Con esa exactitud tan característica de la ciencia, lo que no flota, se hunde sin remedio; lo que no vuela, cae al suelo. La energía, pura o no, nunca se destruye, pero sí se transforma. Y mucho. Y se convierte en otra cosa. Y aunque la recta tiene una dirección, no olvidemos que también posee dos sentidos. De ida, y de vuelta. Todo lo que sube, baja; lo que entra, sale. Y lo infinito solo está en el cielo. Solo. Por inercia, todo se mueve o reposa. Y la inercia, créeme, es lo peor. Vamos, para que me entiendas, que he dejado de quererte. De corazón y científicamente.
Categoría: General
3.612 – Le robé el corazón
3.611 – Venganza
Al entrar a mi cuarto de hotel, este sentimiento extraño: durante un viaje de negocios, un hombre llega, sin ninguna idea preconcebida, a una posada en lo salvaje. Y allí el silencio de la naturaleza, la sencillez del cuarto, la lejanía de todo, lo deciden a quedarse permanentemente, a cortar todo lazo con lo que ha sido su vida, y a no enviar a nadie noticias suyas.
Albert Camus
3.610 – Zoofilia
El pingüino emperador, de la Antártida, le declara su amor a la pingüina que ha elegido regalándole una piedrecita. Si ella la acepta, empollan después juntos un huevo. Si ella la rechaza, el pingüino se va a otra isla, a empollar solo su piedra.
Esto lo sé porque también soy del Sur.
Juan Armando Epple
3.609 – Clareando
Hoy he visto salir apresurado a Sebastián, el oculista, de la tienda de encurtidos. Ha entrado en su óptica justo en el momento en el que Felipe, el dueño de las olivas y los pepinillos, aparecía por la esquina. Cuando este ha llegado a su establecimiento, Mercedes, que es su esposa, justo volvía de la trastienda retocándose el pelo y la bata blanca. Al momento, Sebastián ha salido a su puerta a fumar nervioso y me ha visto en la ventana. Le he mantenido la mirada por primera vez. Y él a mí. Y justo en ese momento he decidido dar por terminado el luto. Ahora mismo me pongo ropa clara y voy a que me mire la vista. Ya va siendo hora de que me hagan un repaso.
Miguelángel Flores
De lo que quise sin querer – Ed. Talentura – 2014
3.608 – Auto-stop
Le aseguraban que la práctica del autostop entraña muchos peligros, pero él se negaba a admitirlo. ¿Cómo podía ser peligrosa, por ejemplo, la presencia de aquella dulce muchacha de ojos azules que llevaba sentada a su lado, recogida quince kilómetros antes? Quería llegar a Venecia. «¿Conoce usted Venecia?». No, no conocía esa ciudad ni cualquiera otra de Italia. Jamás había estado en Italia. ¿Era normal?, se preguntó. No, no era normal. Fue un viaje maravilloso, turbado solamente por el recuerdo de la mujer, suegra e hijos que había dejado atrás. Intentó explicar lo ocurrido por carta, antes de afrontar el regreso.
Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/
3.607 – AMORaTERAPIA
Me dispuso a lo largo, es la mejor postura para reconocer ese tipo de aflicciones. La Ciencia, qué duda y deuda cabe, alumbraría vértebra a vértebra el futuro. Siempre me llamó la atención el diagnóstico hecho a base de golpecitos y de hundir dos dedos en mi barriga. No puedo evitar sentirme culpable al recordar las veces que mentí «sí» al médico que aseveraba «te duele aquí, ¿verdad?»;
probablemente por aquel entonces ya había comenzado aquella racha de fingir orgasmos que no finalizó hasta que conocí la perversidad sin límite de una verdad. El bajo cero del fonendo entre la camiseta de algodón y el pecho prepúber, también el metro desmayado de la modista, sinuoso por los brazos, las caderas, las piernas, por la cintura; eso y las aristas severas del escalón entre las nalgas mientras las meriendas de invierno, se encuentran entre los mejores fríos de mi niñez. Todos estos aspectos resultan relevantes para entender el alto poder curativo de aquella intervención.
Desde la primera vez me atendió en casa y no dejó de advertirme de la importancia de un tratamiento continuado. No hizo falta el termómetro entonces, supo que la fiebre subía al ponerme los labios en la frente. O yo con mis otros labios entre sus dedos y sus labios, no sé si me explico. Y es que las manos de un médico, esa su forma, quirúrgica, de tentar entre las costillas, de alzarte por los brazos, de agarrarte la cabeza, son algo más que las manos de un hombre. Aman siempre como buscándote un ganglio.
Acabó exhausto el reconocimiento, recostado en mis piernas, ovillado en mis rodillas. Allí y así se me antojó que auscultaba, sin utillajes, lo redondo y hueco de mi menisco, como si fuera una caracola. «Ahí a veces se escucha el mar», le dije. No creo que entendiera.
Mi médico me cuenta que aún no se siente del todo curado. Que por eso vuelve, cuando acaba la consulta y lee luego algún artículo de investigación, a su terapia de tumbarme y tomarme en grageas e ingerirme por varias vías y rehabilitarse arrastrándome por los tobillos, en esta diálisis que le refresca la sangre y le orea humores.
Se automedica. Dice —y ahí le noto que es verdad que todavía no está del todo sano— que sólo cree en la Ciencia y que son malsanos estos otros remedios y sus entresabores. «Mi única fe es la medicina», insiste, grave, cabecea.
Miente. Lo sé porque el otro día le escuché decir no se qué de las diosas y el sonido del mar.
Y porque a menudo me pica la corva.
Es por su barba.
Carmen Camacho
3.606 – Gräfemberg
Vincenzo y Giulia Puppo, dos investigadores del departamento de Biología de la Universidad de Florencia, recientemente aseguraron que el filosofal Punto G no existe. Así las mujeres durante años nos dividimos entre clitorianas y vaginales. Después de esta noticia continuamos divididas, entre las que creen en la ciencia o las que creemos en la magia.
Gabriela Ortiz Quintero
3.605 – Los cuentos, 4
Comió el corazón que le trajeron, tal y como ordenaba la tradición, pero esa noche no pudo dormir. Inquieta, ordenó llamar al cazador, que le aseguró que el corazón era de la princesa, y como prueba le mostró también su cabeza. La reina sonrió, apaciguada.
Odiaba la carne de ciervo.


