1.323 – Origen de los ancianos

 Un niño de cinco años explicaba la otra tarde a uno de cuatro que entre muchos de ellos se mantiene la más rigurosa pureza sexual y ni siquiera se tocan entre sí porque saben -o creen saber- que si por casualidad se descuidan y se dejan llevar por la pasión propia de la edad y se copulan, el fruto inevitable de esa unión contra natura es indefectiblemente un viejito o una viejita; que en esa forma se dice que han nacido y nacen todos los días los ancianos que vemos en las calles y en los parques; y que quizá esta creencia obedecía a que los niños nunca ven jóvenes a sus abuelos y a que nadie les explica cómo nacen éstos o de dónde vienen; pero que en realidad su origen no era necesariamente ése.

Augusto Monterroso

1.316 – Náufragos

 Se encontraban en el límite de sus fuerzas. Se había hablado de efectuar un sorteo para que alguien de los seis fuese inmolado, devorado, comido por los demás, pero la idea no prosperó. La balsa se movía en medio del océano, a merced de las corrientes. Por la noche pasaban un frío terrible y durante el día el sol los abrasaba. Cierta noche, de luna llena para ser precisos, uno de los náufragos se dedicó a observar atentamente las nalgas de uno de sus compañeros, que dormitaba boca abajo, cubierto con un sucinto taparrabos. Observando que era el único que se mantenía despierto, se acercó lenta y cautelosamente al cuerpo tendido, bañado por los pálidos rayos de luna y decididamente echó un mordisco a la nalga derecha del compañero. » ¡Ay!», dijo el otro, despertándose sobresaltado. El hambriento, sorprendido, musitó «perdón» y se retiró a una esquina de la balsa, visiblemente turbado.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010

1.309 – Enanismo

 Como bien lo saben los empresarios circenses, el tamaño no es un destino sino una elección. Cualquier persona adulta puede convertirse en un enano siguiendo una serie de instrucciones sencillas que exigen, eso sí, una alta concentración. Por ejemplo, este minúsculo hombrecillo que ven ustedes aquí fue hasta hace dos meses un robusto mocetón de un metro ochenta y dos centímetros de altura y noventa y un kilos de peso. Por ejemplo, este microrrelato que está usted leyendo, fue hasta ayer mismo una novela de seiscientas veintiocho páginas.

Ana María Shua
Fenomenos de Circo. Páginas de espuma 2011

1.302 – Cicely

 Una página en blanco un día negro, tantos días.
Que atrás quedan los cerezos en flor, las bellísimas geishas, los campos ordenados, las calles limpias, las colas perfectas de los andenes, los trenes de fumadores, los torai, los templos.
Quedan los pétalos marchitos, hoy serían cerezas, el recuerdo de un tiempo que se empeña en volar. Queda una sucesión de días idénticos, clonados, nubarrones internos. Sé que detrás está el cielo.
En Madrid es otoño -se me hielan los pies en la cama
Quiero irme a Cicely. Allí vive la gente con quien paso las tardes. Ya no voy a fiestas, ni veo exposiciones ni apenas leo. Me siento en el sofá y me quedo con ellos. Con mi gente. Con la nube plomiza, con los pétalos secos -hoy serían cerezas-.
El teléfono me impide seguir el hilo de lo que sucede.
-¿Sí?
-Buenas tardes, me llamo Sonia Cifuentes. ¿Tiene usted internet?
-Disculpe, señorita Sonia Cifuentes, tengo el teléfono desviado y me está usted llamando a Alaska. Entienda que cuelgue.
-Perdone, adiós.
He perdido el hilo. No importa, está nevando. Un reno cruza la calle. La gente sale a celebrar los primeros copos. Y yo salgo con ellos, respiro, ha llegado el invierno.

María Jesús Muñoz Cánovas
Futuro imperfecto. Ed. de Clara Obligado. Colección Nuevos narradores/6

1.295 – El preso

 No ocurre todas las noches, pero ocurre. En mi celda, en la puerta de mi celda, hay una cruz marcada con tiza. Ya no puedo pagar mi impunidad personal y abusan de mí. Son tres o cuatro, y me desvelan. La primera vez, la primera noche, mi grito fue profundo y desgarrador. Pensé que algo se rompía en mi interior. El capellán de la prisión me preguntó si había sentido algún placer en alguna de las ocasiones. Puede usted suponer que me levanté con dignidad del reclinatorio y me fui lo más aprisa que pude, mordiéndome los labios, porque las heridas, los roces y quizás alguna llaga me están causando un tormento terrible.

