3.050 – Insomnio

alejandra_d_o  La noche pesaba. Hacía calor y no podía dormir. Juani miraba a su marido roncar, tan relajado y entregado a los brazos de Morfeo, mientras ella sentía unas inmensas ganas de asfixiarlo.
Aquella tarde había hecho lo que no se debe hacer: rebuscar en su uniforme de trabajo. Y quien busca, encuéntra. En sus manos tenía la prueba del engaño: dos condones y un papelito con el número de teléfono de Jessica, la nueva compañera de trabajo de Eliseo, su hombre.
-Eliseo… Eliseo… ¡Despierta!
-Mmmm… ¿qué te pasa? -respondió entre sueños.
-Eres mi insomnio.
-¡¿Tu qué?! -se incorporó sorprendido de la cama.
-Mi insomnio -respondió Juani con voz entrecortada a punto de llorar.
-¿De qué hablas, mujer?… ¡Pero si son las cinco de la mañana!
Juani extendió la mano con la cartera, los condones y el papelito:
-¿Qué es esto?
Eliseo miró a su mujer con ganas de asfixiarla; resoplando, se volvió a meter a la cama. Y antes de darle la espalda, le respondió:
-Es la cartera de tu hermano. Y la próxima vez que rebusques, fíjate bien en qué pantalones metes la mano… El muy cabrón, ¡tirándose a la Jessi!…

Alejandra Díaz Ortiz
Cuentos Chinos. Trama Editorial

3.049 – Agujas

federico fuertes guzman5  Hace ocho años que cambiamos de la peseta al euro, me dice mi madre y yo pienso que somos viejos, que el tiempo vuela y que esto se acabará antes de que nos demos cuenta.
Hace cuatro meses que murió tu esposa, dice mi compañero de pádel y yo pienso que el tiempo se arrastra con velocidad de caracol y que la vida puede resultar infinita.
El tiempo vivaz y corto se enfrenta ante nuestras narices al tiempo lento y pegajoso. No conozco los motivos. Sólo se que si miro un reloj veo tres agujas que necesitan dar sesenta pasos para llegar a su destino. Las tres son diferentes: una se arrastra, la otra camina, la tercera vuela. ¿Estará en ellas encerrado el misterio?

Federico Fuertes Guzmán
Los 400 golpes. E.D.A. Libros. 2008

3.048 – Cuestión de letras

Carolina Castro Padilla  “Juliancito está destinado a las letras desde antes de nacer”, así decía su padre al verlo jugar con los cubos de madera que lucían en sus caras letras grabadas en brillantes colores. “Cuando vaya a la escuela, sabrá ya el alfabeto”, predecía el señor mientras el niño acomodaba una a una sus letritas formando a capricho largas palabras impronunciables.
“¿Qué dice el futuro genio de la lengua?”, lo saludaba cuando Julián metido entre sus libros estudiaba en la Universidad.
“Ahora sí hijo, ¡a escribir se ha dicho!”, afirmó satisfecho al verlo regresar del extranjero con un doctorado en Letras Hispánicas.
“Mi hijo publicará muy pronto su primer libro”, comentaba el anciano a sus amigos. “Está realizando una obra que asombrará al mundo”, agregaba en voz baja para contener su entusiasmo y no revelar el proyecto que realizaba el ya doctor don Julián desde hacía varios años encerrado en su biblioteca, en donde estaba concentrado su sueño: emplear la tecnología para obtener la obra perfecta, la única, aquella que sería el compendio, o la síntesis del genio creativo en la literatura; para esto, escribía sin descanso frente a un modelo especial de computadora al que alimentaba con todo cuanto consignaba la Historia de la Literatura Universal. Hacía tiempo que había llegado a los autores contemporáneos, pero en ellos se había estancado al no poder saciar su prurito por obtener las últimas publicaciones y seleccionar aquellas que debía asimilar su aparato mágico. Esto lo hizo caer en un estado enfermizo del que vino a rescatarle el “¡Basta ya!”, enérgico y cortante, gritado por su padre para despertarlo de su sueño. Ambos se miraron y un suspiro contenido por años, puso punto final a la búsqueda de un don Julián ya envejecido, haciéndolo aceptar que había llegado el momento de ver nacer la obra maestra de su vida. El temblor en sus manos, golpeaba la ya cansada ansiedad de su padre que lo miraba hacer. Se acercó a la computadora, la preparó con minucioso cuidado a ritmo de resonancias internas que taladraban su piel. La accionó. Un prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr y sus ojos anegados de sorpresa quedaron estáticos ante el papel en el que aparece escrito:
A b c ch d e f g h i j k l ll m n ñ o p q r rr s t u v w x y z.

