Me compré en la Feria del Libro un diccionario de citas y estoy asombrado de la cantidad de sentencias trascendentales excretadas por la humanidad a lo largo de su historia y de lo poco que nos han servido. Pero lo que más me extrañó fue no dar con la frase «la sopa está fría». .O su contraria: «La sopa está caliente». Crecí oyéndoselas a mi padre y no he olvidado el fatalismo con que las pronunciaba. Quizá no pretendía tanto culpar a mi madre de la situación como constatar un hecho objetivo, pero trágico: como cuando te asomas a la ventana y dices: ha habido un terremoto.
De ello deduje a muy temprana edad que la sopa sólo puede estar fría o caliente, o sea, que carece de estados intermedios. Siempre que las personas moderadas intentan explicarme que en la vida no todo es blanco o todo negro, sino que entre ambos hay una gama de grises, yo contesto: «Sí, sí, de acuerdo, pero la sopa sólo puede estar fría o caliente». Y si no se convencen añado que a su vez puede tener pelo o no tener pelo. Sería absurdo decir: esta sopa tiene muchos pelos. O pocos pelos: basta con que tenga uno para que sean muchos. Se demuestra de este modo que la sopa es un alimento muy radical en el que con frecuencia me veo reflejado.
Pues bien, no di con estas máximas fundamentales. A decir verdad, la sopa es muy poco citada, aunque encontré una frase de Hemingway que merece la pena: «Un idealista es un hombre que, partiendo de que una rosa huele mejor que una col, deduce que una sopa de rosas tendría también mejor sabor». Se trata de una cita excelente: lo malo es que viene en el apartado de ideales porque ni siquiera hay una sección de sopas. Un error: uno ha aprendido a leer con la de letras, y gracias a ello todavía es capaz de distinguir una palabra fría de otra caliente. Tomen nota los autores.
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3.091 – Noche en el museo
El grito de Munch alerta al vigilante del museo: el bodegón de Cézanne ha desaparecido. La Mona Lisa sonríe de forma enigmática, centrando las primeras sospechas. La maja desnuda, en cambio, parece no ocultar nada. Vulcano, despechado, acusa a la Venus de Botticelli, que a su vez señala al caballero, que, con la mano en el pecho, jura y perjura que es inocente. El pensador, taciturno, contempla la noche estrellada en busca de alguna pista. Ajenas a lo sucedido, las hilanderas continúan tejiendo al compás del tictac de los relojes blandos. Entretanto, Saturno disimula mientras sigue devorando a su hijo.
Francesc Barberá
3.084 – La visita
La única que dio la mano al director general, cuando vino a ver las chabolas, fue la señora Margarita, que estaba recogiendo la colada para que el director general no viese allí ropa tendida. Pero, de repente, paró un coche y casi no la dio tiempo a nada, aunque ya tenía recogida toda la ropa menos dos o tres pañuelos precisamente, que uno estaba un poco deshilachado.
—¿Cómo está usted? —dijo el director general que se bajó del coche como una exhalación.
—¡Bien! ¿Y usted? —dijo ella.
—¡Bien! —dijo el director general.
—¡Pues me alegro! —contestó ella.
Y, luego ya, el director general se puso allí a mirar unos planos con los que venían con él y, mientras la gente se fue acercando, ya había acabado de mirar los planos y de echar las miradas que echó al terreno donde estaban las chabolas, y dijo:
—Ustedes tendrán casa. ¡Y pronto!
Y se montaron todos en el coche, y se fue. Así que todos se acercaron a la señora Margarita para preguntarla qué es lo que la había dicho el director general, y ella dijo:
—No, nada, sólo me dio la mano.
—¿Y cómo tenía la mano? —la preguntaron entonces.
—¡Pues fría, ya veis! ¡Y como el asperón!
Y no la querían creer.
José Jiménez Lozano
Antología del microrelato español (1906-2011). Ed. Catedra.2012
3.077 – Sucesos
Mario giró el volante y enfiló la calle Arenal a ciegas, súbitamente deslumbrado por el sol de cara. Iba a poner el quitasol cuando sintió un golpe en el parachoques y, acto seguido, una violenta sacudida que lo obligó a frenar en seco para no salirse de la calzada. Al bajar del coche vio un mastín muerto en el asfalto y, arrodillada junto a él, a una mujer deshecha en lágrimas.
—Lo siento. Lo siento mucho —dijo, acercándose a ella.
Llamaron a la policía, que a su vez llamó al depósito canino municipal para que se hiciera cargo del cadáver. La mujer seguía llorando. Mario, vencido por la culpa, trató de calmarla.
—¿Le apetece tomar algo? —propuso, ante el fracaso de las palabras.
—Bueno, pero mejor vamos a mi casa. Vivo aquí mismo —gimió ella, secándose los ojos con un pañuelo, y señaló un portal cercano.
Presionado por las circunstancias, Mario aceptó la invitación.
No paró de disculparse durante el corto trayecto, en el ascensor, mientras ella lo invitaba a sentarse en el sofá del salón, entre sorbo y sorbo del primer ron con hielo.
Tras la segunda copa se acabaron las lágrimas. Aliviado, Mario dio las gracias y dijo que tenía que irse, pero la mujer no le dejó: se desabrochó un botón de la blusa y, lanzándole una sonrisa en llamas, propuso otra ronda.
—La del estribo —dijo, con las pupilas brillantes. A Mario la culpa se le disolvió en deseo, y accedió. A mitad del tercer ron, empezó a sentirse indispuesto.
