Los ladrillos se desprenden de los cimientos. La casa avanza con lentitud, como un dinosaurio viejo. Cruza la calle, es un buque de dos pisos que se aleja. Por unos segundos pienso que se derrumbará, pero sigue moviéndose como si nada. Desbarata los patios, revienta los tendederos donde la ropa blanca intenta sostenerse. Su torre cuadrada se lleva los cables de luz. Parte en dos la calzada y captura a las palmeras. Se aleja de mí. Sólo entré una vez y el recuerdo también se va, viaja con ella, lo puedo ver en el balcón central, es una mancha llena de imágenes que con los minutos se van desvaneciendo.
No puedo creer que ya no esté en su lugar, duró tantos años quieta, muy quieta, haciéndose vieja, tan familiar para los vecinos. Víctima de abandonos, de maltratos, de restauraciones. Quiero seguirla, pero avanza rápido y se pierde en las espaldas de los edificios. Desciende la noche, a pesar de la negrura, ahora es más fácil verla. En su andar la luna se atora en la torre, una mujer de lentes intenta liberarla. La casa no deja de avanzar. Puedo verla porque lleva su propio, inmenso foco encendido, todo lo demás es oscuridad. Es codiciosa porque en ella navegan los fantasmas que se fueron refugiando, con el tiempo, sobre las macetas del patio, dentro del sótano, entre la ropa del closet, en el horno cálido de la cocina.
Ya no la veo, sólo a la luna que desistió de luchar por zafarse, se resigna a perder su rumbo y sigue el mapa que va dejando la casa por toda la ciudad. Ahora yo formo parte del caos que dejó a su paso, mi mente está vacía, mis pensamiento se fueron con ella.
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3.530 – El hombre que llora
El Hospital General es gris por dentro y por fuera. Opalescencias; brillos de quirófano a veces. Relámpagos diagonales de acero pulido contra las concentraciones difusas de la luz eléctrica espaciada a lo largo de los corredores.
Conforme se avanza por los últimos pasillos, la luz se va haciendo más lúgubre pero más intensa. Cada vez más triste. Tan triste que exhala esa luz un olor antiséptico y atroz de tristeza. En el último cubículo, el más luminoso de todos, por el que el sol penetra de lleno a lo largo del pasillo hacia todo el hospital, está la figura que llaman del hombre que llora.
Mucho se ha hablado de esta misteriosa figura que conservan en el Hospital General. Mi abuela ha decidido llevarme a verla, pues es grande la fama del hombre que llora y dicen que a veces concede ciertas mercedes. Mientras vamos por los corredores del hospital las enfermeras como bultos grises y blancos cuchichean a nuestro paso.
Van a ver al hombre que llora ?dice una monja a otra.
Todo es blanco en esa habitación olorosa a formol. El anciano que yace sobre la cama es tan blanco como la manta que lo cubre hasta la barbilla.
El viejecito llora como mujer. Eso dice mi abuela.
Yo me quedo callado. Lo miro atentamente. Su boca se pliega como la de una máscara de teatro. Roja y húmeda chasquea una lengua larga y flaca como un verduguillo contra las encías desdentadas. Por sus mejillas agrietadas resbalan gruesos lagrimones desde sus ojos irritados y legañosos. Sólo su boca y sus ojos se mueven.
Dicen que es una pura cabeza y que no tiene cuerpo, pero esto yo no lo creo.
Salvador Elizondo
3.529 – Lo sé
Sé que romperé tu corazón. Lo sé. Se quebrará en pedazos como un jarro lleno de agua que se resbala de las manos haciéndose añicos en el suelo, mojando la tierra, desprendiendo un olor a lluvia. Chasqueará como una rama que se parte sobre la rodilla para poder atizar el fuego con el cual se aminorará el frío de la noche. Crujirá, como la hoja seca que se pisa a propósito para poder cruzar y continuar el camino.
Sé que romperé tu corazón, lo sé, por más que intente evitarlo, por más que rodee por las calles, llegaré a tu casa, llamaré a la puerta; abrirás con ella tu corazón y me lo pondrás enfrente, sobre una bandeja.
Y entonces será inevitable, sucederá lo antes dicho, lo sé: Porque tus ojos me miran de esa manera, porque tus brazos me rodean mientras tus labios susurran en mi oído, suplicando: rómpelo.
