Final no sexista

jose-maria-merino2Abejas y abejos, ardillas y ardillos, arañas y araños, cigarras y cigarros, focas y focos, golondrinas y golondrinos, jirafas y jirafos, lampreas y lampreos, langostas y langostos, merluzas y merluzos, morsas y morsos, moscas y moscos, nécoras y nécoros, nutrias y nutrios, ranas y ranos, ratas y ratos, truchas y truchos, urracas y urracos, os saludo a todas y a todos, y os vaticino que, tal como se están poniendo las cosas en este planeta, tenéis los días contados.

José María Merino

Sheherezada, reina

Guillermo Bustamante ZamudioLa habilidad narrativa había salvado a Sheherezada de la costumbre capital del Califa. Ahora era reina. Su erotismo, presente ya en sus relatos, colmaba al Califa. Pero ella, que había contado mil y una veces las peripecias de las infidelidades, buscaba en las largas noches de palacio, insinuando su cuerpo lascivo, al sirviente que habría de satisfacerla secretamente. Cada vez, tras la batalla amorosa, pedía a su compañero que le narrara una historia entretenida. Siempre le causaba gracia no encontrar alguno que tuviera su don narrativo. Siempre, inexplicablemente se enfurecía y cortaba la cabeza de su amante.

Guillermo Bustamante Zamudio

Había una vez

sandro centurion-Había una vez, en un país muy lejano…
-Esperá un poco abuelo, ¿cómo que había una vez? Había una vez ¿cuándo? hace poco, hace mucho ¿cuándo? porque no es lo mismo hace 100 años que la semana pasada. ¿Y dónde es en un país muy lejano?, acá a la vuelta o en Europa, ¿a cuántos km o millas de acá? uno debe saber si es lejos o cerca, por lo menos. Si empezamos con imprecisiones, empezamos mal. Además es una falta de respeto al lector un principio tan indefinido. Espero que en lo que sigue no me hables de príncipes ni princesas porque si hay algo que no soporto es a la decadente monarquía.

Sandro Centurión

La pelea

cristina araujo garciaEstábamos en la cocina. Discutimos. Le grité. Él se puso como un energúmeno. Cuando se me cayó el diente al suelo nos dimos cuenta de que la discusión se nos había ido de las manos.
—Lo siento —me dijo.
—Debí controlar los nervios —concedí yo.
Se agachó y cogí un cuchillo. Me dio el diente y lo piqué. Siempre nos ha gustado el pollo con un poco de ajo picado por encima.

Cristina Araujo García

Adivinación (A Raúl Brasca)

manuel alcantaraLos antiguos salvajes, afirma Montaigne, poseían sacerdotes adivinos que les vaticinaban el futuro. Como la adivinación se consideraba un don de los dioses, era inexcusable que el oráculo no se cumpliera y, si los hechos desmentían al profeta, la tribu lo cortaba en pedazos.
Uno de aquellos sacerdotes vio tan nítida en sus sueños la muerte de los más jóvenes del reino que se atrevió a anunciarla. Como no ocurrió, mandaron matarlo.
Su sucesor despertó poco después con los sudores de haber presenciado el mismo sueño y, fiel a su obligación sagrada, se atrevió a anunciarlo. Como no ocurría, los mandó matar.

Manuel Alcántara Plá

Frecuentación de la muerte

Marco Denevi3María Estuardo fue condenada a la decapitación el 25 de octubre de 1586, pero la sentencia no se cumplió hasta el 8 de febrero del año siguiente. Esa demora (sobre cuyas razones los historiadores todavía no se han puesto de acuerdo) significó para la infeliz reina un auxilio providencial. Dispuso de ciento cinco días y de ciento cinco noches para imaginar la atroz ceremonia. La imaginó en todos sus detalles, en sus pormenores más ínfimos. Ciento cinco veces salió una mañana de su habitación, atravesó las heladas galerías del castillo de Fotheringhay, llegó al vasto hall central. Ciento cinco veces subió al cadalso, ciento cinco veces el verdugo se arrodilló y le pidió perdón, ciento cinco veces ella le respondió que lo perdonaba y que la muerte pondría fin a sus padecimientos. Ciento cinco veces oró, apoyó la cabeza en el tajo, sintió en la nuca el golpe del hacha. Ciento cinco veces abrió los ojos y estaba viva. Cuando la mañana del 8 de febrero de 1587 el sheriff la condujo hasta el patíbulo, María Estuardo creyó que estaba soñando una vez más la escena de la ejecución. Subió serena al cadalso, perdonó con voz firme al verdugo, oró sin angustia, apoyó sobre el tajo un cuello impasible y murió creyendo que enseguida despertaría de esa pesadilla para volver a soñarla al día siguiente. Isabel, enterada de la admirable conducta de su rival en el momento de la decapitación, se pilló una rabieta.

Marco Denevi

El deseo

dina grijalvaCuando se despierta su deseo, su cuerpo empieza a desprender tenues aromas: fresa en sus labios, el aroma del musgo brota de sus axilas, un leve olor a leche se desprende de sus pechos, un intenso aroma de rosas y miel asciende entre sus piernas.
Y cuando llega el placer -¡Oh, el placer!- todos esos aromas se convierten en efluvios de una intensidad tal que quienes pasan frente a su casa se sienten dulcemente atraídos a detenerse y hay ocasiones en las que más de un transeúnte se ha sentido tan agobiado por esa mezcla de olores que ha deseado intensamente morir.
Algunos atardeceres los olores que se escapan por las ranuras de las puertas y ventanas de su casa son suficientes para provocar la alegría o la euforia de los paseantes, quienes, esa misma noche, sorprenderán gratamente a sus novias, esposas o amantes.

Dina Grijalva