Sedúceme con tus comas, con tus caricias espaciadas, tu aliento respirable y tus atrevimientos continuos; colócame el punto y coma para cambiar las caricias por largos besos y frases susurradas boca a boca. Haz un punto y seguido para desatarte de mí y contemplar mi desnudez sobre tu cama, ahora interrumpe con guiones para soltar un halago sobre mi cuerpo y su huella en el tuyo —recorrer con la mirada el talle y el hundimiento en la cintura, el ascenso en la cadera, la larga prolongación de las piernas rematadas por un pie que no resistes besar—. Embísteme sin mi rechazo y tortúrame con la altivez de tu deseo arrastrándome muy lejos (al borde del abismo entre paréntesis y sin comas por favor), ahora desenvaina tus puntos suspensivos… —maldito trío de punto— ese espacio sin nombre no se alcanza.
Un punto y aparte para calmar el temblor de mi cuerpo y sonreírte al tiempo que me das de beber del vino espumoso en una copa. Borro mis interrogaciones. Toda una antesala para retomar tus comas y regalarme la humedad de tu boca y la suavidad de tu respiración en mis orejas, cuello, nuca, hombros; atacar con puntos y comas nuevamente para buscar con tu dedo un clítoris congestionado, pasar tu lengua entre esos labios escondidos y saborear mis secreciones —robármelas entre guiones— y atizar de nuevo en mi centro ardiente ocupándolo, sosteniendo el ascenso ¡inminente! con signos de exclamación, la eyaculación inevitable… hasta acabar con los puntos suspensivos y vaciarte todo en mí y desplomarte extenuado, aliviado y amoroso en mi cuerpo complacido.
De nuevo un punto y aparte para dormir sobre mi pecho y poner punto final al entrecomillado «acto» que en este caso es un hecho amoroso sin ningún viso de actuación.
Si estoy equivocada, felicito tu dominio de la puntuación.
Punto final.
3.364 – El test del amor
Cuando dijo que la amaba tanto como para pasar el resto de su vida con ella, la mujer le planteó un desafío para comprobarlo. Lo observaría comportarse durante todo un día. Cada vez que él hiciera algo que a ella le agradaba, trazaría un corazón en un anotador. En cambio, si él actuaba de manera negativa, ella iba a dibujar una pequeña calavera. Al otro día, contarían los corazoncitos y las calaveritas y, dependiendo de cual fuera el símbolo más repetido, ella tendría una respuesta.
A la mañana siguiente, él logró el primer corazón por llevarle el desayuno a la cama. Pero olvidó que ella prefería edulcorante en vez del azúcar, y sumó también así su primera calavera. Más tarde, la invitó al cine y le regaló un vestido que ella ansiaba. Pero también cometió algunos errores, como olvidar levantar los platos de la mesa o arrojar sus medias al costado de la cama.
Al anochecer, en el anotador había ocho corazoncitos e igual cantidad de calaveras. Todo indicaba que la prueba terminaría en paridad. Quizás por eso, aquella noche, él se fue a dormir nervioso. Y, cuando eso ocurre, es normal que él haga ruidos molestos durante el sueño. Y ella odia los ronquidos.
Él lo supo al día siguiente, al encontrar el anotador con nueve calaveritas sobre la mesa de luz. Afuera, ella se alejaba para siempre en un coche repleto de valijas. En el asiento trasero, sus hijos en común lloraban por no haber podido siquiera despedirse.
Martín Gardella
3.363 – Regalo perro
Por no poder atender. Pastor alemán, rubio, precioso, con el morro azabache, muy inteligente y amante de los juegos en el parque. Atiende al nombre de Bronco. Lo adoptamos de cachorro, mi mujer y yo, y ha sido siempre un miembro más de la familia. Solía llamar la atención cuando iba por la calle (mi mujer) y por ello lo entrenamos para que acudiera en su defensa. Pero sus gustos exclusivos (los del perro) nos llevaron a gastar más de lo necesario, y hacía tiempo que soportábamos algunas privaciones, que tarde o temprano habían de pasarnos factura. Por eso tuve que darles una paliza (primero al chucho, luego a mi mujer), y era natural que los dos se pusieran en mi contra. Aunque al volver del trabajo yo seguía encontrando mis pantuflas en la alfombra (descubrí que se turnaban para dejarlas allá). Pero una familia no funciona bien si hay grietas insondables detrás de los gestos amistosos. Las broncas fueron en aumento, y últimamente hablábamos los tres el mismo idioma. Así no hay quien se entienda. Una noche en que discutíamos (el perro y yo), mi mujer me preguntó a quién le ponía el bozal y la correa. No pude más, quise matarlos a los dos, pero Bronco supo defenderse a tiempo. Ahora se ha quedado sin dueño, porque en la cárcel no permiten animales fuera de las celdas. También regalo todos sus complementos.
