Después de la muerte del Poeta, el grito se sostuvo en el aire, y poco a poco fue cambiando su naturaleza de grito hasta convertirse en una nube terrible y amenazante. Y fue imposible hacerle descargar su furia y su odio. Se mantenía en lo alto como una masa de piedra que esperase la mano de un artista y el prodigioso esfuerzo de las palabras. Algunos aseguran que la nube llovió sangre durante treinta días, y no hubo alba, ni rosas, ni blanco en los jardines. Días ciertamente oscuros -dicen otros-, pues el espesor de aquel suceso impedía que la luna iluminase el perfil de tarjeta de la ciudad. El General, más optimista, apuntó desde el Palacio Arabe su batería de acero contra la nube intensa, y un chaparrón de esquirlas de mármol nunca visto granizó indivisible sobre las viejas cenizas de la ciudad del odio. Y como ningún milagro, ningún vuelo, ni siquiera la brisa, se sostienen durante mucho tiempo de pie sobre lo azul, el grito volvió a silbar entre alcaicerías y plazas del olvido, ya sólo como grito, como línea infinita o puntos suspensivos infinitos. Aún hoy, pasados muchos años, el grito cruza el Sur con su eco de balas.
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3.022 – El ángel
Dispuesto a ahorcarme, até unas tiras de sábana a los barrotes y anudé el otro extremo en torno a mi cuello de convicto reincidente. «No servirá de nada», dijo una voz. Había decidido acabar con todo, soledad, goteo del tiempo, celdas de castigo, vueltas ciegas al patio, relectura de cada libro de la biblioteca de la cárcel. «Le digo que no servirá de nada -resopló el ángel-, aún no ha llegado la hora de recoger el conjunto de tus ruinas». Su aspecto reglamentario, como bañado en talco, y la autoridad de aquel fanal luminoso en mitad de la noche sugerían que podía no ser parte de mi instante de locura. Lo dejé hablar. En un tono de superioridad amistosa, me instruyó en el bien y el mal, aclaró que no esperaba recompensa alguna por todos sus desvelos para conmigo y me reveló, incluso, la jerarquía de la Organización (nueve órdenes de tres tríadas cada una: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles). Lo que me persuadió finalmente de no consumar el suicidio no fue, sin embargo, su familiaridad con mis intimidades, con mi vida de crimen y desórdenes, sino la visión de sus alas un poco maltrechas, desflecadas, y en su cuerpo las cicatrices de antiguas luchas.
Angel Olgoso
La máquina de languidecer. Ed. Páginas de espuma. 2009
3.015 – Ristel
Ristel estaba convencida de que, si se disfrazaba de tigre y no se quitaba el disfraz nunca, todos acabarían tratándola como a un tigre. Es más: pensaba que por ese procedimiento se convertiría en un verdadero tigre. Así que consiguió un buen disfraz y salió a cazar.
Su piel hermosa, la ferocidad de sus rugidos y la rapidez con que dio alcance a la gacela no dejaban lugar a dudas: aquel animal era un tigre. La selva lo aceptó como tal. Sin embargo, en el instante en que iba a ser devorada, la gacela miró a Ristel a los ojos y dijo: «Tú eres una serpiente».
Ristel silbó de ira y de impotencia, se irguió en el aire y se desprendió del disfraz. Antes de morir fatalmente envenenada, la gacela comprendió que hubiera preferido las ficticias garras.
Susana Camps
Mar de pirañas. Nuevas voces del microrelato español.
Edición de Fernando Valls. Ed. Menoscuarto-2012
3.008 – Renacimiento
Tras una Nochebuena de whisky y olvido, Zenón despertó en un pesebre lleno de paja, con la mejilla apoyada en el vientre de escayola del Niño Jesús. A un lado estaban San José y la mula. Al otro, la Virgen María y el buey.
Tiritando, doblegado por la resaca, Zenón bajó como pudo del pesebre, se abrió paso entre las familias que lo observaban perplejas y se escabulló murmurando:
-Tengo que dejar de beber.
