente. Aburre incluso a las muñecas de silicona.
Javier Tomeo
2.982 – Propiocepción amorosa
2.981 – Confesión
2.980 – Mermelada de moras
Margarita ensombrece el semblante y empieza a llorar. No me fío, sin embargo, de las lagrimitas de mi adorable amiga, pues todo el mundo sabe que es una consumada maestra en el arte del fingimiento.
Le pregunto qué es lo que le ha puesto triste -sobre todo, teniendo en cuenta que amaneció un día espléndido, que luce un sol radiante y que cantan al mismo tiempo todos los pájaros en el jardín- y le echa la culpa a la mermelada de moras que acaban de servirnos en el desayuno.
Esa oscura mermelada le ha hecho pensar en Píramo y Tisbe, aquellos desgraciados amantes de quienes nos hablan Higinio y Ovidio.
-No sé qué amores fueron esos -le confieso.
Margarita me explica que Tisbe, la más amable de las doncellas de Babilonia, era la amada de Píramo, que vivía en la casa contigua y que esos dos chicos solían platicar a través de la hendidura de una pared.
-Una noche -sigue explicándome-, decidieron encontrarse debajo de un moral, pensando que ya estaba bien de inocentes platonismos.
-¿Y qué pasó luego?
-Tisbe acudió al lugar de la cita, pero huyó al ver acercarse a una leona. Perdió el velo en la huida y la leona lo manchó con la sangre de su última víctima. Cuando Píramo llegó al moral encontró el velo y pensó que alguna bestia feroz había devorado a su enamorada.
-¡Vaya por Dios! -suspiro, reprimiendo un bostezo e intercambiando con el camarero que nos está sirviendo una mirada de inteligencia.
-Píramo se suicidó con su propia espada y la sangre tiñó las moras, que antes eran blancas. Cuando llegó Tisbe y descubrió a su amante muerto, pidió al moral que sus frutos, una vez maduros, fuesen siempre negros, en señal de luto. Una vez que formuló ese deseo, se mató con la misma espada de Píramo. ¿No te parece triste?
-Muy triste, tienes razón -le digo-. Tan triste que prefiero que nos sirvan otra clase de mermelada. Por ejemplo, mermelada de naranja, que me parece más alegre que las moras. No podemos empezar nuestras vacaciones con el recuerdo de tanta fatalidad.
Javier Tomeo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015
2.979 – Aviso
La isla prodigiosa surgió en el horizonte como una crátera colmada de lirios y de rosas. Hacia el mediodía comencé a escuchar las notas inquietantes de aquel canto mágico.
Había desoído los prudentes consejos de la diosa y deseaba con toda mi alma descender allí. No sellé con panal los laberintos de mis orejas ni dejé que mis esforzados compañeros me amarraran al mástil.
Hice virar hacia la isla y pronto pude distinguir sus voces con toda claridad. No decían nada; solamente cantaban. Sus cuerpos relucientes se nos mostraban como una presa magnífica.
Entonces decidí saltar sobre la borda y nadar hasta la playa.
Y yo, oh dioses, que he bajado a las cavernas de Hades y que he cruzado el campo de asfodelos dos veces, me vi deparado a este destino de un viaje lleno de peligros.
Cuando desperté en brazos de aquellos seres que el deseo había hecho aparecer tantas veces de este lado de mis párpados durante las largas vigías del asedio, era presa del más agudo espanto. Lancé un grito afilado como una jabalina.
Oh dioses, yo que iba dispuesto a naufragar en un jardín de delicias, cambié libertad y patria por el prestigio de la isla infame y legendaria.
Sabedlo, navegantes: el canto de las sirenas es estúpido y monótono, su conversación aburrida e incesante; sus cuerpos están cubiertos de escamas, erizados de algas y sargazo. Su carne huele a pescado.
Salvador Elizondo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto.2015
2.978 – Cuando Elisa pidió…
Cuando Elisa pidió a su esposo, el día del aniversario de su boda, la opinión sobre aquellos quince años pasados juntos, a Juan le fue totalmente imposible volver de aquel lejanísimo tiempo en que preguntas como aquélla hubieran podido tener algún sentido. De aquel lugar casi prehistórico en su memoria, en que constató y asumió como una calamidad más en su vida, que vivía y que probablemente viviría por el resto de sus días, con una perfecta extraña. Elisa miraba a Juan volviéndose a medias desde el fregadero. Era obvio que esperaba una respuesta. Él, venciendo un súbito e intenso ataque de terror, se levantó precipitadamente de la mesa en que comía, alegando haberse olvidado unas carpetas dentro del coche. Cuando Juan volvió, Elisa ya no recordaba en absoluto que hacía unos pocos minutos era una esposa junto a un fregadero, esperando una respuesta.
Julia Otxoa
En Kískili-Káskala. Incluido en Por favor, sea breve
2.977 – Encuentros, desencuentros
Me sucedió mientras leía un libro de Walter Benjamin en el aeropuerto de Berlín. Al levantar la mirada de aquellas páginas tan hondas, me di cuenta de que había olvidado si acababa de llegar o estaba a punto de partir. Quise reflexionar por un instante, pero fue inútil. Las personas entraban y salían, llegaban y se retiraban. Una mujer me sonrió justo en el momento de mi desacierto. Esa mujer se parecía a mi país pero tal vez no era mi país. Estaba solo, con el equipaje recargado en mis piernas. Me abandoné a la desmemoria, me inmiscuí en sus pasillos de sombra. ¿Alguien podría darle ahora un calendario y una habitación propia a aquella sensación única? Encuentros, desencuentros, eso fue todo lo que empezó a significar la vida para mí.
Rogelio Guedea
Cruce de vías. Ed. Menoscuarto,2010
2.976 – Crónica del 2080
Dio cuerda a diminutos murciélagos que revolotearon en la reducida cocina de su departamento en condominio, y los contempló arrobada. Cuando los animalillos cayeron al suelo, despertó del sueño. Introdujo la poción mágica en el horno de microondas, aventó al sofá su negro gato de peluche mientras maldecía el reglamento que prohibía los animales domésticos, se colocó la máscara antigases, y en su flamante aspiradora salió a dar su acostumbrado paseo por la ciudad, en esa hermosa noche de luna llena.

