-¡Yo les voy a enseñar!– grité cuando sorprendí a mi mujer con su amante en el momento supremo del placer. Comenzaban a balbucear “Aaa…” cuando el mismo disparo los atravesó a los dos. Insistentes, continuaron con la misma vocal unos pocos segundos: “¡Aaaaaaaaa!”. Murieron antes de aprender a pronunciar la “b”.
Etiqueta: prep
3.378 – Espejito, espejito
3.377 – Monólogo para el heredero desviado
3.376 – Tiempo
3.375 – Hubo un albañil…
Hubo un albañil muy conocido en Alcalá de Henares. Tuvo tres hijos, y enseñóles su oficio a todos tres, y aunque pensaba muy bien, no reparaba en guardar, comiéndoselo todo. Llegó a morirse, y viendo a sus hijos muy tristes de que no les dejaba nada más que el oficio, díjoles para consolarlos:
—Hijos míos no me tengáis por descuidado de vuestro bien, que además del oficio que os he enseñado, media calle Mayor y cuantas casas he fabricado de mi mano, todas han sido sobre falso; muy presto se irán viniendo al suelo y tendréis obras que os sobren.
Juan de Arguijo
Cuentecillos para el viaje – Editorial Popular – 2011
3.374 – De pequeño…
3.373 – Tragedia griega
3.372 – Vértigo cotidiano
Las nubes flotaban encima de nuestra casa; rosaban el tejado. Blancas, suaves y copiosas, se dejaban arrastrar por el viento y desparramaban su sombra sobre nosotros, como un rebaño inalcanzable de globos. Dejaban un rastro apenas perceptible de humedad en la superficie del techo oxidado. El reloj, el sol, el viento, el maullido de la gata, todo marcaba las seis. Frente a la ventana abierta, Flay y yo nos tendimos sobre los camastros y vimos pasar las nubes. Poco a poco la luz se volvió más tenue y el aire más helado. Vimos aparecer uno tras otro los luceros silvestres. Los cantos y los rugidos de la tierra despertaron al perro. Mamá y papá cerraron las puertas con llave. El perro se puso a ladrar, presa del vértigo y del miedo. Las luces artificiales inundaron la casa. Papá ordenó que cerráramos la ventana. Cuando nos acercamos, percibimos el olor a hierba y flores muertas. Poco a poco la casa descendió hasta tocar la tierra.
Andrea González
3.371 – Inspiración en cápsulas
Una llamativa publicidad ofrecía una solución para escritores carentes de imaginación. Por unos pocos pesos, se recibía una encomienda por correo postal. “Para poder escribir una buena historia, nada mejor que vivirla”, era el lema del producto. El escritor quiso probar.
Al abrir el paquete, encontró simplemente un frasco de pastillas anaranjadas. Se sentó frente al computador y escribió el título de un cuento como disparador. Apenas ingirió una de las píldoras, comenzó a visualizar una historia inspirada en ese encabezado. Así, en sólo dos días, pudo escribir tantos relatos como pastillas tenía el frasco. Agotado, observó con satisfacción el envase vacío. Aún faltaba una historia increíble. La tituló “Un paseo por la muerte”, y engulló nervioso la última cápsula.
Martín Gardella
3.370 – Acicalamiento
Cuando las tropas del duque hubieron tomado al asalto el castillo situado en lo alto del promontorio, el duque en persona quiso subir a la torre de vigía para contemplar la magnífica vista que desde allí se divisaba. Incluso mandó llamar a su esposa para que compartiera con él aquella espectacular panorámica, que dibujaba a sus pies un valle de tarjeta postal, con verdes y ondulados prados tapizados de fina hierba y rodeados de frondosas arboledas. “Voy enseguida”, dicen que respondió la mujer, que acababa de bajar del caballo y necesitaba arreglar un poco su indumentaria.
Mientras tanto, las tropas del duque se iban acomodando en las inmediaciones y establecían los primeros asentamientos en el llano y en las colinas cercanas. Creaban las rutas de acceso y las principales vías de suministro; las calles y plazas que recortaban hileras de casas; la organización del comercio y el plan general de infraestructuras; las bases de la corporación municipal y el consejo regulador de las entidades locales; la comisión delegada de bienestar social y la asamblea de participación ciudadana; el mecanismo de inserción laboral y los programas de ayuda a la tercera edad, etcétera.
Cuentan que al duque lo sorprendió la muerte, cuando al fin giró la cabeza pensando que ya no estaba solo.