Rubén Abella
Los ojos de los peces. Ed. Menoscuarto, 2010
3.001 – La casa que se robó a la luna
Los ladrillos se desprenden de los cimientos. La casa avanza con lentitud, como un dinosaurio viejo. Cruza la calle, es un buque de dos pisos que se aleja. Por unos segundos pienso que se derrumbará, pero sigue moviéndose como si nada. Desbarata los patios, revienta los tendederos donde la ropa blanca intenta sostenerse. Su torre cuadrada se lleva los cables de luz. Parte en dos la calzada y captura a las palmeras. Se aleja de mí. Sólo entré una vez y el recuerdo también se va, viaja con ella, lo puedo ver en el balcón central, es una mancha llena de imágenes que con los minutos se van desvaneciendo.
No puedo creer que ya no esté en su lugar, duró tantos años quieta, muy quieta, haciéndose vieja, tan familiar para los vecinos. Víctima de abandonos, de maltratos, de restauraciones. Quiero seguirla, pero avanza rápido y se pierde en las espaldas de los edificios. Desciende la noche, a pesar de la negrura, ahora es más fácil verla. En su andar la luna se atora en la torre, una mujer de lentes intenta liberarla. La casa no deja de avanzar. Puedo verla porque lleva su propio, inmenso foco encendido, todo lo demás es oscuridad. Es codiciosa porque en ella navegan los fantasmas que se fueron refugiando, con el tiempo, sobre las macetas del patio, dentro del sótano, entre la ropa del closet, en el horno cálido de la cocina.
Ya no la veo, sólo a la luna que desistió de luchar por zafarse, se resigna a perder su rumbo y sigue el mapa que va dejando la casa por toda la ciudad. Ahora yo formo parte del caos que dejó a su paso, mi mente está vacía, mis pensamiento se fueron con ella.
Gabriela d’Arbel
2.994 – Capital de oportunidades
Tijuana siempre ha sido una ciudad llena de oportunidades, piensas mientras bajas del taxi y te diriges a la plaza Santa Cecilia. Ahí se encuentra tu novia. Esperas darle una sorpresa ya que se supone saldrías tarde de trabajar. Llegas al Dragón Rojo y la ves besándose con otro. Pinche vieja güila, repites una y otra vez. Te apresuras a salir y entras al Bar Turístico para decidir qué vas hacer. Te sientas en la barra, pides una cerveza, pagas y enciendes un cigarrillo mientras meditas la situación. De súbito se acerca una linda joven y te dice alegremente, Hola, me llamo Melissa. Sonriendo vuelves a pensar, Tijuana siempre ha sido una ciudad llena de oportunidades.
Alonso Díaz de Anda
2.987 – Paralelismos
Elena se detuvo junto a la mesa del salón, que había dispuesto con esmero para cuatro comensales. Las diez en punto. Guardó silencio y prestó atención a los pasos que llegaban del techo: un nuevo viaje a la cocina; hacían falta más vasos y seguramente… algún cubierto. A su vuelta, alguien iba al baño. Elena se precipitó por el pasillo —al fondo, a la derecha—, se sentó en el váter y meó sin ganas. Esperó para tirar de la cisterna al unísono.
Durante la cena, se oyeron risas dobladas, descorche de botella —pup y pup— y un par de brindis que Elena imitó a dos manos. Cenó poco, sólo lo suyo, y no repitió porque tenía el hambre cambiada. Dos parejas arriba y a continuación una sobremesa de conversaciones cómplices que Elena escuchó con los ojos turbios y mudos. Sobre la mesa se repartía un juego de café y té completo de segunda mano. Sobre la mesa limpia, las tazas vacías.
Finalmente, los invitados se marcharon y la pareja del piso de arriba se quedó a solas. Entonces empezaron los besos, los jadeos, los toqueteos urgentes que se intuían en dirección al dormitorio. Elena sólo pudo restregarse en las paredes del pasillo, arrancarse la ropa, masturbarse —maquinal y exageradamente—, imitando el escándalo del somier, y después llorar: dos lágrimas que hizo coincidir con un orgasmo fingido.