Pilar Alba
3.527 – Siempre el paraíso
Se transformaba a cada instante. Huía sin remedio. Era un cazador profesional. Capaz de introducirse en una sinagoga con dulces para ofrecer a los presentes mientras atisbaba la apartada sección de mujeres, convertida en un súbito harem. O de aprender húngaro para conversar con la madre de su siguiente conquista. También le daba por asumir formas proteicas: pez, chupamirto, lobo, araña. Yo lo amaba en cada una de sus facetas y lo esperaba después de cada transformación. Mientras tanto, me derramaba en otros continentes, pero en cada travesía siempre lo buscaba a él. Me maravillaban sus artes metamórficas, su capacidad líquida para escurrirse entre las manos. Por supuesto, deseaba apresarlo, proclamar que ese hombre múltiple era sólo mío.
Un día llegó a mi casa extenuado. Sus ojos urgían una tregua. Se quedó dormido entre mis brazos como agua escondida. Cabía en un cuenco, un simple vaso. Podía beberlo sin prisa. Pero me contuve, sospeché la tristeza de Dalila, el dolor de Salomé y me contuve.
“Tuve un sueño raro”, me dijo al despertar. “Eras una mujer de agua que dormía en el lecho de un valle. Hombres que venían del desierto te descubrían y te deseaban: querían poseerte ?yo entre ellos?. Te forzábamos. Te resistías. La sed iba en aumento, imperiosa, tiránica: terminábamos por beberte. Aún paladeaba el último sorbo ?el cuenco líquido de tu cadera, creo? cuando de pronto lo supe: una nueva sed, rotunda y desesperanzada, comenzaba a secarme el alma.”
Y guardó silencio. Busqué sus ojos y él los míos. Por primera vez desnudos desde la última ocasión en que escapamos juntos del Paraíso.
Ana Clavel
3.526 – Los muñecos de don Sebastián
Don Sebastián dejó la adobería y se dedicó de lleno a los muñecos de papel amasado con agua de yeso. Porque yo siempre quise ser artista y así me parece que lo estoy logrando. Y tuvo éxito en las competencias y en las ferias de artesanía, y pronto resultaron llegando muchos forasteros al pueblo para comprarle algún muñeco suyo. Pero la mala suerte no se hizo esperar, y pienso que tal vez hubiese sido mejor quedarme representando personas de mi pensamiento en lugar de gente de carne y hueso: y primero fue la coja Manuela, quien se murió al poco tiempo de cólico miserere, y después la pobre doña Emilia, que se quebró varios huesos cayéndose en un pozo, y luego los hermanos Chanduví, el mayor y el último, a quienes los mató la bubónica. Y me culparon no sólo de ésas sino también de otras desgracias. Y casi todo el pueblo fue hasta su puerta para gritarle: si dices que son puras casualidades y tus muñecos no son de mal agüero, por qué no la representas a tu mujer y por qué no te representas a ti mismo. Y don Sebastián no se amedrentó y salió a responderles: ya están grandes para creer en zonceras, y mañana mismo les mostraré mi figura y la figura de mi mujer en cuerpo entero. Y ellos se fueron: y mañana volvemos. Y don Sebastián amasó una buena cantidad de papel con agua de yeso y la puso sobre la mesa de trabajo para moldearla e hizo dos montones y le dijo a su mujer: uno para que sea yo y el otro para que seas tú. Y cuando ya estaban hechos los cuerpos y les iba a moldear las caras, se quedó pensando largo rato y movió la cabeza de uno a otro lado varias veces y aplastó los dos cuerpos contra la mesa porque ¿y si la cojudez resulta ser cierta? Y le dijo a su mujer: mejor envolvamos nuestras cosas. Y, aprovechando la noche, se fueron del pueblo para no volver.
Jorge Díaz Herrera
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.525 – Qué desagradable…
3.524 – La tertulia
Los catorce de cada mes acudía a una tertulia de partidarios de la república. Un día sintió un escrúpulo de conciencia y se lo comentó a su amigo Alfonso. «Creo que no volveré más. Me duele que los compañeros se engañen conmigo, porque, aunque la república me parezca teóricamente la forma más racional de gobierno, nos está yendo tan bien con esta monarquía recién instaurada que no daría un suspiro por derrocarla, más bien todo lo contrario.» «¡Ah, con que es eso! —le replicó Alfonso—. Me habías asustado. Tranquilízate y sigue viviendo. Piensa que si viviéramos en una república, dado nuestro peculiar talante, con toda probabilidad tú y yo iríamos a una tertulia de monárquicos.»
