Sin palabras

DiegoGolombekLlegó el día en que se acabaron las palabras. No fue de repente: el vocabulario fue disminuyendo poco a poco, y la gente se quedaba con la boca abierta sin saber cómo nombrar una cosa o llamar a alguien. Hacia el final, sólo quedaban los gestos.
Sin embargo, existía la sensación de que aún había una palabra. Una sola palabra que todos tenían en la punta de la lengua pero nadie se atrevía a pronunciar por no gastarla y quedarse sin nada. Un día un chico que estaba jugando en la calle pensó en esa palabra y la dijo. Fue como si el mundo se paralizara por completo: la última palabra había sido dicha. La gente que la oyó descubrió que no era la misma palabra que cada uno de ellos tenía en la cabeza, y el mundo se llenó nuevamente de palabras nuevas, dichas de a una y que se perdieron en el viento para siempre.

Diego Golombek

Diluvio

Lilian Elphick4-¿Nombre?
-Grr.
-¿Cédula de Identidad?
-Fzzzt.
– Repita lentamente, por favor.
– F-z-z-z-t.
-¿Estado civil?
-…
-¿Le comieron la lengua los ratones?
-…
-¿Nacionalidad?
– Grrfzztroar.
-¡Déjeme ver, d,e, f, g… Lo siento. Su país no está en mi lista.
-¡Grrrrrrrr! ¡Grrfzztroar!
-Abandone el arca o si no llamo a fuerzas especiales. ¿Me entendió? ¡Siguiente!
Lilian Elphick

Como se rescata a un tacaño

yoha-rescatar-tacanoUn día, Yoha fue con unos amigos a pasear junto al río. Uno de ellos, famoso por su tacañería, se acercó al río para lavarse las manos, pero de repente resbaló y se cayó al agua.
Al no saber nadar, empezó a gritar pidiendo que le ayudasen. Todos fueron a su rescate y le tendieron las manos para que se sujetase, diciendo:
-;Danos la mano, Mustafá, danos la mano!
Pero él se quedó mirando con los ojos bien abiertos sin ninguna reacción.
Entonces llegó Yoha y les dijo:
-No podéis dirigiros de esa manera a una persona que no está acostumbrada a dar.
Los apartó y se dirigió a Mustafá:
-Toma, coge mi mano, Mustafá, ¡cógela!
Enseguida el hombre cogió a Yoha de la mano dándole las gracias y deseándole una larga vida.

Adaptación de Raghida Abillamaa

El abecedario

luisa-valenzuela2El primer día de enero se despertó al alba y ese hecho fortuito determinó que resolviera ser metódico en su vida. En adelante actuaría con todas las reglas del arte. Se ajustaría a todos los códigos. Respetaría, sobre todo, el viejo y buen abecedario que, al fin y al cabo, es la base del entendimiento humano.
Para cumplir con este plan empezó como es natural por la letra A. Por lo tanto la primera semana amó a Ana; almorzó albóndigas, arroz con azafrán, asado a la árabe y ananás. Adquirió anís, aguardiente y hasta un poco de alcohol. Solamente anduvo en auto, asistió asiduamente al cine Arizona, leyó Amalia, exclamó ¡ahijuna! y también ¡aleluya! y ¡albricias! Ascendió a un árbol, adquirió un antifaz para asaltar un almacén y amaestró una alondra.
Todo iba a pedir de boca. Y de vocabulario. Siempre respetuoso del orden de las letras la segunda semana birló una bicicleta, besó a Beatriz, bebió Borgoña. La tercera cazó cocodrilos, corrió carreras, cortejó a Clara y cerró una cuenta. La cuarta semana se declaró a Desirée, dirigió un diario, dibujó diagramas. La quinta semana engulló empanadas y enfermó del estómago.
Cumplía una experiencia esencial que habría aportado mucho a la humanidad de no ser por el accidente que le impidió llegar a la Z. La decimotercera semana, sin tenerlo previsto, murió de meningitis.

Luisa Valenzuela

El tejedor celoso

FernanCaballero8Había una vez un hombre que era tejedor; tenía una mujer muy buena y muy linda; pero la había dado la manía de ser celoso y de figurarse que su honrada mujer le podía faltar. Una mañana, sabiendo que su mujer se había ido a confesar, y queriendo cerciorar de si sus sospechas eran ciertas, se puso un hábito de fraile y se sentó en el confesionario. Llegó la mujer, que lo había conocido y le dijo:
– Acúsome, padre, que he tenido amores con un mozo, después con un viejo y después con un fraile.
-Vete de aquí- le dijo el fingido fraile-no hay absolución para tales delitos.
Fuese enseguida a su casa y se puso a tejer; pero como estaba tan rabioso empezó a cantar para que lo oyese su mujer:
Acúsome padre, con mucho descoco
Que he tenido amores con un hombre mozo;
Después con un viejo, después con un fraile;
Y teje que teje, y dale que dale.
A lo cual ella, en la misma tonada, contestó de esta suerte:
– Si te lo dije, fue por ser verdad,
Puesto que te quise en tu mocedad;
Ayer siendo viejo y hoy siendo fraile;
Y teje que teje y dale que dale.
Con lo cual se quedaron tan amigos por ciento y un años.

Fernán Caballero