Rubén Abella
3.070 – El que sigue
La sala de espera estaba vacía. Tenía suerte: no iba a perder mucho tiempo. Caminó rápido hasta el único sillón. Al sentarse, le pareció notar algo en el asiento y se levantó. No había nada, el cansancio le hacía imaginarse cosas. Se sentó nuevamente. Cerró los ojos e intentó descansar. Los almohadones eran más mullidos de lo que parecían. Tal vez por eso, recordó cuando era chico e iba a nadar al río. Revivió el placer de sumergirse. El sillón se acomodaba cada vez más a su cuerpo. De pronto, escuchó voces. Alguien vendría a interrumpir su reposo. Abrió los ojos y trató de incorporarse. No pudo. La vista se le fue nublando. Se aferró al apoyabrazos pero supo que era inútil. Ya sin aire, dio un instintivo manotón de ahogado. Desde el fondo del sillón, lo último que percibió fue cómo otro, el próximo, se sentaba sobre el extremo de su mano derecha que apenas sobresalía.
Juan Sabia
Ciempiés. Los microrelatos de Quimera. Ed. Montesinos. 2005
3.063 – Grandes almacenes
Mi madre me llevó a las rebajas y, después de unas horas siguiéndola, la perdí de vista en la sección Calzados. Pensé en ir al punto de Atención al Cliente, como tantas otras veces, Se ha perdido un niño…, por favor, pasen a recogerlo, pero me contuvo una nueva y liberadora sensación. Que me reclame ella —resonaba en mi cabeza, mientras deambulaba tocándolo todo por Electrónica, Música y Juguetes. A última hora, agotado, me senté en un sofá de la sección de Muebles y con el runrún de fondo de los anuncios de ofertas, me quedé dormido, que me reclame ella…
Aquí sigo. Los dependientes, que son muchos, me alimentan, y por las noches juego a la Play con los guardias jurados. Gano siempre.
Carmela Greciet
Mar de pirañas- Ed.Menoscuarto – 2012
3.056 – El misionero
Toda la familia rodeaba al venerable misionero de barba blanca, recién llegado de las selvas africanas. Inquirían con avidez noticias del hijo que un buen día (hacía quince años) se fue «a salvar almas y a merecer la palma del martirio». Había muerto, ciertamente, pero en cama, aquejado de unas fiebres malignas. «¿Entonces no sufrió martirio?», preguntó ansiosamente su madre. El venerable misionero tuvo que explicarles que murió cristianamente rodeado de todos los suyos, de su mujer, de sus hijos… Antes de que nadie pudiera reaccionar les mostró una foto del ex-misionero («había perdido la vocación», explicó) con su esposa, una hermosa negra, de abultados y deformados labios, y sus hijos, cuatro simpáticos negritos… Consternada, toda la familia guardó un profundo silencio.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.049 – Agujas
Hace ocho años que cambiamos de la peseta al euro, me dice mi madre y yo pienso que somos viejos, que el tiempo vuela y que esto se acabará antes de que nos demos cuenta.
Hace cuatro meses que murió tu esposa, dice mi compañero de pádel y yo pienso que el tiempo se arrastra con velocidad de caracol y que la vida puede resultar infinita.
El tiempo vivaz y corto se enfrenta ante nuestras narices al tiempo lento y pegajoso. No conozco los motivos. Sólo se que si miro un reloj veo tres agujas que necesitan dar sesenta pasos para llegar a su destino. Las tres son diferentes: una se arrastra, la otra camina, la tercera vuela. ¿Estará en ellas encerrado el misterio?
Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. Libros. 2008
3.042 – Los descubridores
Cierta vez- de eso hace ahora mucho tiempo- fuimos visitados por gruesos hombres que desembarcaron en viejísimos barcos. Para aquella ocasión todo el pueblo se congregó en las inmediaciones de la playa. Los grandes hombres traían abrigos y uno de ellos, el más grande de todos, comía y bebía mientras los demás dirigían las pequeñas embarcaciones que los traerían a la playa. Una vez en tierra –ya todo el pueblo había llegado-, los grandes hombres quedaron perplejos y no supieron qué hacer durante varios minutos. Luego, cuando el que comía finalizó la presa, un hombre flaco, con grandes cachos* en la cabeza, habló de esta manera a sus compañeros: Volvamos. Acto seguido todos los hombres subieron a sus embarcaciones y desaparecieron para siempre.
Desde entonces se celebra en nuestro pueblo –todos los años en una fecha determinada- el desembarco de los grandes hombres. Estas celebraciones tienen como objeto dar reconocimiento a los descubridores.
Humberto Mata
Imágenes y conductos (Caracas:Monte Avila, 1970. En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).
*Cachos: Cuernos
3.035 – El sabor del tiempo
En el siglo XVII, M. de Villager, angustiado por la oscuridad de la noche y la imposibilidad de calcular el paso del tiempo en sus desvelos, inventó un reloj de tacto cuyas manecillas marcaban las horas con un dispositivo que contenía el sabor de las especias en lugar de los números.
Así Villager, si bien no podía ver los números, se hizo un experto catador del tiempo. Una noche al estirar la mano para saber qué hora era, se sorprendió pues no pudo reconocer ese extraño sabor en uno de sus dedos.
Mucho después pudo comprobar que el tiempo en su infinitud, a veces se hace empalagoso.