1.030 – Claroscuros

 Discutió con su mujer y huyó al cine.
El acomodador lo miró un instante y él se concentró en la pantalla.
Reconoció con estupor a su mujer en una de las escenas y la vio desnuda, apoyada sobre las manos y las rodillas, mientras un desconocido la azotaba con una lengua de buey.
Se sobrepuso al pasmo y al dolor de contemplarla gozando en la distancia, lejos de sus brazos, poseída prepostéricamente, estremeciéndose en un largo plano secuencia, y salió a la calle despechado, desasistido, relegado.
Se percató de la pistola que alguien había puesto en su bolsillo -el acomodador, dedujo- y corrió a su casa como una pura oleada de energía que se resistiera al ultraje, que abriera de un puntapié la puerta, que derribara los filodendros, que fuera toda una con la pistola, que reventara el tórax del amante.
Su mujer gritó justo antes de que, a espaldas de ambos, un estruendo ahogara el grito, un matraqueo, un clamor largo tiempo reprimido, y él se volvió y descubrió al público en sus butacas que aplaudía con entusiasmo, como solía hacerlo en el pasado al final de una película absorbente.

Ángel Olgoso
La máquina de languidecer, Ed. Páginas de espuma,2009

927 – Un ‘melange’ mitológico

 Brama se enamoró deshonestamente de la joven Tilottama. Zeus raptó a Europa convertido eventualmente en toro y engañó a Leda, Ganímedes y Dánae transformándose, respectivamente, en cisne, águila y lluvia de oro. Shiva cometió adulterio titánicamente con más de dos mil ermitañas. Ixión satisfizo considerablemente su deseo con Néfele, nube creada por Zeus a semejanza de su esposa Hera. Prajapati le hizo el amor premeditadamente a su propia hija. Bóreas se enamoró de un grupo de yeguas jóvenes y se mudó en caballo para poder montarlas óptimamente. El Dios del viento fornicó jovialmente con una mona… ¿por qué entonces ha de abstenerse un escritor inexperto de yacer a voluntad con los adverbios acabados en mente?

Angel Olgoso
La máquina de languidecer, Ed. Páginas de espuma,2009

Escritura secreta

angel olgoso 2 Esperábamos un ataque y, pese a su inminencia, no lograba descifrar aquel mensaje interceptado al enemigo. Leí anagramáticamente, invirtiendo frases, palabras y letras, probé todas las combinaciones posibles, consulté todos los manuales vigentes, me remonté a la Cryptographia de Selenius y a la Steganographia de Joachim Trithemius. El tiempo se acababa. Mi corazón se negaba a latir más deprisa y el mensaje se resistía a mi pericia. Finalmente, entre las páginas de otro texto medieval de escritura secreta, De Augrnentis Scientarum, hallé la clave. Corrí a cotejarla con las líneas del mensaje y atrapé por fin el enigma. Decía así: «El amor de mi esposa se ha mellado con el tiempo. Las vidas acaban desacomodándose, un día no se presta atención a ese luminoso pasador azul en su cabello, se menosprecian unos arreglos, unos detalles rústicos que harían la casa más confortable, se consienten los silencios, las mentiras, la costumbre, y de pronto una sombra azarosa cae sobre ambos como flor de adormidera, provocando el sueño, el envenenamiento, la muerte. Ya no es posible la reconciliación. Es tarde para aquellas complicidades, para la tibieza de su cuerpo, para los juegos de luz y sombra en el vello de sus brazos, para los buenos días musitados al oído».
Ángel Olgoso

Cerco a la bella durmiente

angel olgoso 2 El príncipe se inclina sobre el lecho adornado con flores y besa a la Bella Durmiente, pero la princesa no se despierta. Es posible que a) tenga el sueño muy, muy pesado; b) no sea la auténtica Bella Durmiente; c) él sea un impostor de mirada tierna en horas bajas, incapaz ya de despertar a una doncella tras otra; d) advertida por sus lecturas de cuentos populares, la Bella Durmiente se niegue a entregarse al primer príncipe que la roce con los labios; e) el huso que pinchó su dedo estuviese emponzoñado a conciencia; f) el príncipe no haya besado a la princesa en el punto propicio acordado por la tradición; g) la Bella Durmiente, dada su aristocrática condición, considere procaz e indigna la actitud del príncipe al no haber sido debidamente presentados; h) simule estar dormida al entrever el horrible aspecto del príncipe; i) la princesa, de naturaleza escasamente virtuosa, necesite algo más que un simple y casto beso para ser despertada; j) el hada benévola intente así evitarles la crueldad de vivir juntos hasta la muerte, y k) cuando el príncipe acertó a pasar cerca del palacio encantado y atravesó el espinoso seto de escaramujos, no habían transcurrido aún los cien años prescritos ni llegado, por tanto, el día en que la Bella Durmiente tenía que despertar, lo que obligará al torpe príncipe a esperar aquí dos, quince, treinta y ocho años más.