Pedro Herrero
3.362 – Reunión de sociedad
La reunión en casa de los señores de B. estaba resultando francamente animada. Era una reunión de matrimonios. Todos parloteaban: se contaban anécdotas de viajes, de caza, problemas de circulación, chistes políticos, de actualidad o subidos de tono… En uno de esos lapsos que inevitablemente se producen en toda conversación general, el dueño de la casa, un señor más bien grueso, de gafas negras, que casi no había abierto la boca en toda la velada, afirmó alegremente: «Pues a mí me han hecho la vasectomía…». Se hizo un profundo silencio. Minutos más tarde los invitados iniciaron una discreta retirada…
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.361 – Parir en domingo
Recuerdo cuando iba a parir en domingo. Mis tías y mi suegra me llevaron a la sala de urgencias del Seguro Social. Estando ahí recapacité y pedí que me llevaran a una clínica privada, pero ya tenía puesta la bata, y mis datos ingresados. Éramos las únicas. Los asientos blancos fijos al piso marcaban el perímetro de la sala, todos de espaldas hacia los ventanales sin cortina, que me mostraban una ciudad nublada y quieta. Ni un auto, ni un perro en la calle, ni otra puerta abierta además del hospital.
La jefa de enfermeras, una mujer pálida, obesa y de labios delgados me miró con fastidio y exclamó sin disimular: «¡Es domingo, hay partido de futbol!». Vino hasta donde yo estaba y sin dirigirse a mí ni una vez ordenó que me prepararan para cesárea. Se apartó. La morena novata de recepción me dijo en confidencia: «¡Uf, los domingos no esperan por ningún parto, a todas las abren y las sacan rapidito!».
Yo me exalté y les decía que sólo necesitaba un poco más de tiempo, ¡que me dieran tiempo! Y me descalcé y empecé a caminar al rededor de una mesita de centro rectangular, con mi gigante barriga embatada. El corazón me latía rápido y yo apuraba el paso. La morena me veía con compasión, «¿No sientes contracciones? ¿Quieres una inyección para provocarlas?» Y yo le volteaba el rostro y apuraba más el paso repudiando los fármacos. «¡Quiero una partera! ¡Consíganme una partera!» Pero las parientes que venían conmigo me miraban condescendientemente sin mover ni una ceja.
Nadie toma en serio a una parturienta primeriza, más que su hombre. Pero el mío no estaba ahí para defenderme y hacer cumplir mi voluntad. ¡Él hubiera derrumbado el hospital con una mirada de puños apretados! Me concentré en mi bebé y le pedí que naciera, caminaba más lento con ojos cerrados visualizando mi cuerpo flotar dentro del agua. De repente, me entró un terror indescriptible a sentir los dolores, pero también a la anestesia que te inyectan en la médula espinal, ¡y al bisturí! Tuve un ataque de pánico…
Entonces desperté amedrentada y palpé mi vientre plano y vacío. El sol estaba alto como todos los domingos cuando nos levantamos tan tarde, ordenamos un almuerzo a domicilio, vemos películas y cogemos sin tregua hasta que nos vuelve a dar hambre. Luego anochece y tardo mucho en conciliar el sueño, y me duermo pensando que aquello no puede ser todo en la vida.
Yunuén Rodríguez
3.360 – Mi deseo…
3.359 – Cuestión de perspectiva
3.358 – Sleepy Beauty
La encuentra tendida sobre un lecho, pálida. Se compara a la estatua fúnebre de su propia tumba. Él la toma entre sus brazos conteniendo un grito convulso. Acerca los labios temblorosos y la besa. Se quedan unidas las dos bocas inmóviles, una que retiene el aliento y la otra que no respira. Necesita llorar, necesita aferrarse a ella con rabia mientras hunde la cara en ese cabello que todavía huele a jazmines. No lo acepta. Arranca los listones y desgarra el vestido para pegar la oreja al pecho desnudo. Se queda así un rato, escuchando el enorme silencio de su corazón. En el beso de despedida la tersura y languidez predominan sobre la frialdad. La descubre de cuerpo entero. Se despide de su frente, se despide de su cuello, se despide de sus senos y de su abdomen, de los dedos de sus pies, del doblez de sus rodillas.
Cerca de ahí, una aparición siniestra avanza rumbo a la ciudadela en ruinas. Los carroñeros y las espinas retroceden ante su paso calmo. En el interior de los salones tétricos, voces fantasmales quiebran aullidos evanescentes, anunciándola. Aquélla asciende hasta la celda más remota donde encuentra al hombre dormido, solitario. Encaneció pero conserva la belleza de sus facciones y aún firme la espada entre sus piernas.
Yunuén Rodríguez
http://yunrodriguez.blogspot.com.es/
3.357 – Robinson
3.356 – Mirada mortal
Entonces vi que ese pájaro, como es costumbre en ellos, estaba posado en su rama, rígido, como de piedra, mirando allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía en la distancia. Y de pronto salió disparado como una flecha en dirección a aquello que le afilaba los ojos, y lo hizo con tal decisión y premura como si hubiera descubierto lo imposible, algo así como el origen del tiempo o de la luz.
No llegó lejos. Como de la nada surgió un halcón y de una sola punzada le comió la vida, el vuelo y la sombra.
La inusual escena me llevó a pensar que a ese halcón lo había enviado Dios, perturbado o acaso temeroso de que ese pájaro, que no era un pájaro cualquiera sino un mirlo hablador, se atreviera a contar lo que había visto allá, muy al fondo, donde el cielo se extravía.
Si yo hubiera sido Dios, habría hecho lo mismo.
Si yo hubiera sido el mirlo, también habría hecho lo mismo.