Juan Pedro Aparicio
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.523 – Las manos
Fue en un instante de decidida obsesión por el mar cuando sus manos, libres al fin de su voluntad limitadora, decidieron alzar el vuelo. Desde siempre, había advertido cierta rebeldía en sus manos. A veces, en los momentos de mayor austeridad, se movían enloquecidas parodiando el vuelo de una gaviota o el planear dichoso de un vencejo. Cuando esto ocurría debía ocultarlas en los bolsillos de los pantalones acampanados que le gustaba usar. Pero aquella tarde también él tenía deseos de elevarse, de huir de sí mismo en busca de las grandes alturas; y las dejó hacer. Primero, temblaron como si fueran novicias en esto de aletear. Después, vibraron enérgicamente, y al fin, sin dolor, se desprendieron de las muñecas, y tras revolotear en torno a su cabeza se fueron distanciando de él hasta perderse en la línea imprecisa de un horizonte indiferente.
Ni por un instante se sintió mutilado y triste por la pérdida de unas manos que, aun incordiantes, le habían servido desde siempre. Su fantasía pudo más; por ello pensó en cómo se las apañarían en el aire, si serían o no felices, y si alguna vez -ya sólo aves- hallarían parejas. Únicamente, al hacer un gesto, un intento de llevarlas al bolsillo, sintió un vacío muy especial:
—Esto debe ser -se dijo- el dolor de ausencia.
Y siguió caminando.
Rafael Pérez Estrada
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.522 – Natividad 2000
María envolvió al bebé recién nacido en una manta y salió a la calle. Se le habían secado prematuramente los pechos y las monedas no le alcanzaban ni para comprar una lata de leche. Su marido la abandonó apenas supo que estaba embarazada, llevándose los únicos bienes que podían ser vendidos o empeñados: sus herramientas de carpintero.
Recorrió las calles buscando una esquina propicia para instalarse a pedir limosnas. Pero era un día feriado, las tiendas estaban cerradas, la gente se había recogido temprano a sus casas, y sólo pasaban autos apurados salpicando las pozas del pavimento.
Al llegar al centro de la ciudad, descubrió un pequeño establo de madera, iluminado con luces de colores, que adornaba la plaza principal, entre el edificio de la Gobernación y la Catedral. Vio que bajo el pesebre había una cama de paja, rodeada de animalitos de cartón.
Estaba por anochecer y se avecinaba otro temporal. En esas condiciones era peligroso seguir buscando con el bebé a cuestas.
Depositó a la niña en la cama de paja, y siguió su camino.
No esperaba ningún milagro.
Juan Armando Epple
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.521 – Cuento de Navidad
Un día, por estas fechas, llegó a casa de algún modo inexplicable un jamón. Su presencia produjo en la familia un choque emocional indescriptible. Parecía una pata incorrupta más que un fiambre. Lo colgamos del techo de la despensa y cada poco íbamos a adorarlo en su soledad aromática. Mi madre nos explicaba cómo debía partirse y de qué grosor debían ser las lonchas, asegurando que en las profundidades de aquella carne oscura permanecía enterrado un hueso que serviría para hacer caldo. Pero si le preguntábamos cuándo comenzaríamos a comérnoslo, ella decía indefectiblemente:
—Cuando tengamos un cuchillo de cortar jamón.
No creáis que sirve cualquiera. Habíamos aceptado que aquel cuchillo específico debería aparecer de un modo extraordinario o sobrenatural en nuestras vidas y esperábamos su advenimiento con ansiedad religiosa. Entre tanto, por mi casa pasaban cada tarde amigos del colegio que venían a ver el jamón. Los recuerdo entrando en la vivienda sobrecogidos ya por lo que les habíamos contado, pero cuando abríamos la despensa y aparecía colgado del techo aquel resto porcino cubierto de grasa dorada y melancólica, la gente no llegaba a caer de rodillas, pero casi.
Y cuando mis padres tenían visita, después de haberles dado de merendar un café con galletas revenidas, mi madre se disculpaba por no haberles ofrecido un poco de jamón.
—Es que no tenemos cuchillo —añadía a modo de disculpa.
Como quiera que las visitas pusieran un gesto de escepticismo, ella iba a la despensa y volvía con el fiambre en brazos, mostrándolo con el mismo orgullo que si se tratara de un hijo que hubiera terminado empresariales.
A los pocos meses, comenzaron a salirle gusanos de lo más hondo, pues quizá estaba mal curado, y no tuvimos la oportunidad de contemplar el milagro del hueso. En lugar de tirarlo a la basura, lo enterramos en el patio de atrás, como si hubiera fallecido, y hasta hace muy poco, siempre que pasábamos por delante de su tumba, derramábamos unas lágrimas. Felices Pascuas.