Rubén Rojas Yedra
La locura de los peces. Ed. Alumbre. Cádiz – 2015.
2.980 – Mermelada de moras
Margarita ensombrece el semblante y empieza a llorar. No me fío, sin embargo, de las lagrimitas de mi adorable amiga, pues todo el mundo sabe que es una consumada maestra en el arte del fingimiento.
Le pregunto qué es lo que le ha puesto triste -sobre todo, teniendo en cuenta que amaneció un día espléndido, que luce un sol radiante y que cantan al mismo tiempo todos los pájaros en el jardín- y le echa la culpa a la mermelada de moras que acaban de servirnos en el desayuno.
Esa oscura mermelada le ha hecho pensar en Píramo y Tisbe, aquellos desgraciados amantes de quienes nos hablan Higinio y Ovidio.
-No sé qué amores fueron esos -le confieso.
Margarita me explica que Tisbe, la más amable de las doncellas de Babilonia, era la amada de Píramo, que vivía en la casa contigua y que esos dos chicos solían platicar a través de la hendidura de una pared.
-Una noche -sigue explicándome-, decidieron encontrarse debajo de un moral, pensando que ya estaba bien de inocentes platonismos.
-¿Y qué pasó luego?
-Tisbe acudió al lugar de la cita, pero huyó al ver acercarse a una leona. Perdió el velo en la huida y la leona lo manchó con la sangre de su última víctima. Cuando Píramo llegó al moral encontró el velo y pensó que alguna bestia feroz había devorado a su enamorada.
-¡Vaya por Dios! -suspiro, reprimiendo un bostezo e intercambiando con el camarero que nos está sirviendo una mirada de inteligencia.
-Píramo se suicidó con su propia espada y la sangre tiñó las moras, que antes eran blancas. Cuando llegó Tisbe y descubrió a su amante muerto, pidió al moral que sus frutos, una vez maduros, fuesen siempre negros, en señal de luto. Una vez que formuló ese deseo, se mató con la misma espada de Píramo. ¿No te parece triste?
-Muy triste, tienes razón -le digo-. Tan triste que prefiero que nos sirvan otra clase de mermelada. Por ejemplo, mermelada de naranja, que me parece más alegre que las moras. No podemos empezar nuestras vacaciones con el recuerdo de tanta fatalidad.
Javier Tomeo
Después de Troya. Ed. Menoscuarto – 2015
2.973 – De parranda
Luego de su célebre victoria en Troya, Ulises se sintió con todo el derecho de tomar unas largas vacaciones, así que zarpó junto con su tripulación dispuesto a recorrer los siete mares. Pasó diez años celebrando magníficas veladas y gloriosas bacanales. Hasta que un día, sin darse cuenta, desembarcó en Ítaca, su isla natal. La Odisea es sólo una excusa presentada para calmar a la furibunda Penélope.
Alexandr Zchymczyk
2.966 – Agujero negro
El hombre pasea por la playa solitaria y encuentra, depositada en la orilla por las olas, una botella de cristal negro, con una señal muy extraña impresa en su tapón. Mientras lo desenrosca, el hombre piensa en sus lecturas de niño: el genio cautivo, los mensajes de náufragos. Abierta, la botella inicia una violentísima inhalación que aspira todo lo que la rodea, el hombre, la playa, las montañas, los pueblos, el mar, los veleros, las islas, el cielo, las nubes, el planeta, el sistema solar, la Vía Láctea, las galaxias. En pocos instantes, el universo entero ha quedado encerrado dentro de la botella. El movimiento ha sido tan brusco que se me ha caído la pluma de la mano y han quedado descolocados todos mis papeles. Recupero la pluma, ordeno los folios, empiezo a escribir otra vez la historia del hombre que pasea por la playa solitaria.