1.541 – Creación y muerte de la nube

rafael perez estrada Dicen las escrituras Tantras: «En el principio fue la nube. De su transparencia nacieron dos elementos: el ángel y el pájaro, siendo aquél padre de las cosas espirituales y éste de las terrenales». La leyenda tántrica establece, partiendo de esta génesis, dos sistemas evolutivos que llegan a crear no sólo especies y subespecies, sino fenómenos de difícil explicación en lo existente. Advierte esta misma leyenda que en el último día, ángeles y pájaros volverán a ser parte de la infinita humedad de la nube.
Para Píndaro, las nubes eran solamente alimento de los dioses, y a su piedad están confiadas.
En los mandamientos vedas hay una norma que llama la atención por su rareza, que radica en la imposibilidad de transgredirla: «No matarás a las nubes». Parece que este mandamiento nace de la creencia del profeta Kervac en la evolución de las armas, y en la seguridad de que algún día una ballesta llegaría a alcanzar el cielo. Confirma esta creencia la redacción de la norma 26, que establece: «Las leyes Y mandamientos se dictarán previendo el futuro posible».

Rafael Pérez Estrada

1.530 – Ballena mínima

rafael perez estr22 En el orden del miniaturismo animal brilla por su pequeñez la llamada ballena de los Sargazos. Su color tiene la claridad, la inquietante luminiscencia de la olivina y su fumarola la transforma a ojos de un raro observador en un nenúfar gaseoso. La leyenda le ha fabricado un origen mítico, y dice que en el primer día fue una muchacha alada, casi un ángel que huyendo de un arquero rijoso ocultó su gracia en el laberinto de lo vegetal oceánico; y así también, que su tamaño es sólo una defensa, una fuga ante un enamorado tenaz. Y añade que las sirenas, celosas de su hermosura, obligaron a los dioses a que la convirtieran en un vulgar mamífero. Mas aun así, los navegantes que le han dado caza celebran su poder amatorio y cantan la belleza única de sus pechos de niña.

Rafael Pérez Estrada

1.512 – La pasión del híbrido

rafael perez estrada Su madre había sido una cebra, y él hacía todo lo posible por disimularlo. Generalmente se colocaba allí donde la luz juega a hacer paralelas con las sombras. También, como conviene a los híbridos de cebra y hombre, sus trajes eran rayados, y sus palabras. A veces, si nadie lo veía, retozaba en el parque. Le gustaba sentir la proximidad de la yerba, la humedad siempre amanecida de los pastos. Y cuando llegaban las amables muchachas que suelen traer los días felices, también él las miraba con codicia. Alguna vez -decía- tendré una muchacha para mí solo. Pero al decirlo, pensaba en la grácil armonía de las cebras y, aun confuso, se sentía feliz.

 Rafael Pérez Estrada
Los amores prohibidos.  1995

1.475 – El que corre tras el río

rafael perez estr22 Vi a un muchacho que corría a la orilla de un río. Corría siguiendo la dirección de las aguas, y tropezaba frecuentemente con los chopos.
– Adónde vas- me atreví a preguntarle viéndole tan angustiado.
Y él, con voz entrecortada por el llanto, me respondió:
– En busca de mi reflejo, que se lo lleva el río

Rafael Pérez Estrada