Ángel Olgoso

Ulises

angel olgoso 2 Yo, el paciente y sagaz Ulises, famoso por su lanza, urdidor de engaños, nunca abandoné Troya. Por nada del mundo hubiese regresado a Ítaca. Mis hombres hicieron causa común y ayudamos a reconstruir las anchas calles y las dobles murallas hasta que aquella ciudad arrasada, nuevamente populosa y próspera, volvió a dominar la entrada del Helesponto. Y en las largas noches imaginábamos viajes en una cóncava nave, hazañas, peligros, naufragios, seres fabulosos, pruebas de lealtad, sangrientas venganzas que la Aurora de rosáceos dedos dispersaba después. Cuando el bardo ciego de Quíos, un tal Hornero, cantó aquellas aventuras con el énfasis adecuado, en hexámetros dáctilos, persuadió al mundo de la supuesta veracidad de nuestros cuentos. Su versión, por así decirlo, es hoy sobradamente conocida. Pero las cosas no sucedieron de tal modo. Remiso a volver junto a mi familia, sin nostalgia alguna tras tantos años de asedio, me entregué a las dulzuras de las troyanas de níveos brazos, ustedes entienden, y mi descendencia actual supera a la del rey Príamo. Con seguridad tildarán mi proceder de cobarde, deshonesto e inhumano: no conocen a Penélope.

Ángel Olgoso

El gigante

angel olgoso 2 De hito en hito el gigante, acometido de sueño y torpor súbitos, baja de las montañas en dos zancadas y se echa a dormir pesadamente sobre los pueblos parduscos de la dehesa. La cabeza de esta mole montaraz se posa entonces sobre Alcaudique. La espalda sobre Agicampe, Túrcal y Membrillar. Las piernas sobre Milanos y Tajarilla. Los brazos sobre Gibrapulpo y Retamales de Plines. A esta particular circunstancia sus habitantes la llaman noche.

Ángel Olgoso

Los ojos

angel olgoso 2 Me sucede en ocasiones, al contemplar con detenimiento los ojos de mi esposa, que no veo por un instante su delicada forma almendrada, casi bizantina, ni el centelleo de sus pupilas de color oporto, su calidad de espejo, de prístino horizonte de eternidad, sino dos canicas monstruosas, de presencia simétrica y desencajada, dos esferas blancas, atroces, desproporcionadas, carentes de párpados y pestañas, que se hospedan precariamente en el reborde de las órbitas; y, si no aparto pronto mi mirada, creo sufrir el nervioso asedio de dos globos de cristal soplado que pertenecieran a la cabeza de un pesadillesco limúlido de las profundidades.
Nada hay más difícil que asimilar la realidad escondida bajo la superficie, esto explica que ya nunca bese sus labios, una rendija tibia, fina y apenas entreabierta, pero del tamaño suficiente como para permitir que asomen los dientes, esos huesos desnudos.

Ángel Olgoso

Danza de espadas

angel olgoso 2 Tras blandir su espada flamígera contra Adán y Eva, el ángel del Paraíso la hunde en la roca dispuesta expresamente para que el rey Arturo, más tarde, desclave Excalibur. Esta torpeza del ángel, su imprecisión cronológica y topográfica, desencadena deplorables espectáculos: la espada Muérdago -única que puede hacerlo- no acierta a matar al gigante Balder, para regocijo del monstruo; la espada que pende sobre la cabeza de Damocles, sostenida sólo por una fina crin de caballo, se precipita fatalmente; Roldán no encuentra por ningún lado su espada Durandarte y, pese a la previsible humillación, se defiende a bofetadas del enorme ejército que lo reduce al instante en los Pirineos; a falta de la mágica y temible espada que perteneció a su padre, Sigfrido se esfuerza en atravesar al dragón Fafnir con una Tizona de plástico, lo cual le acarrea no pocas burlas del gremio de animales mitológicos; y lo que es peor, no llega a mis manos ese as de espadas que necesito desesperadamente para ganar el juego en el que, esta noche, he apostado mi vida.

Ángel Olgoso

El misántropo

angel olgoso 2 Don Celso Filgueira convocaba la antipatía de todos los vecinos del concello de Ribadeo. Confundían su pereza verbal con arrogancia y la justa cordialidad con desprecio. Recelaban de su negativa a copas y cafés y de su timidez bronca que no se paraba en hipocresías. El malentendido es la ley de gravitación de los solitarios. Cuando don Celso murió, todos consideraron a aquel sujeto insociable una especie de lobezno muerto y bien muerto, pero don Celso Filgueira fue enterrado inadvertidamente con vida. Él, que anticipó esta contingencia (la soledad regala a manos llenas tiempo y temas), hizo instalar en su féretro un sistema patentado por el ingeniero Avendaño, de Monforte. Así pues, al despertar, oprimió en seguida el interruptor que levantó en la superficie un disco portador del número de enterramiento, encendió la lámpara de señalización y conectó la sirena de alarma. Era la mañana después de san Wenceslao, llovía y el soplo del orvallo apenas dejaba escuchar la llamada de auxilio. Mientras don Celso se removía como loco en la oscuridad, devorado ya por los gusanos del miedo, los vecinos iban acudiendo al camposanto atraídos por aquellos extraños e incansables bocinazos. Bastó que supieran de qué tumba provenían para que se dieran media vuelta. Y subiéndose unos las solapas y sacudiéndose otros las pellas de barro en los retamales, todos se alejaron, se alejaron.

Ángel Olgoso