El otoño, que devuelve a la tierra las hojas que ella le prestó al verano.
Georg Christoph Lichtenberg
El otoño, que devuelve a la tierra las hojas que ella le prestó al verano.
Georg Christoph Lichtenberg
Todos los veranos regreso al lugar que un día ocupó mi pueblo, sumergido desde hace treinta años bajo las aguas del pantano. Me siento en la orilla, o en un roquedo, y cada mañana, a las diez en punto, escucho un sonido que sube desde las profundidades, un tintineo sordo, conmovedor, helado como una pena. No, no es el tañido de las campanas de la iglesia, me digo siempre, se parece más al timbre de la bicicleta del cartero.
Ángel Olgoso
Mi primera comunión fue muy bonita: las canciones, los trajes blancos, la iglesia llena de flores y los papás llorando de felicidad. Seguro que si hubiera habido un terremoto en ese instante toda mi clase se habría ido al Cielo. La madre María del Camino nos lo dijo muy seria: después de la primera comunión éramos como ángeles.
Este tipo es un miserable, pensé. Después de tremenda pelea me odiaría tanto como yo a él. No hay más vueltas que darle, la solución es buscarme otro, creí.
Acto seguido, estaba bajo ochenta kilos de hombre, soberbio, lo mejor, de manos expertas, peludas y suaves, de contoneos precisos, menos exactos, olor exquisito. Los jadeos suplían la música, el ambiente estaba cargado, eléctrico, qué experiencia, yo nunca antes había sentido…, bueno, no así, tan…, no sé, intenso. Me tomó de la cintura, me dejó suspendida, como levitando, flotando, mi pelvis enloqueció, mi cuerpo entero se convulsionaba, estaba acabando y no puede evitar gritar Juan, Juan, Juan… Ahí me entró el pavor, me quedé quietecita, era el colmo ser tan mala amante como para andar nombrando a mi estúpido marido al momento del polvito clandestino; pero el espanto dio paso a la ira cuando este condenado empezó a invocar a una tal Betina, qué fraude, qué decepción, qué estafa, todo estaba tan bien. Hasta que fui sacada del trance y abrí los ojos, encontrándome con uno setenta y cinco metros de macho sudado, pelo negro desordenado y sonrisa enorme, ahí estaba Juan, sin enojos, y yo, Betina, perfectamente estirada entre él y la cama, como bella mariposa de insectario.
Patricia Salgado Middleton
Hace tiempo que la lluvia despliega sus transparentes abanicos sobre el mundo. El único sonido que se oye es el de las gotas suicidándose contra las aguas, contra el maderamen del Arca o contra las barbas de Noé, cuando éste se asoma a interrogar al cielo. Jehová suele responder sordamente, con tronantes borborigmos que obligan a las aves, posadas en altas perchas, a esconder la cabeza bajo el ala. Noé cierra entonces los postigos y va a acurrucarse entre su mujer, sus parientes y otros animales aterrados. No sabe qué responder a las miradas inquisitivas, y para evitarlas se entretiene recorriendo las novecientas cabinas repartidas en tres pisos, o contemplando la piedra preciosa que simboliza a la Luz Divina en medio de la catástrofe.Eduardo Gudiño Kieffer
Durante un raro acceso de lucidez, el héroe de la comarca asume que cada cual tiene una misión en esta vida: la suya es salvar al prójimo. El héroe sabe que su urgente deber es combatir a los malvados donde quiera que estén, y sale a la calle dispuesto a todo. Mira a un lado y a otro. Avanza, retrocede. Pero no divisa a nadie en apuros. La calle resplandece de serenidad. Las avenidas respiran verdor y los pájaros dibujan en el cielo. Esto es intolerable, piensa el héroe.
Furioso, justiciero, el héroe consigue colarse en la prisión de la comarca, burlar la vigilancia y liberar a una docena de malhechores que, sin salir de su asombro, se dispersan velozmente y se ocultan en los rincones más oscuros. El héroe no cabe en sí de euforia. Regresa a casa. Se sienta a esperar: Medita. Incluso alcanza a escribir tres o cuatro aforismos morales. No pasa mucho tiempo hasta que unos desgarradores gritos de socorro llegan a sus oídos. Entonces se incorpora de un brinco e, indignado, el héroe aborda la calle.
Andrés Neuman
El animal que vive dentro de una jaula únicamente ve a un prisionero con más espacio que el suyo.
René Aviles Fabila
Cuando llegó el momento de matar al coprotagonista, el autor descubrió que éste -enterado de sus intenciones por un personaje secundario- se había dado a la fuga.
Gremlin
Habiendo perdido a Eurídice, Orfeo la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:José de la Colina
El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. A los enfermos, cualquiera nos reconoce. Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.
El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o el trago. Se puede provocar, pero no se puede impedir. No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. No hay decreto de gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.
Eduardo Galeano