Lluisa Llorent, la llama de Port Lligat, no halla la llave. Llena de lluvia, una llaga, llama llorando a su llamo que no llega.
Lluwellyn Llorent, su llamo, no le lleva la llave. En la llanura del Llobregat, las llantas llenas, una llamarada su llavero, leyendo a Vargas Llosa, a Llinás y El llano en llamas, Lluwellyn llora sólo por llorar. Todo le llueve.
Moraleja
Nunca dependas de los intelectuales, por más parientes cercanos que sean.
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3.510 – Ante el espejo
—¡No lo haga! –le supliqué. Pero ella, decidida y envuelta en los encantos de su juventud, avanzó sin ni siquiera oírme. Supe que estaba resuelta, que nadie la apartaría de un destino fatal. Y continuó, muy deprisa, hasta hallarse frente a sí misma en el espejo. No, no se miró, ni dudó. Se lanzó, dando un salto magnífico (la envidia de un campeón) a la superficie helada del cristal; y yo me limité, lágrimas en los ojos, a apagar la luz de aquella habitación estúpida–: Nunca más –grité– habrá luces y fulgores en la tenebrosa luna de este espejo.
Y salí, dejando en la oscuridad para siempre a aquel monstruo, aquel falso río seductor y terrible. Estaba seguro, tarde o temprano un espejo muere en la oscuridad.
Días más tarde –lo supe por la prensa– su cuerpo fue encontrado en la luna de otro espejo distante, en una pequeña ciudad de provincias que ni ella ni yo habíamos visitado nunca, y en la habitación de un joven huidizo y romántico. Y también supe que un forense muy hábil, al descubrir las huellas secretas de su muerte, quedó atónito ante el refulgir de plata de sus vísceras.
Rafael Pérez Estrada
Más por menos. Sial Ediciones.2011
3.509 – La evidencia
Ayer por la mañana, al regresar a casa tras un viaje de trabajo, me sorprendió encontrar la tapa del váter bajada. Sucedía por tercera vez en pocos meses, coincidiendo siempre con mis ausencias. La primera pensé que, tras quince años de matrimonio, quizás Alberto había decidido hacerme caso. En la segunda ocasión estuve tentada de comentarle algo al respecto, aunque terminé mordiéndome la lengua. Ayer por fin me armé de valor, y sin salir del baño le pregunté, cruzando los dedos: “Cariño, ¿en mi ausencia ha venido alguien a casa?”. Desde nuestro dormitorio, él me respondió con un elocuente silencio.
Joaquín Valls Arnau
3.508 – El empleo
Gracias a sus periódicas remesas de dinero vivía con holgura su familia en el pueblo. Sus padres esperaban con ansia que volviera junto a ellos para que disfrutara por lo menos de unas vacaciones bien ganadas, pues llevaba ya cinco años seguidos en el extranjero. Ignoraban cuál era su ocupación. Se lo habían preguntado en varias cartas, pero respondía siempre confusa y vagamente. Trabajaba por las noches, desde luego. Sus padres lamentaban que, fuese en lo que fuese, tuviese un turno nocturno. En otra carta añadió que no podía ser de otra forma, lo que provocó todavía mayor confusión. Por fin un paisano llegó al pueblo de vacaciones v aclaró la ocupación del hijo. Actuaba en Una sala de fiestas. Aparecía ante el público, arrastrando una ternera, y empuñando un taburete. Luego se subía, mejor dicho, se sentaba… (el paisano por poco se equivoca) en el taburete y ordeñaba a la ternera.
Todos se reían y aplaudían. Los padres no terminaron de comprender aquella estupidez, pero pensaron que ciertamente era un trabajo cómodo y bien pagado.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.507 – El Lobito Ferocito…
3.506 – Es de esos tipos…
3.505 – Todo pasa
En la cena, el mexicano cuenta anécdotas sobre el tránsito de aduana. Solamente una interesante: la del norteamericano en México quien, después de un accidente, quiso regresar llevando su pierna difunta en una caja de cristal. Tres días de discusiones para aclarar si la pierna estaba o no en la categoría de importación restringida como material que podría desatar una epidemia. Habiendo asegurado el norteamericano que permanecería en México antes que ser separado de su pierna, los estados Unidos determinaron no perder a un ciudadano honorable.
Albert Camus
3.504 – Aguafuertes, IX
Cuando le dijeron que Marcelo G. había muerto y tuvo la certeza de que la noticia era literalmente exacta —al menos según los sentidos que es forzoso emplear cuando tratamos de muerte y comprobación— y de que tampoco se trataba de un caso de confusión de identidades ni de simple homonimia, se vio obligado a asumir que él no había sido nunca Marcelo G., que no lo era. Sintió un indefinible horror o vértigo pero también cierto alivio porque, pese a todo, tenía apego a la vida.
Pero si al morir Marcelo G. moría toda noción acerca de su identidad quedando él como en otra parte, intacto… ¿Con la desaparición de qué identidad desconocida quedaría él aniquilado?
Antonio Dafos
3.503 – Previsiones
Debí esforzarme más. Dejarme los codos sobre el pupitre al menos un par de horas diarias, hasta hacer mías sumas, restas, cocientes, fracciones, logaritmos, derivadas, ecuaciones de primer y segundo grado.
Mamá dijo (y cuánta razón tenía mamá) que suspender Matemáticas me arruinaría el futuro.
Quién iba a pensar que mi torpeza en números desharía el orden que la Naturaleza impone a sus cálculos, que en lugar del niño de cincuenta centímetros prometido por ecografías y ginecólogos daría yo a luz cincuenta niñitos minúsculos de apenas un centímetro que corretean ahora pasillo arriba y abajo, recordándome en su caos ínfimo y pueril que no somos más que un álgebra de lágrimas.
Miguel Ángel Zapata
Mar de pirañas. Ed. Menoscuarto – 2012
3.502 – Indecisión
Me preguntó si quería casarme con él mientras me ofrecía una preciosa cajita forrada de terciopelo azul, envuelta en papel de celofán. Yo no había acabado aún el segundo plato. En mi opinión, él tenía que haber esperado un poco más (nos acabábamos de conocer) y también dejarme escoger, antes que nada, entre la extensa carta de postres del restaurante. Es así como se hacen estas cosas. Algo no funcionaba bien aquella noche, aunque la cena estaba resultando estupenda y llena de sorpresas, como en un cuento de hadas dispuestas a complacerme.
La cajita tenía forma ovalada y al abrirla pude ver en su interior un anillo refulgente, digno de una princesa. Pero yo no sabía qué tomar después del fricandó. Dudaba entre la copa de fresas con nata, la mousse de limón y el sorbete de moras al Calvados. Además, la cabeza me daba vueltas y más vueltas, como si el brillo del anillo aquel me estuviera hipnotizando.
Entonces él me lo preguntó de nuevo, y esta vez se puso de rodillas frente a mí (era un encanto), delante de todo el mundo.
Al final pedí el sorbete, dije que sí y me casé con aquel apuesto camarero.