Carolina Castro Padilla

3.047 – Laberinto

Jorge-Timossi (1)  Una vez en el laberinto, llegó un momento en que tuve la impresión de que me cruzaba repetidamente conmigo mismo, de que yo era el otro, dentro y fuera de mí, hasta que, desconcertado, elegí quedarme un rato quieto en un punto, en la eventualidad de que pudiera recobrar mis sentidos, y entonces fue cuando me vi, con espanto, pasar por otra de las sendas equivocadas y sin salida.

Jorge Timossi

3.046 – Eros y tábanos

Carmela Greciet  -Llévame a los acantilados- le pidió su novia al empleado de la funeraria.
Él, complaciente, arrancó el coche fúnebre y atravesaron la ciudad rumbo a la costa.
Ya habían rebasado las afueras, cuando ella se quitó la blusa:
-Te espero ahí detrás- dijo, pasando entre los asientos. A la luz del atardecer sus senos oscilaron como dos frutos cálidos.
Durante las obligadas esperas del trabajo, había ido él desgranando con disimulo ramos y coronas de los difuntos transportados aquel día, dejando la carroza funeraria convertida en un lecho de flores.
Ahora, en el retrovisor, mientras ascendían por las estrechas carreteras, la contempló allí tendida, desnuda toda ya, sonriente, bellísima, con sus largos cabellos esparcidos…, pero cuando llegaron a lo más alto vio con sorpresa que a ella se le mudaba el gesto y empezaba a gritar dando manotazos:
-¡Tábanos, hay tábanos! – se podía oír su zumbido oscuro y pegajoso.
De inmediato, paró el coche y se bajó con intención de abrir el portón trasero para liberarla, pero sólo pudo esbozar un ademán ridículo en el aire, pues se había olvidado de echar el freno de mano y el vehículo con ella dentro se le estaba yendo, se le había ido ya, de hecho, ladera abajo.
Y aunque corrió detrás para alcanzarla, apenas tuvo tiempo de ver tras el cristal su bello rostro aterrado y, después, al fondo del abismo de la noche, contra las rocas del acantilado, aquel estallido colosal de fuego y flores.

Carmela Greciet

3.043 – Parábola de los dos ejércitos

manuel Moyano2   El sastre del Rey concibió el ardid de vestir a sus soldados con la misma indumentaria que empleaban las tropas enemigas. llegada la batalla, el desconcierto fue general: ningún arquero se atrevía a disparar sus flechas por temor a matar a alguno de sus compañeros; cuando ambos ejércitos chocaron, nadie osó desenvainar su espada. Finalmente, la contienda se saldó sin una sola baja. Muy irritado por este hecho, el Rey Enemigo ordenó que todos sus hombres acudieran al día siguiente al campo de batalla con la cara tiznada de hollín: de este modo, podrían fácilmente reconocerse entre sí y distinguirse de sus contrincantes. Sin embargo, nada más amanecer, el cielo descargó un fenomenal chaparrón que lavó sus rostros: tampoco esta vez hubo bajas. Tras montar en cólera, el Rey Enemigo resolvió que sus soldados lucharan desnudos. Como era invierno, el frío paralizó sus miembros y, desprovistos de toda protección, sucumbieron fácilmente. El Rey Enemigo perdió su reino. Esta antigua historia, extraída del Libro de los Monarcas de Erúnide (c. 1020), esconde sin duda alguna moraleja, pero hasta hoy nadie ha sabido desentrañarla.

Manuel Moyano
Teatro de ceniza. Ed. Menoscuarto. 2011

3.042 – Los descubridores

Humberto-Mata  Cierta vez- de eso hace ahora mucho tiempo- fuimos visitados por gruesos hombres que desembarcaron en viejísimos barcos. Para aquella ocasión todo el pueblo se congregó en las inmediaciones de la playa. Los grandes hombres traían abrigos y uno de ellos, el más grande de todos, comía y bebía mientras los demás dirigían las pequeñas embarcaciones que los traerían a la playa. Una vez en tierra –ya todo el pueblo había llegado-, los grandes hombres quedaron perplejos y no supieron qué hacer durante varios minutos. Luego, cuando el que comía finalizó la presa, un hombre flaco, con grandes cachos* en la cabeza, habló de esta manera a sus compañeros: Volvamos. Acto seguido todos los hombres subieron a sus embarcaciones y desaparecieron para siempre.
Desde entonces se celebra en nuestro pueblo –todos los años en una fecha determinada- el desembarco de los grandes hombres. Estas celebraciones tienen como objeto dar reconocimiento a los descubridores.

Humberto Mata
Imágenes y conductos (Caracas:Monte Avila, 1970. En: Brevísima Relación. Antología del microcuento hispanoamericano. Santiago: Mosquito, 1990).

*Cachos: Cuernos