Alonso Ibarrola
No se puede decir impunemente ‘Te quiero’ en Venecia.Visión Libros. 2010
http://www.alonsoibarrola.com/

1.288 – Cacería

 Permanece estirado, boca arriba, sobre la estrecha cama de madera. Con los ojos apenas entreabiertos busca en las extrañas líneas del techo el comienzo de un camino que lo aleje de su perseguidor. Durante noches enteras ha soportado el acoso, atravesando praderas de hierbas venenosas, vadeando ríos de vidrio molido, cruzando puentes frágiles como galletas. Cuando el perseguidor está a punto de alcanzarlo, cuando lo siente tan cerca que su aliento le quema la nuca, se revuelca en la cama como un gallo que recibe un espuelazo en pleno corazón. Entonces el perseguidor se detiene y descansa recostado a un árbol, aguarda con paciencia que la víctima cierre los ojos para reanudar la cacería.

Ednodio Quintero
Por favor sea breve. Ed. Páginas de espuma, 2001

1.281 – Lágrimas negras

 Si de llorar se trata, lo mejor es picar una cebolla mediana muy finita.
Luego, tres jitomates bien coloraditos que se deben mezclar con un manojo pequeño de cilantro.
Para terminar, tres aguacates maduros bien bañaditos en limón verde, a fin de que no se pongan negros. Como las lágrimas.
Se agrega un buen chorro de aceite y sal al gusto.
Con el mismo gusto que hay en maldecir a quien se fue.
Una vez bien llorada la pena, el guacamole se sirve con totopos o chicharrones crujientes, pero sin rencores. Dice mi abuela que el aguacate y la muina no se llevan bien.
Les recomiendo acompañarlo con buen tequila blanco o reposado, sin olvidar a José Alfredo cantando «Ando volando bajo»…
¡Ay, dolor, ya me volviste a dar!

Alejandra Díaz-Ortiz
Pizca de Sal.Trama Editorial 2012

1.274 – Amor matemático

 He sido atravesado por la flecha de Cupido una vez en la vida. He sentido temblores y escalofríos en más de 80 ocasiones. He notado una docena de mariposas bailar por mi estómago. He visto latir mi corazón a mil por hora y volar al tiempo a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo cuando él estaba aquí y cuando no, he contado también horas, minutos, segundos e incluso, milésimas de segundo. Le he dicho ¡Te quiero! 365 veces al año y he tenido con él, orgasmos de más de cinco minutos de duración. Sin embargo, por motivos que no sabría cuantificar, esta mañana, él ha decidido salir de la ecuación.

Daniel Sánchez Bonet
Finalista III Concurso Bucaro de microrrelato 2012
http://microrrelatoapeso.wordpress.com/2012/05/30/amor-matematico/

1.267 – En un lugar de La Mancha

 Lo cual me recuerda —dijo un tercero— la historia de aquel porquerizo en un lugar de La Mancha. Había aprendido a leer y mitigaba el tedio de la aldea repasando viejas novelas. A fuerza de rehacer en la imaginación sueños ajenos acabó por creerse un caballero andante que iba de un lado a otro de la España corrompida por el oro de Indias.
El porquerizo escribió su delirio como pudo. Había conocido gracias a su trabajo a un recolector de provisiones para la Armada Invencible. Al saber que Cervantes se hallaba preso, le regaló su manuscrito. Si lo encontraba digno de la imprenta quizá al dejar la cárcel podría comer gracias al libro. Sentía afecto por el viejo que en años lejanos había intentado ser poeta, novelista, dramaturgo. Cervantes entretuvo las horas de su prisión reescribiendo los papeles de su amigo. Sancho Panza murió en 1599, sin recordar su obra ni al prisionero. Siete años después Cervantes publicó al fin la novela. Noble y honrado como era, la atribuyó a un inexistente historiador árabe, Cide Hamete Benengeli, y dio el nombre de Sancho al escudero del Quijote.

José Emilio Pacheco
Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos. Ed. Cuadernos del Vigía. 2010

1.260 – Bañarse dos veces en las mismas aguas

 Cuentan que no hace mucho un vecino de este pueblo quiso desmentir a Heráclito de Éfeso y bañarse dos veces en las mismas aguas del río. Entró seguro a su cauce y luego, bien empapado, tomó su bicicleta y pedaleó sudoroso un par de kilómetros corriente abajo. Allí esperó sumergido hasta el cuello el paso de aquellas primeras aguas.
Pero no pudo contar su hazaña, porque murió pocos días después, no se sabe si de bronquitis o contaminado.

Fernando Aínsa